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La libertad, Messi y Maradona

El maestro Vladimir Ilich Tao Tse Tung nos habla de la necesidad de vivir sin ataduras a través de uno de los dilemas más fuertes de la historia del fútbol argentino
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Seamos libres y lo demás no importa nada

  José de San Martín                        

 

¿Existe algún hombre que sea completamente libre? ¿Hay alguien que viva sin ningún tipo de ataduras?

“El hombre es la criatura más libre que conozco. Lástima que siempre lo encuentre encadenado”, decía Nietzche.

¿Qué nos encadena? Nosotros mismos: nuestra mente, nuestra historia, nuestras propias limitaciones, nuestra ignorancia, nuestros miedos, nuestra necesidad de sentirnos seguros.

Pero sólo en el ejercicio de la más plena libertad es posible llegar a la realización, a la grandeza. Y eso implica correr riesgos.

“Soltar la represión”, nos dijo el filósofo taoísta leninista Vladimir Ilich Tao Tse Tung, el maestro que inspira esta columna y a miles de personas que día a día se vuelcan a sus enseñanzas en todo el mundo. Toda represión.

Vladimir planteaba que sólo los iluminados alcanzan la libertad absoluta y que eso les abre la puerta de la inmortalidad. Y él, que era ateo, no conoció a ninguno.

Pero, a la vez, rescataba que el hombre sí puede alcanzar momentos donde se deshace de toda atadura y que es entonces cuando despliega todo su brillo y consigue llegar a la iluminación, aunque esa luz no sea eterna. Allí, entendía él, la felicidad se convertía en un hecho concreto.

El médico que atiende a un paciente, sólo concentrado en eso y acierta el diagnóstico y la cura. El artista que se saca de encima toda carga y crea por la creación misma. El carpintero que moldea la madera sin ninguna interferencia de lo que pasa, sea de adentro o de afuera. Los amantes que llegan al éxtasis desde la piel con piel y la mente en blanco. El chico de la villa que agarra la pelota en el potrero y es el mejor del mundo, aunque no tenga zapatillas o se haya quedado con hambre al mediodía.

Agudo observador de todo fenómeno cultural, el pasional Vladimir sorprendió cuando aplicó esta lógica para analizar uno de los más grandes dilemas de la historia del fútbol argentino: por qué Messi no pudo conseguir en la selección argentina igualar las proezas de Diego Maradona o las de él mismo en Barcelona.

La clave, entendía el maestro, estaba en una sola condición: la libertad. O la falta de ella. Sólo en libertad, decía, se abre paso a la plenitud del talento. Y eso diferenciaba a Diego de Lionel.

En la cancha, con la pelota en los pies y la celeste y blanca puesta, Diego era absolutamente libre. Feliz. Por eso tiraba gambetas, rabonas, pases magistrales con la naturalidad que lo hacía. Algo que se manifestó, como nunca antes y nunca después, en el partido contra los ingleses del Mundial 86.

Decía Vladimir: sólo una persona sin ataduras, sin represiones, puede agarrar la pelota en la mitad de cancha y superar alegremente cualquier obstáculo que se le pusiera en el camino para llegar al arco contrario y convertir ese gol inigualable.

Pero no sólo eso. El maestro escribió en el análisis de aquel partido que le pidió la revista “LTA” de Italia que el momento más sublime del Diez en aquella tarde no fue el del segundo gol, el mejor de la historia de los mundiales, sino el del primero, el de la “mano de Dios”. “Tan libre fue Maradona, tanto se iluminó en ese instante, que consiguió volverse invisible para la única persona que no lo tenía que ver: el árbitro”, escribió Vladimir en el artículo que lleva su firma y que se puede consultar en el Hemeroteca Municipal de Nápoles.

Años después, tras la derrota argentina ante Alemania por 4 a 0 en el Mundial de Sudáfrica –el último que lo tuvo con vida, así que se perdió la final de Brasil–, el propio maestro –que como Charly García se robaba a sí mismo– rescató aquel artículo y planteó en la misma revista napolitana que al Maradona técnico le había faltado un jugador como Maradona. Y que Messi no lo había sido ni lo iba a ser sino conseguía soltar dentro de la cancha sus inseguridades, sus ataduras y ser, como Diego en el 86, completamente libre. Y feliz.

Ahí, entendía Vladimir, había también un fracaso del propio Diego por no haber creado las condiciones para que su mejor jugador se desatara.

“El Maradona jugador era completamente libre, el Maradona técnico no, acaso porque sentimentalmente sigue atado a su imagen de futbolista. Diego, finalmente, no es Dios. Dios no existe; sólo el barrilete cósmico”, sentenció el maestro.  

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