Hay aprendizajes escolares que aparecen en los cuadernos, en una evaluación o en una exposición oral. Y hay otros que se construyen mientras los estudiantes esperan. Esperan su turno para hablar, que un compañero termine, que una planta crezca, que llegue el resultado de un experimento o que un problema difícil finalmente encuentre una solución.
La capacidad de esperar no es solamente una cuestión de conducta. También forma parte de aprender.
En una época en la que muchas respuestas llegan de manera inmediata, la escuela conserva algo que no puede acelerarse: hay conocimientos que necesitan tiempo, práctica y varios intentos antes de ser comprendidos.
Esperar no significa quedarse quieto
La paciencia suele asociarse con “aguantar” o simplemente esperar sin hacer nada. En el contexto escolar, sin embargo, puede implicar una actividad mucho más compleja: sostener la atención y una meta aunque el resultado no sea inmediato.
Un estudiante que intenta resolver un problema de matemática y vuelve sobre el procedimiento después de equivocarse está ejercitando algo diferente de la simple espera. Lo mismo ocurre cuando escribe un texto, recibe una devolución y tiene que revisarlo; cuando practica una lectura hasta lograr mayor fluidez; o cuando participa de un proyecto que necesita varios días o semanas para llegar a un resultado.
En estos casos, esperar forma parte del proceso.
El aprendizaje no siempre responde al ritmo que queremos
Una de las particularidades de la escuela es que no todos los aprendizajes aparecen al mismo tiempo ni de la misma manera.
Hay estudiantes que comprenden rápidamente una explicación y otros que necesitan más ejemplos. Algunos pueden resolver una actividad después de un primer intento y otros necesitan equivocarse varias veces antes de encontrar el procedimiento.
Dar lugar a esos tiempos no significa bajar las expectativas. Significa reconocer que aprender requiere procesos diferentes y que la rapidez no siempre es una medida de cuánto se aprendió.
Por eso, una propuesta educativa también puede enseñar a convivir con la dificultad: volver a intentar, revisar una respuesta, esperar una devolución o continuar trabajando cuando todavía no se ve el resultado.
La espera también aparece en lo cotidiano
No hace falta diseñar una actividad especial para trabajar la paciencia. La vida escolar está llena de situaciones que la ponen en juego.
Esperar para participar de una conversación, respetar el turno de otro, hacer una fila, escuchar una explicación antes de responder o esperar que un compañero termine una tarea son pequeñas experiencias que requieren frenar una acción inmediata para sostener una regla o un objetivo compartido.
Lo mismo ocurre en actividades más prolongadas. Una huerta escolar obliga a esperar el crecimiento de una planta. Un experimento necesita tiempo para mostrar un resultado. Una obra teatral requiere ensayos antes de llegar a la presentación. Un proyecto grupal demanda acuerdos y revisiones antes de convertirse en un producto terminado.
En todos esos casos, el tiempo deja de ser un obstáculo y pasa a formar parte de la experiencia educativa.
Qué puede hacer la escuela
Enseñar a esperar no consiste en pedirles a los estudiantes que sean pacientes todo el tiempo. También implica construir situaciones en las que esperar tenga sentido.
Algunas estrategias sencillas pueden ser:
- plantear actividades que requieran más de un intento;
- evitar anticipar inmediatamente la respuesta ante una dificultad;
- dar tiempo para pensar antes de pedir una respuesta;
- permitir que los estudiantes revisen y mejoren sus producciones;
- proponer proyectos cuyo resultado no sea inmediato;
- trabajar con actividades en las que sea necesario respetar turnos y acuerdos;
- valorar el proceso además del resultado final.
También puede ser útil que el docente haga explícito qué está ocurriendo: “Todavía no salió, probemos otra manera” o “Necesitamos esperar para ver qué sucede”. Poner palabras al proceso ayuda a que los estudiantes comprendan que no obtener un resultado inmediato no significa necesariamente que algo esté saliendo mal.
Una habilidad que también se construye
La paciencia no aparece de un día para otro ni puede enseñarse simplemente diciendo “tené paciencia”. Se desarrolla a través de experiencias repetidas en las que los chicos tienen oportunidades de esperar, intentarlo nuevamente, tolerar cierta frustración y comprobar que el esfuerzo puede producir resultados aunque no sean inmediatos.
En la escuela, esas experiencias forman parte de algo más amplio: aprender a sostener una tarea, escuchar a otros, regular una respuesta, aceptar que no todo ocurre cuando uno quiere y continuar frente a una dificultad.
Esperar, entonces, no siempre es estar a la espera de que algo suceda. A veces es una parte activa del aprendizaje.