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¿Paralizados ante una epidemia?

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Todas las noticias sobre las epidemias del Zika y el Dengue hacen que las poblaciones en el mundo estén a la expectativa y en una actitud de espera inquietante, casi paralizante, observando cuál puede ser la próxima información de un caso denunciado a las autoridades sanitarias.

La Organización Mundial de la Salud ha manifestado su preocupación en Ginebra. El problema ya no es exclusivo de América Latina. Además de los casos de Brasil, Honduras, Colombia, hay infectados en Estados Unidos, en Dinamarca, en Austria, en Holanda y en Gran Bretaña.

Una alarma fue desatada el día 28 de enero, cuando en la cumbre de la Celac la presidente de Brasil, Dilma Rousseff, pidió a los ministros de Salud de los 33 países integrantes que se reúnan cuanto antes para confeccionar un plan para combatir la epidemia.

24 horas después del pedido, la Organización Mundial de la Salud se hizo eco de la situación y fue contundente: aseguró que el virus del Zika "se propaga de forma explosiva" en el continente americano.

¿Cuál es la actitud que puede ayudar en estos momentos tan cruciales?

Uno de los factores que más debe atenderse individual y colectivamente es el temor a contraer la enfermedad y propagarla.

El temor al contagio y sus consecuencias es más pernicioso que cualquier otro peligro.

Mary Baker Eddy, autora metafísica cristiana, en su libro Ciencia y Salud, ilustra un ejemplo de alguien que se dejó llevar por el temor latente cuando se declaró la epidemia del cólera.

“Se hizo creer a un hombre que en la cama en que dormía, había muerto un enfermo del cólera. Inmediatamente se le presentaron los síntomas de esa enfermedad, y el hombre murió. Lo cierto fue que no se había contagiado del cólera por contacto material, porque ningún enfermo del cólera había estado en esa cama.”

Eddy discierne que “la enfermedad, lo mismo que otras condiciones mentales, proviene por asociación de pensamientos, evocando el temor que crea la imagen de la enfermedad y su consiguiente manifestación en el cuerpo”.

La prevención para mantener la salud, no solo es recurrir a medios de higiene y seguridad pública, sino también es esencial qué clase de pensamientos la están acompañando.

A medida que pueda demostrarse mayor dominio, no dejándose llevar por el caos o pánico, mayores posibilidades hay de estar sanos e inmunes a las epidemias.

A medida que disminuya el temor al contagio, puede evidenciarse que la salud originada por los buenos pensamientos y el amor es contagiosa y transmisible de uno a otro y aún expandirse.

La oración que surge del corazón sincero, de la unidad y vínculo con el Divino, es también una herramienta útil en estos casos.

¿Qué hacer cuando estamos en un ambiente oscuro?

¡Encender la luz! Del mismo modo aportamos inspiración y esperanza de salvación para iluminar a nuestro mundo.

El aislamiento e inmunidad consiste también en no dejarse contagiar por la información alarmista que genera temor y caos.

Hoy es el Zika y el Dengue, mañana tal vez otro aparente enemigo.

Podemos cooperar no solo con las reglas de higiene previstas como ciudadanos comunes, sino también esterilizarnos del temor e inmunizarnos ante el riesgo al contagio, al vencer a un enemigo al acecho: el miedo.

Protegerse de esta manera significa no aceptar el riesgo de contagiarse de la enfermedad y no tener que sufrir sus consecuencias.

Una buena manera de defenderse y estar a salvo, se encuentra en el interior de cada uno.

Esta actitud aporta tranquilidad y confianza en uno mismo y en los demás.

 

 

 

Elizabeth escribe acerca de la salud y el bienestar desde una perspectiva espiritual, y es Comité de Publicación de la Ciencia Cristiana en Argentina.

Twitter: @elisantangelo1     -     Argentina@compub.org

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