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Plan B

Otra entrega de la saga sobre el maestro Vladimir Ilich Tao Tse Tung. Avanza la construcción de la balsa de Vito Nebbia. Pero algo obliga a buscar una alternativa 
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“Buscá una mano amiga, madurá tu paciencia, 
alimentá tu fuerza, de qué sirve que te anules"
Vito Nebbia

¿Es cierto que vendrán tiempos mejores? ¿Es real que la esperanza es lo último que se pierde? ¿Todo llega o tenemos que salir a buscarlo?

Equilibrio. Entre la fe y la sabiduría. La teoría y la experiencia. Uno con el mundo y el mundo con uno.

¿Qué hubiera sido de Vladimir Ilich Tao Tse Tung (*) de haber vivido en este tiempo, con internet, Facebook, Twitter, Instagram, Tínder y la mar en coche? 

Las posturas están divididas: hay quienes dicen que hubiera sido un adicto, permanentemente conectado con su smartphone Huawei (no hay que olvidar que tenía mitad de sangre china), y quizás hasta con cierto éxito en las redes sociales, lo cual le alcanzaría para sostener el ego en alto y llevar una vida activa y a la vez tranquila, salvo por el ruidito de cada mención, al que no podría dejar de atender. ¿Una existencia algo frívola quizás? 

Y están quienes suponen que no, que hubiera ido a contramano, a riesgo de chocar de frente.

Pero le tocó otro tiempo. 

Estaba bravo en serio en aquella Roma de entreguerras. Cada vez más camisas negras, cada vez más cercanía entre el dictador sin pelo y el dictador con bigote.

Vladimir,  el matemático judio italiano Beppo Trevi, el músico Vito Nebbia (*) y el indescifrable Juan Mirón, tenían un solo plan: irse de allí.

Bah, Juan Mirón más o menos. Estaba perdido por las gelaterías de Roma. Y no estaba dispuesto a dejar el deseo insatisfecho. Así que al menos una vez por día subía la barranca, salía del Club Di Pesca Guglielmo Tell, pasaba al otro lado del muro y se internaba en la ciudad que le daba la espalda a lo más lindo que tenía: el río.

Juan Mirón desarrolló un don, casi un súper poder: era invisible para los camisas negra y los camisas negra eran invisibles para él. Lo que más le gustaba era el súper sambayón de una gelatería que tenía nombre de tía judía pero se lo cambiaron para ahorrarse problemas.

Pero bueno. Mirón aportaba mucho, con su habilidad manual y sus oportunos silencios, para el plan que había traído Vito Nebbia.

El plan lo discutieron una noche de junio cuando salía la primera estrella, en el muelle, de cara al Tévere, el río marrón que bordea Roma. Vito pidió disciplina, voluntad, ideas, compromiso. Y rebeldía, pero no hacia el grupo, sino del grupo hacia el universo. Hacia ese universo (Dicen que años después Vladimir Ilich Tao Tse Tung se lo contó a César Luis Menotti y que el Flaco habló alguna vez de esto a sus jugadores antes de un Mundial y que éstos lo miraban boquiabiertos).

Lo primero fue conseguir la madera. Beppo hizo cálculos: veinte troncos, dieciséis palos, las tablas depende el tamaño. Empezaron desarmando el muelle del Club Bajada Spagna, vecino al Guglielmo Tell y abandonado a su suerte. No fue complicado.

Mirón manejaba bien las herramientas. Clavaba, agujereaba, atornillaba, lijaba, barnizaba. Completo, el tipo. Beppo contaba los barcos que pasaban, los horarios; trataba de establecer un patrón. Vladimir empezó a jugar con los mapas. Pensó hasta dónde quería llegar. Vito daba órdenes.

En unos días la balsa estuvo lista.  

Beppo pidió paciencia para terminar la observación. 

