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Mamushka

Otra entrega de la saga sobre el maestro taoísta leninista Vladimir Ilich Tao Tse Tung, que viaja en un tren que lo lleva cada vez más hacia adentro suyo
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Se va el tren, se va lejos
Charly García 


¿Dónde va el tren? ¿Cuál es la estación final? ¿Se puede tener claro el destino de nuestro viaje sino sabemos cuál es el origen? ¿Será eso lo que nos lleva muchas veces hacia atrás?

Repetimos y repetimos, como si no hubiésemos aprendido. Sólo cuando se aprende, se deja de repetir. De navegar en círculos. 

Quien sabe por qué Vladimir Ilich Tao Tse Tung, el maestro taoísta leninista que inspira esta columna y a miles de personas en todo el mundo, se enfrascó en ese pensamiento. Quiénes somos, hacia dónde vamos. Y de dónde venimos. Para qué vivimos no, eso se lo dijo una vez en Berlín al novelista Tomasito Mann

Juan Mirón dormía. Envuelto en el sonido del tren, Vladimir se preguntó cuán atrás podría llegar. Se acordó de una escena en la que un padre pone frente al espejo a su hijo y le dice que se mire. Que siempre se mire. Que, pase lo que pase, no se olvide de mirarse. Y de reconocerse.

Reconocerse, dijo para sí mismo Vladimir. Una y otra vez. Todas las que sean necesarias. Descubrirse. Y aceptarse. 

Se sonrió, Vladimir. Se despreocupó. Ahí atrás, adentro suyo, tenía un refugio. Un lugar donde volver, pero no para quedarse. Y eso, se alivió, siempre da una nueva posibilidad.

Una casa. No importa si no es un lugar. Va con uno. Una casa, la gran casa, que alberga una casa más chica, y que a la vez contiene otra casita, que tiene adentro otra casita, como si fueran muñecas rusas. 

Mamá, pensó Vladimir. Un ser, que alberga otro ser, que se constituye a sí mismo en la más amorosa soledad de la que se pueda tener memoria. ¿Cuándo se produce ese momento mágico en que nace el yo? ¿Hasta dónde puedo ir hacia atrás?

Cerró los ojos el maestro. En su propia oscuridad se vio con forma de espermatozoide. Con su cara y una cola blanca. Pero después notó que no estaba solo. Eran miles iguales: con su cara y la cola blanca que ondulaba de un lado a otro con cierto frenesí. Le dio risa. 

Lo miró Mirón, que ya no pudo seguir durmiendo. Lo miró todo el vagón en realidad. Un tipo de un metro ochenta, encogidas sus piernas en el asiento de clase económica, con los ojos cerrados, la espalda erguida, mientras la cabeza y parte del torso iban de un lado al otro siguiendo el movimiento de los espermatozoides con su cara. Sostenía una risa nada estridente.

Vladimir estaba en trance. Era un viaje a las profundidades. Con paisajes, colores, sonidos, sensaciones. Las casitas. Una por una. Hasta la más chiquitita. Casi invisible. Un punto. Un puntito.

El tren al que Vladimir y Juan Mirón se subieron en la estación Paris Nord paró y obligaron a todos a bajar. Mirón despertó al maestro, que no remoloneó ni un segundo. Abrió los ojos, hizo un recorrido de 180 grados con la mirada, se paró y se bajó del tren.

Vio mucha gente, otros trenes y pensó en una ciudad en la que le gustaría estar: Londres, se dijo. 

No son pocos los que creen que fue el maestro quien inspiró la construcción del Eurotúnel, una magnífica obra de ingeniería que unió a los pueblos de Europa, o al menos a un par de ellos. Son sus más fanáticos seguidores; los que ven su huella en cada paso que ha dado la humanidad desde principios del siglo XX para acá. Lo cierto es que Vladimir no sabía nada de geografía: en aquella época de entreguerras no se podía cruzar en tren el Canal de la Mancha.

Estaba lejos de Londres. No le importó. Ya no importaba el lugar. O al menos eso creía.    

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