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Barcos

Otra entrega de la saga sobre el maestro taoísta leninista Vladimir Ilich Tao Tse Tung. La balsa de Vito Nebbia está lista. Pero ahora hay otra posibilidad para escapar de Roma
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Imagina que no hay posesiones, 
me pregunto si puedes

John Lennon

 

¿Cuándo es que la crisis se convierte en oportunidad? ¿Cómo hacemos para que la vida nos abra puertas a nuevos caminos que nos lleven a lugares en los que nunca imaginamos estar? ¿Es la fe? ¿Es la suerte? ¿Es el deseo?

La clave es estar abiertos. Disponibles. Libres de nosotros mismos. Si tengo un plan, poder cambiarlo. No aferrarse a ninguna idea. No es cierto que el tren pase sólo una vez en la vida. Hay más de un tren. Hay más de una dirección. Y están los barcos.

Vladimir Ilich Tao Tse Tung, el maestro taoísta leninista que inspira esta columna y a miles de personas en todo el mundo, solía decir que si lo imaginás ya existe. 

Y Vito Nebbia (*) –con quien Vladimir intentaba escapar de esa Roma de entreguerras, dominada por los camisas negra que respondían al dictador sin pelo, que respondía a su vez al dictador con bigote que desde Berlín amenazaba con convertir a Europa en un infierno– tenía mucha imaginación.

Fue Vito quien le llevó a Vladimir, al matemático judío italiano Beppo Trevi y a Juan Mirón la idea de construir una balsa para partir hacia la locura por el Tévere, el río marrón al que Roma le daba la espalda. Y también fue él quien cuando vio llegar la ciudad flotante desde el muelle del club di pesca Guglielmo Tell, en medio del desánimo del resto del grupo, sintió que era la montaña que venía a Mahoma.

No le importó a Vito que la balsa estuviera lista. El entendió lo que los otros aún no: las cosas habían cambiado, y podía ser para mejor. 

Vamos, loco, qué esperan, dijo, y agarró la guitarra. Le brillaban los ojos. Y brillaba también la estridente camisa floreada que se había puesto apenas vio que la ciudad flotante se estacionaba frente a la estación Fluviale de Roma y bote a bote bajaban a tierra las cientos de personas con bermudas y gorritos que iban a bordo.

Vladimir lo siguió enseguida. No sabía qué se traía entre manos Vito, pero una vez más se entregó a algo que le encantaba: confiar. Beppo y Juan Mirón primero dudaron, pero también fueron.

Los cuatro subieron las escaleras del club Guglielmo Tell. Juan dijo que era mejor no pasar el paredón que separaba la zona de la costa del río, que los camisas negra no iban a dejar pasar así nomás la camisa floreada de Vito. Se metieron entre los galpones, bordearon la estación Roma Centrale (cuenta la leyenda que Vladimir alguna vez le dijo a uno de sus seguidores, el psicopedagogo italiano Francesco Tonucci, que por qué no hacían ahí algo para divertir a los pibes de la ciudad y que la idea la tomó una ciudad de un lejano país latinoamericano), se internaron en más galpones, y al fin llegaron a la estación Fluviale.

Temieron por la presencia de Prefettura. Pero la verdad es que no llamaron la atención de los uniformados: la camisa de Vito era parecida a las que usaban varios de los que bajaban de los botes y se internaban a caminar por una ciudad que, aun con los camisa negra y el dictador sin bigote, era hermosa.

Fueron a mirar la ciudad flotante de frente, desde el balcón de la estación Fluviale. Se apoyaron los cuatro en la baranda que da al río y una vez más quedaron pasmados. Era gigante y estaba pintada de un blanco reluciente. Tenía ventanas, balcones, terrazas, piletas. "¿Nunca vieron un crucero, muchachos?".

La voz llegó acompañada de un humo espeso. El tipo era grandote, tenía el pelo negro peinado a la gomina hacia atrás, vestía una camisa azul abierta hasta la mitad del torso y se le veía una cadena de plata con un ancla en miniatura como colgante, que contrastaba con la piel bronceada. Fumaba un habano que despedía un olor a madera que enseguida cautivó a Vito. 

Le dijeron que no, que nunca habían visto un crucero. "Bueno, yo soy el dueño, ¿lo quieren conocer?", los invitó el tipo, que explicó que tenía un par de barcos más pero que con este fue que empezó la flota y por eso llevaba su nombre. "Eugenio Bosta", se presentó, y les dio la mano uno por uno. 

Subieron los cinco a un bote y fueron hasta la ciudad flotante. "Bienvenidos al Eugenio B", dijo Don Bosta cuando al fin estaban a bordo. Al rato, Eugenio guiaba el recorrido por el barco: dos restaurantes, casino, teatro, confitería bailable, tres piletas, gimnasio. Y camarotes, con ventanas, con balcones, sin ventanas, sin balcones. Un mundo dentro del mundo. Un mundo de fantasía dentro de un mundo en llamas. Otra dimensión.

Don Bosta los invitó a tomar algo en uno de los bares del crucero. Beppo le habló de esa Roma que les dolía, Vladimir le contó de Berlín y de París, Vito de la necesidad de escapar y del plan de hacerlo en balsa. Juan Mirón preguntó si había helado. 

Nada que Don Bosta no supiera. Su negocio, explicó, era crear una realidad amable en un mundo invivible. Para quien pudiera pagarlo.

Ellos no podían, estaba claro. Vladimir protestó: "¿Sólo el dinero salva?". Y respondió él mismo: "Es el capitalismo, estúpido", una frase que, dicen, décadas después inspiró al presidente de un país muy poderoso (sí, Bill Clinton, era otro de los secretos seguidores del maestro, cuyas enseñanzas le llegaron a través de una becaria).

Don Bosta se encogió de hombros, como diciendo que más no podía hacer. Dijo que el barco partía de Roma esa misma noche. El Tévere, el río Argento, el mar Mediterráneo. Vladimir, Beppo y Juan Mirón volvieron a desanimarse.

Pero Vito le dijo a Don Bosta que les diera trabajo. Que Vladimir tenía mucha experiencia de mozo, que había atendido la Mesa de Les Galans del famoso bar Le Cairó de París. Que Beppo era una luz con los números, que nadie era capaz de calcular como él la mejor ruta de navegación para optimizar el recorrido. Que Juan Mirón era un as con los lápices y podía hacer retratos de los pasajeros.

 ¿Y vos, Vito?, preguntó Don Bosta. Nebbia pensó unos segundos, mientras hacía su gesto típico: acariciarse el bigote con el índice y el pulgar de la mano izquierda. En ese momento se imaginó en el escenario del teatro del barco. Después sacó la guitarra del estuche, y empezó a cantar: "Dicen que viajando se fortalece el corazón..."

Grande, Vito.

 

(*) Vito Nebbia es un músico que hizo carrera. Es considerado el padre del rock nacional italiano.

 

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