Me acuerdo que de chica disfrutaba tanto de los preparativos de las fiestas de fin de año como de ese día propiamente dicho. Mi viejo empezaba más o menos un mes antes porque lo suyo era el detalle, la letra chica, eso que al resto podía pasársele por alto, pero a él, no. Hacía una lista exhaustiva previa consulta con mi mamá sobre el menú y empezaba un peregrinar por distintos proveedores. Él no compraba todo en el súper, porque el fiambre era mejor en la quesería del barrio, las bebidas era preferible elegirlas en la vinería donde las botellas no tenían tanto movimiento y cuidaban la temperatura del vino y las frutas secas las traía por lo menos quince días antes para ir haciendo lo que él llamaba “control de calidad” y que consistía en partir noche a noche, hasta el 24, como en una especie de cuenta regresiva: nueces, avellanas y almendras que debían salir enteritas.

En mi casa no se tomaba champán, no sé si no se usaba tanto como ahora, o se trataba del gusto familiar, pero la sidra que se ponía en el enorme piletón con hielo desde la mañana temprano era exquisita. Y allí empezaba todo: con la primera luz del día del 24: el patio lavado (a la tarde se lo refrescaba otra vez), las decenas de macetas de mi mamá ubicadas en los rincones para despejar la pista y el largo tablón y los caballetes limpios listos para vestirse con manteles especiales.

Vos: contá y repasá los cubiertos y las copas; vos a pelar la fruta y no la cortes tan chiquita que se vean los pedazos. Que no se pasen de hervor las papas que en vez de ensalada rusa va a parecer puré con mayonesa, ordenaba mi mamá, delantal puesto, imparable, una locomotora inagotable, pura actividad y antes de que terminara su primer encargo, me alcanzaba otro pedido a la bici para que retirara el pan, y si había vuelto: algún que otro rompeportones, una caja de estrellitas o de fosforitos, porque los grandes grandes (las cañitas peligrosas que siempre me fascinaron y la rueda grande de colores que colgábamos del paraíso y se encendía de un extremo, eran patrimonio de mi tío Juanín que no le tenía miedo a nada y era el centro de mi admiración.

¿Alcanza el hielo? Mirá que hace calor. El árbol navideño al patio, en un lugar destacado, junto al pesebre. ¿Alguien sabe dónde quedó el niño? Después de las 12 hay que ponerlo en la cuna. Sacá el tocadiscos y poné el longplay de Alta Tensión para ir entrando en clima.

El almuerzo era sencillo para llegar con hambre a la noche, no picoteen de la heladera que a la hora de cenar, dejan todo en el plato. Ahora, a dormir la siesta para reponer fuerzas, lanzaba mi progenitora con voz de mando y guay de quien desafiara su índice en alto. A eso de las 6 de l tarde, encarábamos la recta final de tareas y entre las tres, junto con mi hermana, hacíamos los rellenos para los sándwiches de miga que comíamos de a dos a escondidas cuando mi mamá se daba vuelta a buscar algo.

Después, a bañarse todos y a cambiarse Las camas ordenadas y la ropa guardada. Mi larguísima lista de pedidos al Niño Jesús o a Papá Noel (nunca me quedaba claro) expectante al pie del árbol.

Cuando caía el sol, los invitados empezaban a entrar por el pasillo siempre abierto de par en par, ¿a quién se le iba a ocurrir poner llave? Los abuelos primero y tras los besos y abrazos, la pregunta de rigor: ¿pasaste de grado? ¡Pero qué grande está esta chica!

Más tarde la comida, el brindis, los deseos, la palabra “augurio” que me sonaba tan rara y que yo repetía sin saber bien qué significaba y la vigilia al lado del arbolito que algún tío habilidoso se encargaba de interrumpir distrayendo a los más chicos para que por “arte de magia” aparecieran los regalos que abríamos con el corazón latiendo desbocado, sin explicarnos por dónde había entrado Noel o el Niño o ambos…

Sólo las ganas de estrenar los regalos hacían que después de las 2 de la mañana siguiéramos despiertos, jugando en la calle solos, sin miedo porque nada pasaba. Cierro los ojos y puedo sentir el olor a plástico de mi muñeca Piel Rosse, del salvavidas inflable y de la cajita de fibras Sylvapen (que más tarde supe venían de lo de mi abuela, porque para ella, el deber y la escuela estaban primero).

No puede ser que haya pasado tanto. Si los padres eran eternos, si la niñez era eterna, si la buena gente era eterna… Como dice un amigo: la fiesta va por dentro y no sabés cómo me gustaría hoy poder darle la razón.