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Adiós Ziggy Stardust

La muerte de David Bowie nos deja, a quienes entendemos a la música como una parte constitutiva, en una suerte de orfandad artística. En 69 años, y 40 de carrera, creó distintos alter ego y atravesó cantidad de géneros. Campeó y montó las “nuevas olas” e hizo de la transformación un modo de producción. Entonces, cómo no extrañarlo
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Escuché las noticias, hoy”, murmura la canción “Young Americans”, de David Bowie, una frase tomada de “A day in the life” (The Beatles). Y las noticias anunciaban la muerte del propio Bowie.

¿Por dónde empezar? Se fue el Camaleón, el Duque Blanco, Ziggy, el “oh, John, I’m only dancing”, el “hombre elefante”, Major Tom, Nikola Tesla, Poncio Pilato, (el laberíntico rey) Jim Henson, el frontman de Tin Machne; y la suma de todos ellos.

Sin riesgo de exagerar, enumerar los créditos artísticos de “el hombre que vendió al mundo” sería caer en una larga lista de piezas maestras.

Conocida la “noticia”, inevitable es que surjan las proximidades: qué tan cerca estuviste, cuántas veces lo viste, cómo renegaste con Tonight y cómo veneraste esa suerte de crossover que implicó la salida de Outside

Quizás, socializar la pena resuelva una parte de esa sensación de orfandad artística. Quizás.

“Mirá para arriba, estoy en el cielo. Tengo cicatrices que no se pueden ver” (“Lazarus”).

Un cáncer mancó la brillantez del hombre que firmó varios de los discos fundamentales de la segunda mitad del siglo pasado. La incapacidad de pensar un límite en el arte lo llevó a desconocer las márgenes: soul, pop, rock, funk, glam, punk, disco, tecno-grunge; y la lista sigue.

Su capacidad para entender y montar las nuevas olas, en vez de correr a la par, fue una de sus grandes pericias.

Claro que, además de captar y aventurarse en el signo de los tiempos, David Robert Hayward Jones tenía con qué trascender. Porque, para que se entienda, lo de él no fue sólo transcurrir. Bowie tenía la capacidad de desconcertarte: eso que escuchabas –tuvieras o no una referencia previa– conseguía otro plano.

Así, la transformación fue la constante en su carrera; una creatividad feroz que lo llevó forjar sociedades artísticas disímiles: Ronson, Eno, Visconti, Gabrels, Reznor y Metheny; por citar sólo unos pocos.

“El tiempo me puede venir a cambiar. Pero no puedo encontrar al tiempo” (“Changes”).

En una entrevista que le dio al New York Times en 2002 dijo: “A medida que envejecés, las preguntas se convierten en «cuánto tiempo» y «qué hacer con el tiempo que me queda».

Trece años atrás, el hombre que había hecho de la mutación una constante se preguntaba, en cierto modo, cómo podía seguir cambiando la piel (Vaya aquí una lección para tanto artista y banda  con el mismo disco lanzamiento tras lanzamiento).

De hecho, el chiste interno entre los amigos y amigas (esos con los que se “socializa la pena”) ante cada anuncio de una nueva placa era: “Ya está, con que saque un disco alcanza. No le pido más nada”.

 “★”. Sólo eso. Esa es la tapa de de su último álbum.

Que si el “Berlín trío” o Hunky Dory; que si The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, Scary Monsters o el homónimo David Bowie; o si la producción post Tin Machine –Outside, Earthling y Heathen– se llevan más horas en la bandeja, el CD o en Spotify; es otra historia. Es parte del duelo.

“Estoy flotando de la manera más peculiar y las estrellas se ven muy diferentes hoy”. (“Space Oddity”)

Coda


La postal de arriba es un autorretrato de la tapa del disco Héroes hecha por el propio Bowie, en 1978. Y es también parte de la memorabilia disponible durante lla muestra David Bowie Is, que se desarrolló entre abril y junio de 2013, en el  Victoria & Albert Museum, de Londres.

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