Sin encuentro no hay alfabetización”, sostienen voluntarias y voluntarios que integran Alfabetización Santa Fe, asociación civil que nació para dar continuidad al “Yo sí puedo”, un programa educativo gestado en Cuba, que en 2003 comenzó a implementarse en Argentina (incluida la provincia de Santa Fe) y permitió que miles de personas aprendieran a leer y a escribir. En 2011, tras la retirada del equipo cubano, tomaron la posta y hoy siguen con su tarea alfabetizadora.
El comienzo
Las primeras actividades fueron en 2011, cuando empezaron a trabajar en algunas organizaciones de barrio, como merenderos, con el Programa de alfabetización Yo sí puedo, a través de la Red Continental de Solidaridad con Cuba.
En los barrios, los inicios fueron en Santa Lucía. Allí hicieron un relevamiento casa por casa, junto con la Universidad Nacional de Rosario. En 18 manzanas donde vivían 450 familias, encontraron 84 personas que no sabían leer ni escribir. El 60% eran mujeres.
En 2013, ingresaron a trabajar en la cárcel. En la Unidad 6, que en aquel momento funcionaba como alcaidía y albergaba a 324 internos.
“Entré por primera vez con el pedagogo cubano, Ángel Raimundo, que era delegado del programa Yo sí puedo, en Rosario”, cuenta a Rosario3, Guillermo Cabruja, coordinador en Rosario de Alfabetización Santa Fe. “Ingresamos de la mano de los evangélicos que estaban en el pabellón 9. Era 23 de diciembre y hacía mucho calor. Los internos no tenían agua y yo temblaba como una hoja”.
El Programa Yo sí Puedo se hacía a través de CDs, por lo cual necesitaban un equipo con televisor para reproducirlos. Mostraron cómo era el programa y los internos se engancharon. Así que trabajaron todo el verano y a mediados del año siguiente, habían aprendido a leer y a escribir 18 jóvenes privados de su libertad que estaban alojados en ese penal.
Cuando alguien no sabe leer ni escribir, hay muchos otros derechos que no puede ejercer.
“Hicimos una gran fiesta en la unidad y al salir publiqué en mi Facebook que necesitábamos voluntarios para alfabetizar en la cárcel. Precisábamos unas cuatro personas y se anotaron ochenta. Entonces, fui a hablar con el director del Penal y le expliqué que aunque no necesitábamos tantos, yo estaba convencido de que toda esa gente tenía cantidad de saberes. Por eso pensamos hacer talleres de lo que la gente supiera hacer y así nacieron los talleres de cocina, de origami, de matemática, de inglés, de yoga, entre otros; pero siempre ligados a la tarea alfabetizadora. Cada actividad que hacemos tiene que ir acompañada del aprendizaje o la mejora del uso de la lectoescritura”.
El objetivo
“Cuando alguien no sabe leer ni escribir, hay muchos otros derechos que no puede ejercer y es injusto que una persona adulta esté en esa condición. En nuestra región hay miles de personas que no saben leer ni escribir. Eso es lo que nos motiva a enseñar. Creemos que la educación es un derecho humano, un derecho base. Por eso, enseñar a leer y a escribir es un acto de justicia: la restitución de ese derecho”.
En ese sentido, enfocan la tarea de enseñanza no como un trabajo, sino como una obra amorosa que los une y les permite construir comunidad.
En nuestra región hay miles de personas que no saben leer ni escribir. Eso es lo que nos motiva a enseñar.
Las personas voluntarias entienden la alfabetización en un sentido amplio. No solo como lectoescritura, porque cuando se encuentran con una persona vulnerada en su derecho, ambos aprenden el uno del otro. Por eso, remarcan que “sin encuentro no hay alfabetización” y promueven “la cultura del encuentro; la cultura de la comunidad”.
Voluntariado
Integran Alfabetización Santa Fe más de 70 personas voluntarias de origen, pensamiento, profesión y actividad diversos. “El común denominador –señalan– es el sentido de justicia y el sentido solidario que nos lleva a comprometernos con un otro que no sabe leer ni escribir”.
Hay docentes, exdirectoras y exvicedirectoras de escuela y estudiantes; pero también hay voluntarios que no transitaron la academia de la educación. Hay amas de casa, comerciantes, profesionales (médicos, odontólogos). “Somos muy diversos. Tenemos jóvenes de 18 años hasta personas de más de 70. La única condición es que sepan leer y escribir y que tengan ganas de transmitirlo. A partir de eso, nos vamos formando como alfabetizadores, como educadores populares. Hay que interpretar la metodología del encuentro porque eso –insiste Cabruja– es lo que nos hace alfabetizar”.
Trabajan con una cartilla (manual del alfabetizador) y material que utilizan para la tarea, pero hacen hincapié en la relación humana, amorosa, simpática y alegre. “Nadie viene por compromiso: ni nosotros ni la gente; entonces la persona tiene que tener ganas de encontrarse conmigo para que pueda aprender a leer y a escribir”.
