Están en el aula, pero no están
Durante años, el foco estuvo puesto en la deserción: cuántos estudiantes dejan la escuela antes de graduarse. Sin embargo, especialistas advierten sobre un problema igual de grave y menos visible: el “abandono silencioso”.
Son adolescentes que cumplen con la asistencia mínima, entregan trabajos a medias y transitan la escolaridad con bajo compromiso. No interrumpen su trayectoria, pero tampoco construyen aprendizajes sólidos. La escuela los retiene físicamente, pero no logra involucrarlos.
El dato es contundente: en las evaluaciones nacionales, una proporción significativa de estudiantes de secundaria no alcanza niveles básicos de desempeño en Lengua y Matemática. El problema no es solo de permanencia, sino de sentido.
¿Qué está fallando?
No hay una única causa, pero sí factores que se repiten.
1. Currículas extensas y poco conectadas con la realidad.
Muchos estudiantes no logran vincular los contenidos con su vida cotidiana o con proyectos futuros. La pregunta “¿para qué me sirve esto?” aparece cada vez más temprano.
2. Evaluación centrada en la nota y no en el proceso.
Cuando el error se penaliza y no se usa para aprender, el alumno se retira emocionalmente antes de hacerlo administrativamente.
3. Fatiga institucional.
Equipos docentes sobrecargados, escaso acompañamiento personalizado y poca articulación entre materias generan trayectorias fragmentadas.
4. Entornos digitales omnipresentes.
La escuela compite con un ecosistema de estímulos inmediatos. Si no logra captar interés, pierde atención.
El riesgo de naturalizar la apatía
Lo más preocupante es que el bajo compromiso empieza a verse como algo “normal” en la adolescencia. Pero la apatía sostenida tiene consecuencias concretas: menor comprensión lectora, dificultades para sostener estudios superiores y menor inserción laboral calificada.
El abandono silencioso es una antesala de la desigualdad futura. Porque quien no aprende hoy, tiene menos herramientas mañana.
¿Qué podría cambiar el escenario?
Las experiencias que muestran mejores resultados comparten algunos rasgos:
- Proyectos interdisciplinarios con problemas reales.
- Cuando los contenidos dialogan entre sí y se vinculan con desafíos concretos, el interés aumenta.
- Tutorías y seguimiento personalizado.
- La figura del adulto referente es clave para detectar desconexión temprana.
- Evaluaciones formativas.
- Más devoluciones cualitativas y menos exámenes acumulativos.
- Participación estudiantil.
- Espacios donde los adolescentes puedan opinar, proponer y sentirse parte de la institución.
- Orientación vocacional desde etapas tempranas.
- No como trámite final, sino como construcción progresiva de proyecto personal.
La secundaria que viene
El desafío no es solo evitar que los jóvenes abandonen la escuela. Es lograr que permanezcan aprendiendo.
Retener sin transformar no alcanza. Sostener la matrícula sin revisar prácticas es apenas un parche estadístico. La pregunta de fondo es incómoda pero necesaria: ¿la secundaria está diseñada para los adolescentes de hoy o para los de hace treinta años?
Reconocer el abandono silencioso es el primer paso. El siguiente es más complejo: rediseñar experiencias escolares que vuelvan a tener sentido. Porque un estudiante motivado no necesita ser retenido; necesita ser convocado.