Vladimir se sentó en canastita, con la espalda recta y erguida, los brazos en semicírculo por afuera del tronco, el torso de las manos sobre el pubis y las palmas juntas hacia arriba. La mirada en la isla La Invernatta.

Vitto Nebbia agarró papel y lapiz: "Partiré hacia la locura", escribió, y le gustó la frase.

Juan Mirón dijo que no había problemas. Se lavó las manos después de tanto trabajar la madera, saludó a todos, subió la escalera, salió del club, cruzó la puertita del paredón que da a Vía Spagna, caminó, caminó, caminó, llegó a Vía Venetto.

Juan pensó en alguna gelatería que no conociera y pedir un cuarto. Pero estaba todo cerrado. Roma ya no parecía la capitale nazionale del helado artesanal. No vio a los camisas negras -por eso del súper poder- pero sí que la cosa estaba jodida. Volvió al club di pesca Guglielmo Tell con la idea de que había que apurar el escape por agua.

Beppo dijo que necesitaba un poco más de tiempo.

Vladimir, aún sentado frente al río, asintió con la cabeza. Y volvió a clavar la mirada en la isla. 

Juan fue al freezer, a ver si quedaba algo del último kilo que había traído. 

Vito agarró la guitarra y empezó a cantar: "Yo sé que no voy a morir por ahora.…

Una sirena grave y estridente tapó la voz de Vito. Un barco gigante irrumpió frente al muelle del club Gugielmo Tell. El más grande que hubieran no visto: imaginado. Como una aparición.

Vladimir, aún sentado en canastita, redondeó los ojos hacia la nunca y estiró cuello y cabeza hacia arriba y hacia atrás. Beppo dejó los calculos. Esto rompía todas las ecuaciones. Juan estaba en otra: encontró helado. Vito soltó la guitarra.

No lo podían creer. Era una especie de ciudad flotante. Llena de ventanitas. De balcones. Con varios pisos. Y una cubierta enorme desde donde un montón de gente en bermudas y con gorritos los saludaba. 

Vladimir se paró, levantó la mano derecha para devolver los saludos porque no le gustaba quedar como maleducado y masculló: "Y nosotros con nuestra balsita". 

Beppo, también perplejo, empezó a calcular las medidas del barco y cuánta gente podía llevar adentro. 

Juan Mirón estaba con el helado. 

Vitto Nebbia se asomó al muelle y siguió el paso de la ciudad flotante con la mirada.

El barco ancló no mucho más adelante, en medio del río, a la altura de la estación Fluviale de Roma, y enseguida lo abordó una lancha de Prefettura. Pronto tiraron al agua unos botes que empezaron a llevar gente desde la ciudad flotante hasta el muelle de la Fluviale. 

Beppo se sintió rendido. Hizo un bollito con sus cálculos y dijo resignado: imposible salir en la balsa con este panorama. 

Vladimir asintió otra vez en silencio y volvió a sentarse en canastita.

Juan Mirón preguntó si alguien quería un poco, que se estaba por terminar el helado.

Vito Nebbia se masajeó el bigote con el índice y el pulgar de la mano izquierda. Giró una vez más la mirada hacia la ciudad flotante. Su cabeza estaba en pleno trabajo. Al rato, liberó el pensamiento: tranca, muchachos. La montaña vino a Mahoma. 

Vito fue a cambiarse de ropa. Nacía un nuevo plan y estaba como eufórico. Mientras se abrochaba una camisa floreada, cantó como en lenguas: "Dubidá, dubidá daviduvidavi. Lai, lari lari, Lai, Lari lari. Nairairairairairairai, nairairairai, nairairiré, di, da, di, duviduvá, daivaidiré".

Grande, Vito.     

 

(*)Vladimir Ilich Tao Tse Tung es el maestro taoísta leninista que inspira esta columna y a miles de personas en todo el mundo.
(*) Vito Nebbia es un músico que hizo carrera. Es considerado el padre del rock nacional italiano

 

 

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