Cuando el programa Yo sí puedo dejó de aplicarse y los pedagogos cubanos regresaron a su país, no podían seguir usando ese material porque no tenían los derechos. Entonces, siguieron trabajando con el enfoque del brasileño Paulo Freyre (considerado fundador de la pedagogía crítica) y de otros educadores que parten de la palabra generadora y del encuentro.
Nadie viene por compromiso: ni nosotros ni la gente.
La asociación civil está conformada por un grupo de 20 personas y unas 70 están trabajando activamente en alfabetización, aunque la comunidad en conjunto la integran 165 personas, ya que incluye también, a quienes en algún momento tuvieron vínculo con la asociación.
A quiénes enseñan
“Las personas que no saber leer ni escribir son muy pobres y tienen muchos derechos vulnerados. Algunos viven en condición de calle, con trabajos muy mal pagos”, describe el coordinador y apunta que en 2019, se hizo un relevamiento en la Unidad 6. Había 501 internos y de ese total, el 90% tenía como máximo la escuela primaria. A su vez, de esa cifra el 50% tenía como máximo tercer grado y no sabían leer ni escribir. “Y que hubieran pasado por 4º, 5º, 6º y 7º grado tampoco garantizaba que supieran leer y escribir –aclara– porque tal vez usaban las letras, pero no comprendían lo que escribían”.
“Alfabetizamos en cárceles (en las Unidades 3, Sub 3, 6, 11 y 16). Ahí tenemos distintos talleres y también biblioteca. Yo voy a la Unidad Sub 3 y ahora estamos trabajando con ocho muchachos. Algunos no saben las letras; otros sí tienen herramientas adquiridas. En este último caso, trabajamos a partir de eso que saben”.
También trabajan desde 2021 en la Escuela Primaria Maestro Sergio Del Coro (Solís 191, Barrio Ludueña). Ahí hacen apoyo escolar para niños y niñas que tienen dificultad en los aprendizajes de su grado. Muchos han repetido y la idea es nivelarlos para que puedan continuar con la escuela. “Obvio que la maestra hace la tarea más importante –señalan– y nosotros tratamos de ver qué falta. En esa escuela, hay más de 30 niñas y niños a quienes acompañamos no solo con la lectoescritura, sino también con matemática, inglés o lo que nos pidan”.
En escuela secundaria, están realizando tareas de apoyo escolar en el Colegio Marcelino Champagnat (Rueda 4498) y en el Colegio Soldados Argentinos (San Juan 3652) donde acompañan a adolescentes de distintas edades que tienen problemas con la lectoescritura o necesitan prepararse para alguna prueba escolar. También alfabetizan en la ONG Amanecer, de la ciudad de Pérez.
Además, tienen un local que alquilaron en 2025, en calle Tucumán 5565. Allí desarrollan los talleres. Martes y miércoles, taller literario, alfabetización y apoyo escolar. La labor educativa se acompaña con la merienda de las 17, “un vínculo que tratamos de tener con la comunidad”.
Los lunes a las 19, hay taller de barbería, al que asisten algunos adolescentes junto con el Frente de Liberados Rosario que integran jóvenes con quienes se conocieron en las cárceles. Los miércoles, hay taller de manicuría y los jueves, taller de cumbia cruzada.
También suelen ir a los domicilios a enseñar lectoescritura, en la zona de calle Solís y la vía, aunque la actividad fue suspendida por las balaceras en el barrio. Otro lugar en el que hacen voluntariado es la Biblioteca Popular Juanito Laguna (Calle 1707 7599, barrio Santa Lucía).
Cárcel y analfabetismo
En las unidades carcelarias llevan más de 500 personas alfabetizadas: en especial, jóvenes.
Explican que de todos los ámbitos recorridos, el mayor déficit lo encontraron en las cárceles. “Pero los pibes que están en las cárceles son de nuestros barrios. Entonces, podríamos decir que el mayor déficit de educación está en los barrios, donde la mayoría de los pibes no sabe leer ni escribir”, afirma el coordinador.
Nadie te va a decir espontáneamente que no sabe ni leer ni escribir porque le da vergüenza y sabe que si lo dice, va a ser estigmatizado.
Cuando hicieron el relevamiento en barrio Ludueña, encontraron tantas personas en condición de analfabetismo que decidieron dejar de relevar e ir directamente casa por casa. “Lo que pasa es que es un dato invisible. Nadie te va a decir espontáneamente que no sabe leer ni escribir porque le da vergüenza y sabe que si lo dice, va a ser estigmatizado”.
Cómo los recibe la comunidad
“En las cárceles la relación es fantástica” –cuentan los voluntarios–. La gente nos recibe muy bien porque saben que no cobramos ni un peso por lo que hacemos y que vamos porque tenemos ganas, porque nadie nos obliga a hacerlo. Y te preguntan: «¿Y ustedes por qué vienen acá?» Y yo les digo: “Yo vengo porque te quiero”. Y ahí empezamos a ver las caras desorbitadas. Siempre nos dicen: “Gracias por darnos tanto sin pedir nada a cambio”.
