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Otra escuela secundaria es posible

Romper estereotipos, superar prejuicios respecto de los jóvenes, pensar nuevas estrategias de enseñanza y de evaluación pueden ser la puerta de entrada a un pequeño – gran cambio en la escuela secundaria
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Ya  es una clara certeza que  la escuela no es un espacio homogéneo, pues la presencia de variables socioeconómicas y culturales juega un papel importante en el éxito educativo. Varios autores señalan que un gran obstáculo radica en que muchos jóvenes atraviesan por situaciones de precariedad y pobreza, por lo que deben asumir ciertas responsabilidades con el fin de ayudar al bienestar de sus familias. Y, sin embargo, en la institución escolar, se siguen pregonando viejas proposiciones que marcan prácticas áulicas un tanto rígidas.

Al respecto no digo nada nuevo porque ya es de reconocimiento público la existencia de un desajuste entre las características de la oferta educativa y el desempeño real de los actores del proceso pedagógico; es decir, la escuela enseña algo que a los estudiantes no les interesa. Desde esta perspectiva, existe un malestar docente, así como un malestar de los alumnos, que no encuentran en la escuela un espacio significativo. Dicho malestar, explicitado en toda la población escolar, se manifiesta claramente en el cansancio de los profesores y en la abulia de los estudiantes, quienes justifican su estar en la escuela con objetivos a largo plazo o porque  no les queda otra opción.

En Santa Fe, según el Censo 2010, de los 3.104.537 ciudadanos que la habitan, 795.435 son jóvenes de entre 15 a 29 años; de entre los cuales 398.466 son varones y 396.969 son mujeres. De este modo, las juventudes representan un 24,9% de la población total de la provincia. Contemplando esta proporción, se puede señalar que el porcentaje de población joven por cada departamento ronda también entre el 23% y el 25% de la población total del departamento.

Y, si bien se puede identificar a la juventud con una edad determinada, es necesario pensar qué hacer con 25% de población, porcentaje que no está en la escuela en su totalidad, y reconocer las diferencias que la caracterizan en función de  las trayectorias individuales y socio- culturales. Es necesario ampliar la mirada a nuevas juventudes, a sabiendas que vivir en una comuna pequeña es muy diferente a hacerlo en una metrópoli que supere el millón de habitantes. Las costumbres, el lenguaje, las formas de ser y estar en el barrio y los valores están enmarcados en una cultura regional con características singulares.

Sin embargo, en general, en la escuela, se ve a los jóvenes en el marco de  estereotipos rígidos,  con una mirada cristalizada, como si todos los estudiantes de un curso fueran iguales. Ahora bien, si pensamos a la juventud, desde dicha perspectiva de construcción sociocultural, que contemple la historia biográfica del sujeto, se podrá ir reconociendo las singularidades en sus propias trayectorias.

No obstante ello, a veces, pareciera que lo único preocupante para los que gestionan o enseñan en la escuela es que estén todo el tiempo allí, sentados y escuchando;  y, si no lo hacen, se suele culpar a las familias de las dificultades en la escolarización de sus hijos, en lugar de cuestionar qué hacemos con ellos en las horas de clases.

Ahora bien si tomamos en cuenta que, según datos estadísticos, América Latina es la región más desigual del planeta, es necesario direccionar los proyectos institucionales como un instrumento para avanzar en una transformación progresiva del modelo institucional de la educación secundaria y de la prácticas pedagógicas que implica, generando recorridos formativos diversificados.

Para ello, debemos trabajar fuertemente en la formación y capacitación docentes. Si formamos estudiantes de profesorados críticos que cuestionen las prácticas áulicas y que puedan reflexionar sobre sus procesos de aprendizaje, serán capaces de tomar conciencia que dichas prácticas no son puras, asépticas, sino que implican una toma de posición respecto del contexto,  de los nuevos sujetos que habitan las escuelas, con quienes se interrelacionan a diario, y de la nuevas formas de aprender. De esa manera, podrán ir acercando la brecha entre la cultura escolar, es decir, lo que pretende la escuela, y la cultura juvenil, los recorridos individuales,  a fin de sostener trayectorias de aprendizajes válidas y contextuadas.

Pasarla bien en la escuela no es sólo el deseo de los estudiantes, sino también es el de los docentes. Tomar conciencia del tedio y el malestar es responsabilidad de los profesores, quienes son los que planifican qué y cómo enseñar un determinado contenido. Por tanto, romper estereotipos, superar prejuicios respecto de los jóvenes, pensar nuevas estrategias de enseñanza y de evaluación pueden ser la puerta de entrada a un pequeño- gran cambio en la escuela secundaria.

Por: Carina Cabo, especialista en Educación.

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