Lo más importante

Los paredones y Menotti

Otra entrega de la saga sobre el maestro taoísta leninista Vladimir Ilich Tao Tse Tung. Todos los caminos conducen a Roma
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Tengo la camisa negra

y debajo tengo el difunto

(Juanes)

 

¿Qué es lo contrario a estar en el lugar indicado en el momento justo? ¿Qué es más fuerte, la magia o el devenir de la historia? ¿Existe el destino? ¿Se puede torcer?

Cuestra creer en las líneas rectas. ¿Existe la vida sin pliegues? ¿Sin curvas y contracurvas? Ya lo dijo el filósofo antibilardista César Luis Menotti: cuando voy, es porque vengo

Menotti fue muy amigo de Vladimir Ilich Tao Tse Tung, el maestro taoísta leninista que inspira esta columna y a miles de personas en todo el mundo. Es más, hay quienes dicen que Don César era en realidad una especie de apóstol suyo y que las enseñanzas del maestro ruso chino le dieron el método con el que llegó a ganar una Copa del Mundo como director técnico de una selección de un lejano país latinoamericano que, justo en esa época, era gobernado por un dictador con bigote.

Tao Tse Tung y Menotti compartían larguísimas charlas, pero nunca en lugares públicos. La revista deportiva El Trágico llegó a hablar del tema en una nota que tituló: "Quién es el asesor secreto del Flaco". De acuerdo a ese artículo, se conocieron en una ciudad remota y misteriosa, donde el fútbol parece cosa de vida o muerte. Algo que angustiaba por igual a Vladimir y César, aunque un día casi se matan porque uno era hincha de un equipo y otro de su clásico rival.

Es fácil irse por las ramas cuando se habla de un tipo como Vladimir, para muchos un hombre árbol. Pero todo eso (lo de Menotti y el apasionamiento futbolero) fue mucho después. Porque dictadores hay en todas las épocas. E incluso pueden no tener bigotes. O pelo. O humanidad.

Estaba deshumanizada Roma. Vladimir lo notó a poco de bajarse con Juan Mirón del tren al que se habian subido en París sin saber adónde iba. Si la idea era escapar de la violencia que azotaba Europa habían llegado al lugar equivocado.

Apenas se internó en la ciudad vio que no era bienvenido: lo miraban de arriba a abajo. Grupos de muchachones con camisas negras estaban apostados en cada esquina y parecían ser los dueños de las calles. Todo muy parecido a esa Berlín de la que se había ido con dolor y miedo.

Le costó pensar en positivo a Vladimir. Se sintió en peligro. Juan Mirón tuvo una idea rápida: vayamos a la costanera. "Roma es una ciudad que vive de espaldas al río", recordó que le contó alguien.

Caminaron por el laberinto de Roma. Buscaron las callecitas, las más estrechas, guiados por el instinto de supervivencia. Y en un momento se toparon con un paredón que impedía el paso. 

Pero lo bordearon y encontraron una puerta. Era a la altura de Vía Spagna. La abrieron. Y fue increible. Entre las filas de silos y galpones, había un hueco verde. Disimulado entre los árboles, estaba el acceso a una escalera de madera. La bajaron. Un hombre solo estaba en el muelle. Pescaba con absoluta tranquilidad. Tenía los ojos clavados en el río Tévere, que corría sin pausa.

Estaba ahí, como si no fuera Roma, como si no existiesen los camisas negras. Como si fuera otro tiempo. Una fantasía que en algún momento va a terminar, y por eso hay que disfrutarla.

Se acercaron y se presentaron. Somos Vladimir y Juan Mirón, encantados. Beppo, mi nombre es Beppo. ¿Qué hacen en Roma?

No, no se podía estar en Roma. Vladimir, Juan MIrón y Beppo, que era italiano y judío, lo sabían. Pero tampoco iba a ser fácil salir. 

El casi abandonado Club di Pesca Guglielmo Tell no era lujoso. Pero estaba más que bien para quedarse.

Los primeros días pasaron con pesca, charlas, los libros de matemática de Beppo. Y un juego que el anfitrión disfrutaba más que nada: il metegole. 

Beppo calculaba trayectorias, velocidades y no había forma de ganarle. Incuso permitía al rival hacer molinete. Pero era defintivamente un campeón imbatible. Vladimir estaba envenenado. E insistía, e insistía, e insistía. 

Por las noches todo eso quedaba en el olvido y los tres buscaban, con planos que Beppo dibujaba con precisión y exploraciones, el hueco por el cual salir de esa ciudad que no estaba justamente abierta.
Lo que encontraban cuando miraban o pasaban del otro lado de paredón no era alentador: cada vez más camisas negras.

En la nota de la revista deportiva El Trágico se menciona el relato de Vladimir sobre sus dias en Roma como parte de las enseñanzas que absorbió César Luis Menotti, que no en vano dijo alguna vez, sobre el furor del catenaccio: "Los italianos no es que defiendan bien, es que defienden con muchos".

Es que por suerte estaba el Tévere, el río marrón de Roma, la ciudad que le daba la espalda. Y no hay defensa que no pueda ser filtrada. 

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