“En las escuelas –dicen– nadie obliga a los chicos a levantarse un sábado a las 9.30 y venir a hacer las tareas con nosotros. Entonces, que vengan, para nosotros es un orgullo”. Además de la tarea escolar, hacen mate cocido, chocolatada, tortas y festejan los cumpleaños. Tienen un odontólogo en el grupo que les enseña a cepillarse los dientes y organizan charlas sobre temas importantes como violencia infantil, el Día de la Memoria, el Día de la Mujer y las nuevas masculinidades, entre otros. “Son temáticas que tomamos para desarrollar la actividad de la lectoescritura”.
Autofinanciamiento y ningún vínculo con el Estado
“No tenemos relación ni con la Municipalidad, ni con la Provincia ni con la Nación” –remarca Cabruja–; lo que existe es un Programa de Alfabetización y acceso a la justicia con el que trabamos en conjunto con las facultades de Derecho, Psicología, Humanidades y RRII de la Universidad Nacional de Rosario".
Hace unos cuatro años que trabajan con ellos. Eso les permite capacitarse en temas como «educación en contextos de violencia» o realizar encuentros de formación para alfabetizadores y educadores populares.
Acá hay un hambre bárbara.
“Nuestro financiamiento –asegura– surge de nosotros mismos y de la comunidad que nos aporta los útiles escolares básicos como cuadernos, lápices y gomas. También pedimos y nos donan ropa, zapatillas, frazadas y leche, porque la gente con la que trabajamos tiene muchas necesidades. Cuando nace un bebé también salimos a pedir. Acá hay un hambre bárbara”.
Festival y encuentro
El viernes 12 de junio, desde las 21, realizarán un Festival de música por la alfabetización y la educación popular. El encuentro será en Refi (Velez Sársfield 641) y ya comprometieron su presencia Jorge Fandermole, Juan Quintero, el Dúo La Perilla y Leonel Capitano.
“Es a beneficio de la organización Alfabetización Santa Fe y la plata que recaudemos se usará para solventar los gastos anuales de abogado, contador y todo lo que requiere el funcionamiento de una asociación, además de los gastos del merendero y el alquiler del local”. Las entradas estarán disponibles en reficomunidad.ar.
El lugar del otro
Hay anécdotas que dicen más que cualquier descripción lineal. Entre las historias que se entremezclan en la charla, cuentan que en uno de los barrios, una persona se enfermó de cáncer y luego de hacer el tratamiento en el hospital, no podía volver a la casa porque no tenía baño, así que le construyeron un baño con cosas que fueron consiguiendo.
A otra mujer que habita una vivienda precaria con piso de tierra, frente a un basural, le construyeron un piso de cemento porque los ratones le invadían la casa. “Hacemos lo que podemos, con lo que vamos consiguiendo o nos donan”.
Un caso especial es el de Isaías, delegado del pastor en el pabellón 9 de la Unidad 6. Fue él quien reunía a los muchachos para aprender a leer y a escribir. “Yo entraba los lunes y él me daba una mano dos días más en la semana con el Programa Yo sí puedo –relata Cabruja–, Isaías decía siempre: “Yo aprendí a ser maestro antes que a ser alumno”. Es que había empezado a cursar primer año de la secundaria en un EEMPA, cuando fue preso.
Estaba emocionada porque había ido a la carnicería y pudo leer la palabra “costeleta” (una palabra larga).
En el barrio Las Delicias, un grupo de cuatro compañeras alfabetizaban a Josefa, una señora de 70 y tantos años, paraguaya, que no sabía leer ni escribir. Ni en guaraní ni en castellano, y quería aprender para poder acompañar a su nieta en la tarea escolar. Iban dos compañeras los miércoles y dos los sábados. Un día, Josefa las esperó con mucha alegría para contarles que estaba muy emocionada porque había ido a la carnicería y pudo leer la palabra “costeleta” (una palabra larga).
“Fue una gran emoción para todos y es una historia que nos marcó. Después empezó a estudiar la hermana y más tarde nos mandaba fotos en la que se la veía ayudándole con la tarea a su nieta. Josefa para nosotros es como un símbolo. Eso es lo que queremos: que una persona pueda recuperar un derecho y disfrutarlo”.
Para qué alfabetizar
“Siempre pensé que lo que Iguala es la educación y cuando descubrí que había tantas personas que no sabían leer y escribir, me di cuenta que era por ahí –dice convencido–. En Rosario, siempre se discutía cuántos gendarmes hacían falta para que viviéramos en paz, y creo que la verdadera discusión es cuánta educación y cuántos maestros necesitamos. Porque no puede ser que unos tengan tanto y otros ni siquiera sepan leer".
“Las cárceles están llenas de muchachos de nuestros barrios. Son todos pobres y faltos de conocimiento de la lectoescritura. Eso nos muestra claramente la relación directa entre educación y delito, entre saberes e inseguridad”.