Hay fechas que invitan a mirar. El 31 de marzo, Día de la Visibilidad Trans, es una de esas. Pero la pregunta, en todo caso, es qué se mira cuando se mira. Este informe especial de El Tres reúne cuatro historias de la región. No buscan representar a todas las personas trans, ni ordenar una experiencia que es diversa por definición. Pero en cada una aparece algo que se repite: la comunidad, los lazos, las redes que sostienen cuando lo demás falta o no alcanza.
Eva de VGG
Eva, Tomás, Patricia y Sana tienen edades, recorridos y realidades muy distintas. Sin embargo, en sus historias hay puntos de encuentro. Formas de hacerse lugar. De construir identidad en diálogo con otros. De seguir.
Eva (36) vive en Villa Gobernador Gálvez. Cuando llegamos, nos recibe con facturas sobre la mesa, algo tímida, con una sonrisa que aparece de a poco. Está nerviosa, pero también contenta de poder contar su historia: “Yo siempre me sentí así, mujer”, son las primeras palabras que salen de su boca a la hora de describir “quién es”.
Creció en una casa junto a sus nueve hermanos, los padres, la abuela y algunos animales: un lugar donde no abundaba el espacio pero sí el amor y el cariño de familia. En la escuela y en el barrio, la historia fue otra. El bullying y el acoso la perseguían a todos lados a donde iba: “Era el apuntado siempre”. A eso se suma una escoliosis severa que hoy condiciona su vida cotidiana y, sobre todo, el acceso a un trabajo. “Se hace muy difícil”, dice. Y en esa frase entra todo: la discapacidad, la identidad de género, las barreras que siguen estando.
Pero si hay algo que define su historia no es lo que faltó, sino lo que construyó. Hace algunos años, en una de esas situaciones de la vida que parecen encajar perfecto, Eva asumió el cuidado del hijo de su hermana cuando ella no podía hacerlo, y cumplió el sueño que parecía imposible de ser mamá. Hoy es una madre orgullosa de un nene de 11 años. Madre soltera, sí, pero no sola: lo cría acompañada de su familia, sus vínculos y su comunidad.
En su casa, los estereotipos de género no tienen mucho lugar. Su hijo crece en un entorno donde las cosas no están dadas de antemano, donde hay margen para preguntarse y elegir.
La historia de Tomás
Tomás (28) es programador y trabaja desde su casa. Habla rápido, se ríe mucho, salta de una anécdota a otra como si todo estuviera pasando al mismo tiempo. Tiene algo muy cercano, muy de charla larga, de esas que no se sienten como una entrevista.
Hay una escena que podría pensarse como central en su historia, pero él mismo le baja el dramatismo. Con su papá no hubo gran diálogo, de esas que parecen ordenar todo. No porque no importara, sino porque —como dice— no siempre es tan fácil. Su padre se enteró de otra manera. Un día encontró inyecciones en la mesa de luz y ató cabos. “Hubiera estado bueno, sí, pero no todos pueden tener esa charla”.
“Creo que una de las cosas más difíciles fue decirle a los demás lo que ya estaba obligado a mostrarles”, suma. Como si las palabras llegaran tarde. Como si hubiera que explicar algo que ya está expuesto en el cuerpo, en los cambios, en la mirada del otro.
“Yo me fui de la facultad en diciembre con el pelo largo hasta la cintura y cuando tuve que volver en marzo tenía otro nombre, barba y el pelo cortito”, cuenta, y se ríe. En ese verano comprimido hay una transformación evidente, pero también una forma de apropiarse de su propia historia.
Antes de eso, cuando empezó a buscar trabajo, todavía no tenía del todo definido cómo presentarse. Reflexionó sobre cómo los estándares de la estética eran más exigentes y más difíciles para las mujeres. Y cómo, por un momento “fantaseó” con hacer todo ese esfuerzo. Con el tiempo, eso también se volvió una manera de mirar de forma crítica esos mandatos.
Hoy, como varón trans gay, hay nuevos desafíos. En las citas, dice, muchas veces tiene que explicar de más. Anticiparse. Aclarar. Y en ese ejercicio también aparece cierta incomodidad, una distancia que no siempre es fácil de acortar.
A futuro, imagina otra cosa: una empresa propia donde puedan trabajar personas que no siempre encuentran lugar. Generar oportunidades donde muchas veces lo que hay es una puerta cerrada, una mirada sesgada por los estereotipos de género, por ejemplo, entre otros.
Patricia, como su primera maestra
Con Patricia nos encontramos en la Secretaría de Género de la provincia. Ahí se mueve con soltura, con un lenguaje atravesado por años de militancia, de gestión, de haber construido camino con otras tantas personas. Hay algo en su forma de hablar que combina lo político con lo vivido.
