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Otra entrega de la saga sobre el maestro taoísta leninista Vladimir Ilich Tao Tse Tung. Su compleja relación con el aquí y ahora 
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El tiempo es amigo si estás donde estás

Diego Frenkel

 

¿Por qué deseamos lo que se aleja en lugar de abrazar lo que se acerca? ¿Qué es lo que hace que nuestros ojos no puedan ver la belleza que se levanta a medio metro de ellos, y, en cambio, la busquen a la distancia? ¿Acaso hay que pedir un turno en el oculista y comerse dos horas en una sala de espera?

Lo que está lejos no es el aquí y ahora, que es donde sucede la vida. Cada cosa tiene su tiempo y cada tiempo su posibilidad. Pero el hombre es imperfecto. Hasta que, por un momento, puede dejar de serlo.

Vadimir Ilich Tao Tse Tung, el maestro que inspira esta columna y a miles de seguidores en todo el mundo, se observaba inestable cuando era un joven estudiante extranjero en París, donde se ganaba la vida con un trabajo entretenido: era mozo del bar Le Cairó, ese en el que siempre había algo que aprender y alguien con quien soñar.

Dos polos en un mismo ser. Un mismo día. Una misma hora. Un minuto. Un segundo. Cada partícula sumida en esa dualidad. Desde el origen mismo. Ruso-chino.

¿Cómo se iban a cruzar, conocer, mirar, enamorar, tener un hijo, ser felices y luego alejarse por completo una mujer rusa y un hombre chino? Ocurrió. Y Vladimir Ilich Tao Tse Tung es el legado de eso.

Acaso sentir la necesidad de construir él mismo su identidad llevó a Vladimir por su propio camino. Berlín primero, París después. Pero no le resultaba fácil inventarse a sí mismo. Porque ya estaba inventado.

La información genética incluía, entre muchas otras cosas, la tendencia a los extremos. Y él quería abrir ese paquete. Pero no. No era un nudo así nomás. Y entonces, cuando la inestabilidad lo atacaba, se planteaba pedir ayuda, como les contó una noche de abril a sus amigos de La Mesa de Les Galans, la más célebre del bar Le Cairó.

"Un psicólogo. Vos necesitás un psicólogo", le dijo el fotógrafo Man Flay. Al pintor Pablo Picaseso no le pareció. Ernesto Meningway, que tomaba un whisky tras otro, estaba en otra cosa, como sumido en un sueño: sin escuchar la conversación, de a ratos gritaba que pronto iba a vencer a un pez espada. Y a Fito Gerald le resultaba lo más normal del mundo que un tipo a veces esté eufórico y otras deprimido mientras pueda ir de un lugar al otro. "Que lo parió", dijo el humorista Rob Fontaine Rose.

A Vladimir no le seducía la idea de hablar de sus padres, de su infancia, de sus novias y, mucho menos, de él mismo, con un desconocido. Ni siquiera le gustaba hacerlo con los que lo conocían.

A la madrugada cerró el bar y Tao Tse Tung rechazó la invitación de Man Flay para ir a jugar al pool a un bar de la cortada Ricardoné, llamado Le Bole Huit. Decidió volver en colectivo a la pensión del barrio Le Pichinch, donde vivía. Se tomó el 110 en calle Saint Fe, pagó con la Carte sin Contact que había recargado antes de entrar a trabajar, y se bajó en la esquina del cabaret Le Rose. Cruzó la calle y se encontró con que Roxi Giro, la cocinera española que tenía el don de adivinar los sueños, estaba sentada en el escalón de la puerta. Le hizo un lugar y se sentó.

Estuvieron un rato en un silencio que rompió ella: "Mirame", le dijo. Él le clavó los ojos negros profundos y la vio bella, luminosa, como alumbrada por un fuego. Se besaron. Y fue hermoso.

¿Cómo se iban a cruzar, conocer, mirar, enamorar, tener un hijo, ser felices y luego alejarse por completo una mujer española y un hombre ruso-chino? ¿Estaba empezando?

"Construir mi propia identidad", pensó enseguida Vladimir, aún abrazado a Roxi, cuello contra cuello. Entonces olvidó las preguntas, las proyecciones de su mente, y redujo su sentir a ese momento. Que fue majestuoso. Puro presente.

¿Cuánto duró? ¿Un segundo? ¿Una hora? ¿Un día? ¿Una vida?

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