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Morir a ambos lados del fierro

Un adolescente acusado del crimen del taxista. Dos jóvenes fusilados en los márgenes. Miedo, furia e impotencia. Inmovilidad de la clase política 
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En medidas de seguridad, todo lo que se haga pierde sentido en segundos. Comprobamos que ocurrió durante la madrugada del miércoles, cuando (se cree) dos personas mataron al taxista Eduardo Piris. Falsos pasajeros que a las pocas cuadras lo balearon sin piedad y por la espalda. No le robaron nada. Presurosa, la búsqueda de la confirmación sobre el autor se congeló y con su declaración ante la fiscal y la jueza de menores, el adolescente de 16 años detenido en el Irar (Instituto de Recuperación del Adolescente) como principal sospechoso del hecho dejó abierta la posibilidad de que podría no ser él el autor del homicidio.

En medio, al único testigo ocular del hecho, un joven hipoacúsico que asegura haber visto todo, le apuntaron con un arma para que no hable. Un día antes de declarar lo que había visto. Al consultar a la la abogada defensora (de oficio) del adolescente señalado como autor, manifestó que se trata de “un niño” en situación “irregular o de riesgo”. Cuando declaró lo hizo con hermana y padres. Contó que no había sido él el autor del disparo. No podía serlo porque a esa misma hora estaba “fumando porro” con otro amigo en una esquina no muy lejana.

A Ariel Zapata y Mariano Ledesma, menos de 25 años los dos, los encontraron muertos, tendidos en plena calle, en Circunvalación y Garibaldi. El fiscal de la causa, Ademar Bianchini, reveló que por la posición de los cuerpos, habían sido perseguidos. Uno de ellos tenía disparos en la cabeza. Quien lidera la investigación confirmó que Ledesma tenía diez disparos en la espalda y varios en el cráneo y Zapata, uno en la cabeza.

Ya lo cantaba “Chucky” Álvarez, el chico que volcó su expresividad al rap con letras en las que decía que “los códigos de la calle ya no existen”. Así murió, tras cruzarse con el soldadito del “bunker” de drogas que tanto odiaba en su barrio Ludueña.Chucky despreciaba el búnker y lo culpaba. En la riña verbal seguro ganaba. Lo invitó a pelear sin armas. El otro le gatilló siete veces. En la pared, a media cuadra de la escuela. Chuky está, aunque haga falta.

La droga rompió esos códigos. Pero eso no es lo más grave. Se metió tan dentro de quien debía controlar que en el barrio los hubiera que hoy cuesta tiempo y confianza (a ganar) para distinguir qué uniforme permite, cuál avisa, quién filtra datos para que la narcocriminalidad siga liquidando códigos y chicos, sin discriminar. Injusto para el que se juega por el otro, mordiendo bronca. Peleando desparejo.

Acá muere gente, casi todos los días. Gente joven. Gente a un lado o del otro de un fierro. Bajo las gorras estampadas con hojas de marihuana. Con camperas deportivas del Real Madrid. Muchos pasan por el IRAR. De esos, más de la mitad se muere rápido.

Y esto es lo grave. Hay dos mensajes, uno que debe darse y otro que es certeza.

El primero es que no hay impunidad para quien mata, no hay indulgencia para quien asesina y no se preocupa por esconder cuerpos.

El segundo, que la vida de un hombre joven, marginal, no vale dos minutos de charla. No pasa más que dos minutos hasta que intentan convencerte de que está bien que los tengan que matar a los que matan bajo la gorra. Los que te matan de a dos, en moto.

Se tienen que morir. Es la conclusión a la que somos empujados por un estado de emergencia que no da tregua ni nos permite pensar. Es la ráfaga del miedo. Es saber que no es chiste. Que te puede tocar a vos, a mí. Delincuentes. Justicia. Y ya están muriendo, pero nada se arregla. Cuando termine esta columna, seguro habrán muerto más. ¿No será que nos hemos equivocado al desearles la muerte?

Cuando son obligados a crecer sobreviviendo, los niños se gastan más rápido. Lo que queda es lo que es: un sobreviviente. Hasta que interviene la mirada externa. Depende quién mire, es un criminal o una víctima. De una sociedad que le mostró que no se necesita trabajar o estudiar para vivir. Y que la plata para disfrutar es lo que manda.

Mientras demoramos en ver quién es el “progre” y quien es el “poder de las corporaciones”, quien le enseña a quién a ser un “genio del voto”, el mensaje de que hay límites, de que la impunidad no tiene lugar, no llega. No se produce. Se necesita, y no se lee, no se oye. No se toca. Otro mensaje, silencioso y pesado, el miedo, toma definitivamente su lugar. Mientras distraemos, le deseamos la muerte al de gorrita. Por las dudas.

Cuando necesitamos que las leyes nos ayuden a construir y cambiar nuestra sociedad, no podemos estar a la altura de las circunstancias. “No puede ser que un menor cometa un crimen y no pase nada”, asegura Julio de Olazábal, jefe de los fiscales de la provincia para que los legisladores nacionales cambien las normas endureciendo las penas para los menores. Un día antes, el ministro de Gobierno santafesino, Ricardo Silberstein, adelantó que propondrán cambios para el Código Procesal Penal de Santa Fe como suspender las “probation” y brindar pautas más precisas para los juicios abreviados. Reformar la reforma de hace dos años. La misma reforma o que demoraron, los legisladores provinciales, siete años en aprobar. Claro, no se ponían de acuerdo.

Después, ¿se nos puede pedir que comprendamos que un chico armado no es un criminal?. ¿Se puede no pedir que los asesinos que destruyen una familia en dos segundos no sean fusilados con la misma falta de piedad?.

La garganta se nos anuda. Es el grito de justicia en mano propia, que aprieta fuerte la palabra venganza.


 

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