Tiene dos hermanas trans, hermanas de sangre, con las que armó una comunidad que sigue siendo central en su vida. Las nombra como sostén, como compañía, como parte de una historia compartida.
En su recorrido también hay pérdidas. Patricia habla de eso sin rodeos, pero con un dolor que se nota, le atraviesa el cuerpo: de la expectativa de vida más corta, de los nombres que ya no están, de las ausencias que se acumulan con el tiempo. Entre ellas, la de Luciano, un varón trans con quien compartió un vínculo muy profundo. “Fue un gran amor”, dice. En esa historia también hubo un proyecto en común, incluso la ilusión de un hijo que no llegó, y al contar la historia, el aire faltó en la habitación.
Hay partes de su vida que prefiere no detallar. Sí dice que, como muchas mujeres trans, atravesó el trabajo sexual en un contexto donde las opciones eran pocas. Lo cuenta desde su experiencia, como algo difícil. Y al mismo tiempo marca una posición clara: no lo piensa como algo que deba ser condenado en todos los casos. Defiende que quienes eligen ejercerlo puedan hacerlo con derechos y en condiciones seguras. Y sin embargo, denuncia que muchas veces las mujeres trans no ingresan en ese mundo por elección sino por necesidad.
Patricia tampoco pudo terminar la escuela en los tiempos esperados. Como a muchas, la expulsión no siempre fue explícita, pero sí constante: miradas, burlas, hostigamiento. Años después, retomó sus estudios en un Eempa y siguió formándose. En ese recorrido también hay una forma de reconstrucción.
Hoy su lugar es otro. Desde el Estado y desde distintos espacios comunitarios, acompaña a otras personas trans en Rosario y la región. Participó en la construcción de espacios de contención, estuvo al frente de un centro de día y sigue involucrada en múltiples iniciativas.
En su historia conviven el dolor, la pérdida y también una decisión: ¿qué hacer con todo eso? Seguir de pie y andar.
Crecer siendo Sana
Sana está por cumplir 15 años. Llega al canal con su mamá después de coordinar agendas que, para su edad, no son tan simples: actividades, encuentros, espacios donde participa. Se sientan juntas y hay algo evidente en cómo se miran: son equipo, son cómplices.
Habla con una claridad que impacta. Tiene una voz suave, pero un discurso firme, seguro, difícil de ignorar. Su historia empieza a tomar forma muy temprano. A los cinco o seis años, en una clase de biología en una escuela católica, vio lo que le enseñaban como “el cuerpo de la mujer y el del hombre”. Algo ahí no le cerró.
Ese día llegó a su casa con una pregunta. Mientras jugaba con su mamá, le dijo que no entendía por qué no existía un cuerpo trans. Y enseguida fue más directa: “¿Por qué Dios me dio un cuerpo de nene si yo soy una nena?”.
La escena siguió. Su mamá, intentando entender, le preguntó si se refería a algo como su tío, que es gay. Sana fue clara: no. “Yo soy una nena”, afirmó con seguridad. Su mamá necesitó unos minutos. Se fue al baño, procesó lo que estaba pasando y volvió con una decisión que marcaría todo lo que vino después: “¿Querés ser una nena? Está bien, yo te acompaño”.
Con su papá el camino fue distinto. Años más tarde, cuando quiso hacer el cambio de DNI, él no estuvo de acuerdo y eso derivó en un proceso judicial que Sana terminó ganando. Hoy el vínculo está reconstruido, pero no fue inmediato.
La primera escuela no fue un lugar seguro. Contar quién era tuvo consecuencias. La violencia dejó marcas, en el alma y en la piel, más explícitamente, una cicatriz que lleva en la frente. El cambio llegó con otra institución, otro entorno, otros vínculos. Ahí pudo decir su nombre, ser reconocida como quien es, hacer amigos, construir una mejor amiga con la que ya comparte años de historia. Ahí, de alguna manera, empezó a florecer.
Eligió llamarse Sana. Y en ese nombre también hay algo de su recorrido. Hoy se expresa, milita, habla en redes, recibe apoyo y también ataques. Y sigue. Sueña con cantar, con ser artista, con ser como Lali. Y también, casi al final de la charla, dice que le gustaría algún día ser periodista.
Cuando imagina el futuro, no todo es liviano. “Me imagino feliz, pero preocupada”, dice. Y enseguida desarrolla el por qué: la expectativa de vida. “No quiero que mi mamá me vea en un ataúd”.
En el Día de la Visibilidad Trans, quizás la visibilidad por sí sola no alcanza. Porque ver no es lo mismo que mirar. Y mirar implica detenerse, escuchar, incomodarse, correrse del lugar propio. Entre lo que se ve y lo que hace falta mirar, estas historias no buscan cerrar nada. Más bien abren. Invitan a mirar distinto.