Concentrarse durante una explicación, leer varias páginas de un texto o sostener el esfuerzo frente a un problema difícil puede resultar cada vez más desafiante en un entorno atravesado por estímulos constantes.
Una notificación, un mensaje, una pestaña abierta o la posibilidad de cambiar de actividad en cuestión de segundos pueden interrumpir la tarea. Pero pensar la atención solamente como una característica individual —“presta atención” o “se distrae”— deja afuera una parte importante del problema.
La capacidad de dirigir y sostener la atención también puede desarrollarse y enseñarse.
No toda distracción digital es igual
El debate sobre tecnología y educación suele quedar atrapado entre dos posiciones: considerar que los dispositivos son una solución para mejorar los aprendizajes o asumir que necesariamente los perjudican.
La realidad es bastante más compleja.
Las herramientas digitales pueden facilitar el acceso a información, permitir nuevas formas de interacción y enriquecer determinadas experiencias educativas. El problema aparece cuando el dispositivo deja de estar al servicio de una actividad y comienza a competir con ella.
Un estudiante puede utilizar una computadora para investigar un concepto y, al mismo tiempo, recibir mensajes, cambiar de pestaña o consultar contenidos que no tienen relación con la tarea.
Por eso, más que preguntarse simplemente “¿pantallas sí o no?”, resulta más útil preguntarse “¿qué estamos haciendo con la atención mientras utilizamos una pantalla?”
La multitarea tiene un costo
Una de las ideas más extendidas entre los estudiantes es que pueden hacer varias cosas simultáneamente: estudiar mientras responden mensajes, escuchar una explicación mientras revisan el teléfono o realizar una tarea mientras mantienen abiertas distintas aplicaciones.
Sin embargo, muchas veces no se trata de hacer varias actividades cognitivamente complejas al mismo tiempo, sino de cambiar rápidamente el foco de atención.
Cada interrupción obliga a recuperar el objetivo de la tarea y reconstruir el contexto necesario para continuar. Cuando esos cambios se repiten, pueden dificultar la comprensión y aumentar el tiempo necesario para completar una actividad.
Por eso, enseñar a concentrarse también implica ayudar a los estudiantes a reconocer cuándo una tarea requiere atención sostenida y qué condiciones favorecen ese tipo de trabajo.
La escuela puede enseñar estrategias de atención
La atención no debería convertirse simplemente en una exigencia: “concéntrate más”. Los estudiantes necesitan herramientas concretas.
Algunas pueden ser muy sencillas:
- Definir un objetivo antes de comenzar. Saber exactamente qué se espera lograr ayuda a evitar que la tarea se vuelva difusa.
- Trabajar durante períodos acotados. Dividir una actividad extensa en momentos de concentración puede hacer que resulte más abordable.
- Reducir interrupciones innecesarias. Cuando una actividad requiere concentración profunda, limitar notificaciones y estímulos externos puede favorecer el trabajo.
- Alternar momentos de esfuerzo y pausas. Una pausa breve no significa necesariamente perder tiempo: puede ayudar a recuperar la atención antes de continuar.
- Hacer visible el progreso. Marcar qué parte de una tarea ya fue realizada y cuál falta puede ayudar a sostener el objetivo.
- Reflexionar sobre las distracciones. Preguntar qué interrumpió la concentración y qué podría modificarse la próxima vez convierte la distracción en una oportunidad para desarrollar autorregulación.
El diseño de la clase también importa
La responsabilidad por la atención no puede recaer exclusivamente sobre el estudiante.
Las características de las actividades, el ambiente del aula y la manera en que se presentan las consignas también pueden facilitar o dificultar la concentración.
Una consigna demasiado extensa o ambigua puede aumentar la carga cognitiva. Una actividad sin un objetivo claro puede hacer más difícil sostener el esfuerzo. Del mismo modo, una clase que alterna diferentes tipos de participación puede resultar más adecuada que una propuesta basada exclusivamente en escuchar durante períodos prolongados.
Esto no significa que todas las clases deban ser breves, entretenidas o permanentemente cambiantes. Aprender también requiere sostener el esfuerzo cuando una tarea no resulta inmediatamente atractiva.
Y justamente ahí aparece una dimensión educativa fundamental: ayudar a los estudiantes a construir la capacidad de permanecer en una actividad incluso cuando la recompensa no es instantánea.
El objetivo no es eliminar todas las distracciones
Enseñar atención no significa construir un entorno completamente aislado de estímulos.
En la vida cotidiana, los estudiantes van a encontrarse con mensajes, redes sociales, publicidad, videojuegos y múltiples fuentes de información compitiendo por su atención.
Por eso, el objetivo educativo no debería ser crear personas que nunca se distraigan, algo poco realista, sino desarrollar la capacidad de detectar una distracción, recuperar el foco y decidir conscientemente dónde dirigir la atención.
Esta capacidad está estrechamente relacionada con la autorregulación y con la autonomía que los estudiantes necesitan dentro y fuera de la escuela.
Aprender a administrar la propia atención
La educación digital plantea así un desafío que va más allá del manejo técnico de dispositivos.
Saber utilizar una computadora, una tablet o un teléfono implica también comprender cómo esas herramientas afectan nuestra manera de trabajar, informarnos y relacionarnos con otras personas.
Los datos de PISA y de otros estudios internacionales muestran que la distracción vinculada con dispositivos digitales es una realidad presente en las aulas de distintos países. La respuesta, sin embargo, no pasa necesariamente por prohibir la tecnología, sino por construir criterios para utilizarla de manera intencional.
Enseñar a concentrarse puede ser, en definitiva, una de las formas más concretas de preparar a los estudiantes para desenvolverse en un entorno donde la atención se convirtió en un recurso cada vez más disputado.