En el fútbol hay diferentes modelos de gestión. Dirigentes que asumen todos los roles principales salvo el de salir a la cancha, sistemas con mánagers o directores deportivos, entrenadores con manejos varios fiscalizados por mesas directivas... Son formas distintas de conducción que deberían -¡deberían!- respetar una regla que tendría que estar marcada a fuego en los estatutos: no entregarle las llaves del club a nadie por más exitoso que sea.

“Entregar las llaves del club es una expresión metafórica que significa otorgar poder total, autoridad o responsabilidad máxima a una persona (generalmente un entrenador o jugador estrella) en la gestión deportiva”, dice la inteligencia artificial. Y en este punto se equivoca poco y nada. Pero entregar las llaves del club deja de ser una expresión metafórica cuando pasa a la acción.

El ejemplo más concreto y familiar para el fútbol argentino es Marcelo Gallardo en su segunda etapa como entrenador de River.

La experiencia no salió bien, River gastó cantidades industriales de dinero y el entrenador más ganador de la historia millonaria tuvo que irse después de hilvanar casi dos años de frustraciones.

El poder económico de la entidad de Núñez permitió disimular el cimbronazo financiero y el club apenas necesitó, y necesita, una reconstrucción futbolística que Chacho Coudet intenta encabezar.

Cualquier otro club de menor estructura ya estaría fundido y padeciendo una caída deportiva vertiginosa. River tiene el privilegio de ser poderoso y pudo manejar el desmanejo antes de naufragar.

Pero entregar las llaves del club es un pecado carísimo para la mayoría de las instituciones. No hay buenos ejemplos de ese modelo de gestión. Los excesos brotan como yuyos en esos esquemas.

En el fútbol muchas veces se confunden las funciones y se cree, por ejemplo, que un buen entrenador puede manejar los destinos de una institución, cuando en realidad esa es una obligación de los dirigentes que fueron votados por los socios.

Entregar las llaves del club es un pecado carísimo para la mayoría de las instituciones; no hay buenos ejemplos de ese modelo de gestión

Otras veces pasa que extraordinarios futbolistas terminan siendo pésimos dirigentes. O malos entrenadores.
Un buen director técnico no necesariamente tiene habilidades para manejar los destinos deportivos de una institución. Generalmente su autoridad se circunscribe a los límites del campo de juego.

Gallardo es un ejemplo de lo que no debe pasar. Sobre todo porque River tiene con qué disimularlo. La mayoría no podría soportarlo.

Hay que tener mucho cuidado a la hora de tomar ese tipo de decisiones. Los entrenadores pueden, quizás deben, sugerir nombres para mejorar un plantel, pero la decisión final le corresponde a la comisión directiva, que para eso fue votada.

“Los jugadores mejoraron, el mercado de pases nos da la posibilidad de seguir jerarquizando el plantel y debemos ser aprendices y no cometer viejos cercanos errores en la conformación, debemos ser audaces y prácticos, además de prolijos, para la reorganización que creo que tenemos que hacer”.

El diagnóstico de Kudelka para el futuro inmediato de Newell’s es el correcto. La gestión y el control lo tiene que asumir la mesa directiva.

Es cierto que no hay margen de error, pero el más grande de los errores sería entregar las llaves del club.