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Mirada

Otra entrega de la saga sobre el maestro taoísta leninista Vladimir Ilich Tao Tse Tung. El crucero Eugenio B se va de Roma. Un nuevo viaje comienza
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Por lo menos así lo veo yo

Guillermo Nimo

 

¿Cuánto dice el silencio? ¿Cuánto calla la palabra? ¿Las cosas son como son o como las vemos? ¿Las cosas son o las vemos?

Mirada. Tener mirada. Muchas veces se trata de eso. Muchas cosas se tratan de eso. Apropiarme de mi lugar. Mirar desde allí. Mi lugar es mí mismo. Yo lo hice, yo lo ocupé. Y desde allí hablo, me callo, miro, existo. Y hasta elijo otro lugar.

Vladimir Ilich Tao Tse Tung, el maestro taoísta leninista que inspira esta columna y a miles de personas en todo el mundo, sentía el corazón latir fuerte. Sonó la sirena. De a poco, suave, al principio incierto, comenzó el movimiento. El crucero Eugenio B enfiló río abajo. El Tévere, el río Argento, el Mediterráneo. Esa Europa de entreguerras iba a quedar atrás. Algo nuevo esperaba. No sabía qué, sólo que había puesto proa hacia allí.

Todo ocurre tan rápido. Todo fue tan vertiginoso hasta ahora. ¿Dejará de serlo? Un barco es un barco. Navega: no corre, no vuela, no tiembla de miedo. Somos nosotros los que tememos las tormentas.

Era raro. Vladimir, Vitto Nebbia, el matemático judío italiano Bepo Trevi y Juan Mirón sabían que no había otra que irse de Roma, que tenían que hacerlo, que no iban a poder sobrevivir allí. Que no había otra que irse de Europa. Pero, al mismo tiempo, la partida les dolía.

Reconocían su suerte. Don Bosta, el dueño del Eugenio B, los había contratado y parecía negocio redondo: dinero por el trabajo, buena comida, un lugar donde dormir, y hasta un puerto de llegada.

Vitto Nebbia iba a debutar como cantante del crucero esa misma noche de la partida. Beppo Trevi iba a trazar la ruta de navegación con el capitán. Juan MIrón a retratar a los pasajeros. 

Vladimir tenía sólo un rato, porque le faltaba aprender el menú para la cena. Pero fue con sus amigos a despedirse de Roma, que pasaba como una película delante de sus ojos: la estación Fluviale, los galpones del puerto, los silos, el barrio il Mangruglio, los frigoríficos.

¿Significaba algo Roma para él? No era de allí, fue poco lo que vio. Pero sintió. Y se prometió volver. 

El crucero, la verdad, no estaba nada mal. Don Bosta les dio un camarote para los cuatro, justo en la línea de flotación. No tenían vista al río, pero lo escuchaban. Les hizo mandar uniformes. A cada uno el suyo. Menos a Vito: lo quería con su camisa floreada. Y los citó para una reunión en el teatro con el resto del personal. Eran cientos. Todos diferentes. Asiáticos, europeos, africanos. 

Allí los ubicaron según la tarea. Los mozos vestían camisa y saco blancos, moñito negro en el cuello, pantalón negro. Serían unos treinta. Muchos, pensó Vladimir, que recordó las noches en que tuvo la mitad del bar Le Cairó de París a su cargo (de la otra mitad se encargaba Vincent Moreirá, un célebre trabajador gastronómico francés).

Pero había uno diferente. Estaba de frac negro, con camisa y moñito blancos. Vladimir le preguntó a uno de sus compañeros por qué. Es el jefe, le explicó.

Don Eugenio Bosta los saludó a todos. Pidió el mayor esfuerzo para que los pasajeros sintieran que estaban en otra dimensión: la del placer. Lejos de las guerras. Un mundo blando, gentil. Dijo que era fundamental que también ellos lo vivieran así. 

Luego contó que había cuatro nuevos miembros de la tripulación. Los hizo subir al escenario, los presentó, dijo qué tarea les había encomendado.

VItto Nebbia saludó como si ya hubiera cantado y lo estuvieran aplaudiendo: abrió los brazos, sonrió con todos los dientes, bajó y subió el torso. Vladimir, Bepo y Juan Mirón se mostraron más discretos.

Cuando Vito bajó del escenario cruzó miradas con una mucama. Le gustó.

A Vladimir lo fue a buscar el jefe de los mozos. Le preguntó si tenía experiencia, le dijo que había que servir desayuno y cena, porque el almuerzo era autoservicio. Que algunos mediodías iba a tener que atender una barra de bebidas. Que tenía que estar de buen humor, no sólo mostrarlo. Y que por lo tanto había que divertirse. Jugar.

Vladimir le preguntó si él jugaba. Sí, dijo el jefe de los mozos: toco la flauta. ¿Vos? Yo escucho, contestó Vladimir con una sonrisa calma.

El jefe de los mozos se rió e hizo un movimiento corto de arriba a abajo con la cabeza en señal de aprobación. Era bien flaco, alto, de voz finita y tenía el pelo más largo que el resto de los hombres que Vladimir había conocido. Se presentó: "Me llamo Nito, Nito Metre" (*). Después le dijo que fuera a la cubierta, que no se perdiera la salida de Roma. Y que volviera enseguida para aprenderse el menú de la cena, que los mozos del Eugenio B tenían que saber hasta el último ingrediente de cada plato.

Vladimir fue al sector de popa. Allí estaban Vitto Nebbia, Beppo Trevi y Juan Mirón. Los cuatro clavaron la mirada en el muelle del club di pesca Guglielmo Tell, su refugio de las últimas semanas. Llegaron a divisar la balsa que construyeron, en la que pensaban irse de Roma antes de que apareciera la ciudad flotante de la que ahora eran parte.

Vladimir pensó que el barco llegó, y ahora podían irse en él, porque construyeron la balsa. Le gustó la idea. Deseó que esa balsa, la que soñó Vito Nebbia, le sirviera a alguien que, como en algún momento ellos, estuviera muy sólo y triste aquí, en este mundo abandonado.  

Abrazó a sus amigos. Como lo había hecho con los escritores Tomasito Mann, Germán Villa Gesell y el poeta sanador Bertolino Brech un tiempo antes en el bar el Diabliten de Berlín, cuando esta historia del dictador con bigote, de las patotas armadas, de la guerra recién asomaba.

El Eugenio B levó anclas. El viento empezó a sentirse con más intensidad. Vladimir cerró los ojos, y se meció en ese abrazo de cuatro tipos que estaban juntos, y a la vez solos.   

¿Y ahora qué? Sabían que escapaban de un infierno. Jamás imaginaron la dimensión, la magnitud, que iba a tomar el horror. ¿Acaso alguien puede imaginar Auschwitz?

La imaginación está para cosas mejores.       

  

 

(*)Nito Metre dejó su huella en la gastronomía universal: desde su muerte, se nombra son su apellido el oficio de jefe de comedor y encargado de dirigir a los camareros en un restaurante u otro establecimiento similar. Aunque también se dedicó a la música y es un nombre importante en la historia del rock nacional italiano.

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