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Adaptados a la cultura violenta del fútbol

Se debe tomar conciencia que el hecho violento extremo es un último eslabón de una cadena agitada por muchas manos
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Un nuevo hecho de violencia, otra vez en un Boca-River, nos retrotrae a una reflexión publicada anteriormente por “Juego de Posición”. La dimensión del hecho violento situado en un partido observado por millones de personas a nivel nacional e internacional será una buena excusa para replantear conductas, directivas y estructuras dentro del fútbol, donde la violencia es un hábito.   

“Los inadaptados de siempre”, se escucha cuando sucede un hecho relacionado con violencia. Rápidamente se escuchan voces que brindan sostén al argumento. Los protagonistas de los hechos violentos son vistos como personas que están desvinculados del relato futbolístico. Los violentos de hoy en el fútbol no son inadaptados. Lamentablemente, están muy bien insertados en una cultura futbolística donde la muerte es posible y legítima. Y cuando hablamos de violencia, no solamente debemos poner la lupa en hechos relacionados a violencia física. En este medio y en otros también, se especificó sobre las causas de la suspensión de los partidos y sobre los responsables primarios de lo ocurrido. La idea de este “juego de posición” es detenernos en esa cultura violenta del fútbol, pero poniendo en el ojo en personas que muchas veces pasan desapercibidas y que ellas mismas se sienten ajenas a los hechos violentos. Por un lado los medios de comunicación. ¿Hasta cuando se va a escuchar que el partido que viene es de vida o muerte? Hace rato que muchos medios sólo muestran los hechos violentos, no especifican y, como si fuera poco, potencian una mirada pobre y dramática del deporte. Inflaman un contexto violento. Lo cargan de dramatismo. Si tu equipo se va al descenso, muchos periodistas dicen “los hinchas están viviendo el peor momento de sus vidas”.

Por otro lado, la violencia verbal. El nieto que va de la mano de su abuelo (por si esa imagen es posible todavía en nuestro fútbol) y canta “lo vamos a matar a todos y le vamos a prender fuego la cancha”, ejerce una violencia que también ayuda a inflamar todo el circo armado y conveniente para que, luego, otras personas intenten matar y quieran prender fuego la cancha del contrario. En cierta forma, esa violencia está legitimada.

Con esto no queremos sacar culpas, al contrario. La violencia en el fútbol se conecta con una política corrupta que utiliza a las barras para beneficios propios, con una policía antidemocrática y autoritaria (¿Se acuerdan de un policía jugando al Counter Strike en el estadio de Central?) y también se conecta con una sociedad fragmentada y excluyente.

Algunos dirigentes de muchos clubes argentinos siguen lavando su imagen y sus manos, no reconocen ninguna relación y siguen produciendo cuestiones nefastas. E

l sociólogo Pablo Alabarces escribió un excelente libro, “Crónicas del aguante”. Obligatorio para todos los que están vinculados al fútbol. Una experiencia personal sorprendente marca que muchos al recibir el libro o a comenzar a leerlo dicen: “Este tipo está en contra del folclore, nuestra barra tiene aguante. Con eso no se jode”. Al mínimo análisis, muchos apretan el freno, y consideran sagrado y fundamental para el ecosistema futbolístico muchas acciones cargadas de violencia. Un absurdo. Por suerte, varios culminan el libro y reciben interpretaciones que no habitan en las grandes cadenas televisivas del deporte. Muchas están tan instaladas que el mismo “aguante” de una barra ya sirve para que dos generaciones trabajen de eso. Alabarces dice: “La violencia se instaló en el fútbol y le deformó la naturaleza de su trámite, de su práctica. Hoy el fútbol argentino es un espacio con estilo propio: la violencia”. Desde el surgimiento del fútbol argentino hasta la fecha, 260 personas murieron en hechos vinculados a este deporte. Cuando la identidad futbolística queda tan sola, cuando no hay otra opción para afirmarse como sujeto social, cuando se encuentran en crisis los grandes relatos de identidad (trabajo, familia, educación, nación), esta identidad futbolística queda como única posibilidad. Y cuando se encuentra en un deporte donde el adversario es un enemigo radical y en donde el relato deportivo se carga de un dramatismo inflamado, una maximización de la violencia (ya sea física, verbal o simbólica) es probable.

Sin lugar a dudas, la mayor deficiencia de este contexto pertenece al poder político. Mientras que no haya políticas de estado concretas en este aspecto no mejorará, es obvio. Pero tampoco lo hará sino cambian algunas estructuras básicas de nuestro país. Hoy la cultura del “aguante” no sólo pertenece a lo futbolístico. Y es hora de cargarnos de culpas todos los que estamos involucrados. Se debe tomar conciencia que la muerte, o el hecho violento extremo, es en todo caso un último eslabón de una cadena agitada por muchas manos. Las esperanzas se sitúan en políticas serias que comiencen a modificar estos grandes ejes. No podemos asombrarnos de que haya violencia en el fútbol. Lejos de estar inadaptados, los hechos se repiten y formar parte del universo futbolístico. Lamentablemente ya no sorprenden cuando ocurren. Con este contexto violento, lo insólito sería que no hubiera violencia.

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