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El viernes en París fueron asesinadas 129 personas producto de tres ataques terroristas coordinados. El hecho, reivindicado por el Estado Islámico, se fundamenta –desde la visión que sostienen los grupos jihadistas con respecto a las potencias occidentales– como respuesta a los bombardeos de Francia sobre posiciones del Califato en la región de Siria e Irak. En Rosario –la segunda o tercera ciudad en importancia de Argentina– en lo que va de 2015 ya perdieron la vida más de 180 personas a causa de violencia urbana y narcotráfico (51 más que en el ataque de París).

Si bien los factores que originan las muertes en Rosario y París son distintos y responden a problemáticas particulares, ambos tienen un denominador común: sus ejecutores provienen de lugares donde la educación es deficiente o nula, carecen de infraestructura básica (barrios sin calles asfaltadas, cloacas ni agua caliente), retiro del Estado de sus territorios administrativos –uno producto de los conflictos armados que tienen lugar dentro de sus fronteras; el otro por desidia o falta de capacidad resolutiva, cuando la razón no pasa por actos de corrupción–, niños que crecen en contextos de violencia extrema y generaciones de jóvenes que no perciben un horizonte de bienestar a futuro. Estos invisibles, parias globales del mundo, encuentran en la cultura de las armas, el narco y el extremismo religioso un espacio donde erigirse como sujetos sociales.

Con un promedio de 16 muertes violentas al mes, Rosario sufre el equivalente a un ataque suicida como los que se suceden periódicamente en Medio Oriente. Tal vez lo que no nos permite reaccionar a nivel local con la misma indignación que sí se hace visible ante los ataques en París responda a la velocidad, coordinación y letalidad que tuvieron los del viernes por la noche. En nuestra ciudad la muerte llega a cuentagotas –uno, dos, ¿tres por día?–, sin hombres bomba que gritan “allahu akbar” antes de apretar el detonador que los llevará al paraíso, ni combatientes a punta de Kaláshnikov que abren fuego en recitales de hard rock o en cafes de la 'bohème' parisina.

El escenario predilecto de nuestras muertes son los pasillos estrechos de material y chapa de la periferia, sus pisos de tierra, los perros pulgosos y las aguas servidas. No hay AK-47 pero sí 9 mm reglamentarias y una llamativa facilidad para acceder a la munición. En Rosario no se apagan 129 vidas de un suspiro, se van de a poco, de a decenas por mes, y ya van más de 180.

¿Entonces ante esta situación qué hacemos? ¿Agregamos al perfil de nuestras redes sociales la bandera de Francia y mañana seguimos contando muertos en Rosario o empezamos a dejar de naturalizar nuestro ‪#‎JeSuiParis‬ diario?

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