“Cuando haces cosas extraordinarias, te suceden cosas extraordinarias”. Quién habla es el español David Ruiz, ante un Círculo de Patrones de Yate colmado y en silencio. Está presentando en Rosario su libro, “Irse”, de Elba Editorial. También lo hizo ayer en el Club Remeros Alberdi, de Puccio 150. Hace algunos años, David se lanzó a una aventura extraordinaria: dar la vuelta al mundo en velero, solo. Durante cuatro largos años, realizó la vuelta al globo. Sin tripulación, sin celular, sin asistencia, sin internet. El océano, el silencio, los animales marinos y él mismo, sus únicos compañeros.
Zarpar
Durante mucho tiempo, una frase de Mark Twain colgó en la pared de su estudio: la idea de que, con el tiempo, uno se arrepiente más de lo que no hizo que de lo que hizo. Era también una invitación a soltar amarras y dejarse llevar por los vientos alisios. Sus compañeros de trabajo y luego sus empleados le repetían como una promesa "alguna vez voy a irme". El que terminó yéndose fue él.
Antes de todo eso, su vida parecía ir en otra dirección. Nacido en Barcelona en 1960, fundó en 1993 su estudio de dirección de arte y diseño gráfico, con el que obtuvo más de cien premios internacionales. Le iba bien. Muy bien. Pero en algún punto decidió parar. “Bajarse de la rueda del hámster”, como él mismo dice, correrse de lo establecido y empezar a mirar con otra perspectiva.
“Me encantaba mi trabajo. De hecho, me encanta. Pero en un momento empecé a pensar: ¿esta va a ser mi vida de aquí hasta el final? ¿Trabajar todo el día?”, cuenta Ruiz. Y decidió parar.
“Irse es el resultado de atreverse, de atreverse a romper las rutinas, los miedos, a dejarse llevar por la intuición y a aceptar la incertidumbre, atreverse a dejarlo todo para perderse en la naturaleza y saborear la libertad”, cuenta David a una sala llena.
La tempestad
Thor no se llama así por el dios nórdico. No; su bautismo es un homenaje a Thor Heyerdahl, el explorador que cruzó el Pacífico en la balsa Kon-Tiki. No es sólo un barco. Es un velero oceánico de aluminio, de 14,6 metros de eslora y casi 4 metros de manga —la manga, en términos náuticos, es el ancho máximo de la embarcación—, preparado para navegación de largo alcance. “Es un tanque, pero muy muy rápido”, dice orgulloso su navegante. La construcción, a cargo del astillero francés Alubat, llevó cerca de un año, tiempo durante el cual Ruiz viajó en varias oportunidades para seguir el proceso y ajustar detalles del diseño. Con cinco cruces del Atlántico —tres de ellos en solitario— y una vuelta al mundo completa, el barco no sólo fue un medio de transporte: “Fue un héroe”, según el navegante.
David Ruiz partió desde Barcelona natal, dejó atrás las Islas Canarias y descendió casi hasta Cabo Verde, en la costa africana. Allí se entregó a los vientos alisios, que empujan hacia el oeste y abren el camino del Atlántico. Fueron días interminables, marcados por tempestades impetuosas. Hubo semanas enteras sin quitarse la ropa de lluvia, con el cuerpo húmedo y el cansancio pegado a la piel. Luchó junto a Thor, como ya lo había hecho otras veces. Y así, a pesar de las inclemencias meteorológicas, llegaron finalmente al Caribe, como Colón había llegado a América.
Aprender a mirar
A lo largo de cuatro largos años atravesó océanos, mares y ríos. Sufrió tormentas, verdaderos diluvios y fuertes vientos que azotaban la inmensidad inescrutable del agua. Le pesó la vista, cuando la mirada se perdía sin poder divisar siquiera un puñado de tierra.
Pero también vio algo más: interminables atardeceres con vistas majestuosas, playas de arena virgen que en cientos de años no sintieron la perturbadora mano del hombre, cientos de delfines acompañando su paso y aves enormes posándose en su mástil y su cubierta. Tribus indígenas que lo adoptaron como uno más, y navegantes de otras embarcaciones que, por un instante, fueron sus hermanos.
Y aprendió a mirar. Supo que cada amanecer era distinto, que cada ola tenía una forma y una fuerza nueva. Observó cómo se forman las nubes, vio nacer tifones implacables e inquietantes chubascos qué conversaban entre la inmensidad del cielo y el mar.
Sintió miedo. Mejor dicho, miedos. Varios. A los que tuvo que catalogar para poder enfrentarlos, salir adelante y seguir.
A lo largo de cuatro largos años atravesó océanos, mares y ríos. Sufrió tormentas, verdaderos diluvios y fuertes vientos
En su barco llevó más de 300 libro y los leyó todos. Con ellos aprendió, entre otras cosas, a meditar. Recuerda, incluso, una anécdota en Oceanía: durante varios días, mientras meditaba, sólo podía mirar a un cocodrilo que permanecía en la playa. Primero fue una compañía, pero luego casi se convirtió en una obsesión. “Hasta intenté comunicarme telepáticamente con él. Después me di cuenta de que él también estaba meditando”, dice entre risas.
Los riesgos y los temores
Por allí fue donde peor la pasó. Su barco se averió y empezó a perder confianza en él. Se le rompió el piloto automático y el segundo, el alternativo, tampoco funcionó. Estuvo cerca de naufragar: quedó a apenas diez metros de un acantilado enorme, con un viento de 30 nudos empujándolo hacia allí. Con mucho esfuerzo y paciencia logró escapar de la trampa mortal.
Se replanteó si debía seguir. No sólo dudaba de Thor; también dudaba de sí mismo e incluso de su plan. Se preguntaba si realmente quería y podía dar la vuelta al mundo, completarla.
Esos miedos y esas dudas, sin embargo, también los sorteó: “Después de salir de aquello, me di cuenta de que si no quería avanzar, hacía 400 millas y volvía a tierra firme. Vendía el barco y me volvía en avión. Pero me di cuenta de por qué estaba allí y que iba a seguir. Que quería seguir. El miedo que tenemos es la incertidumbre. Pero, ¿qué es una aventura sin los riesgos?”, cuenta Ruiz.
Siguió adelante. Le esperaban nuevos peligros. Tenía que cruzar el mar Arábigo, una de las zonas más temidas por los navegantes por la presencia de piratas somalíes, como los que retrata la película Capitán Phillips, con Tom Hanks. Estos operan desde barcos nodriza y atacan en pequeñas lanchas rápidas conocidas como skiffs, embarcaciones ligeras con motores fuera de borda utilizadas para abordar buques mayores.
Irse es el resultado de atreverse, de atreverse a romper las rutinas, los miedos, a dejarse llevar por la intuición y a aceptar la incertidumbre
“Tenía miedo, claro. Tenía miedo. Pero al final había escuchado de otros navegantes que, aunque no saliera en los diarios, al tratarse de una vía marítima clave para la economía mundial, potencias como Rusia y China habían desplegado fuerzas para frenar esos ataques. Una agencia de seguridad me ofreció dos mercenarios para que me acompañen con armas automáticas apostados en la proa. Al final me dieron más miedo los mercenarios, subir dos tipos con fusiles al barco y tenerlos a bordo durante 15 días, así que me lancé solo. Finalmente fue uno de los momentos más placenteros del viaje”, cuenta Ruiz.
La sorpresa
Siguió adelante y parecía que el viaje entraba en su recta final. Pero las aventuras siempre guardan una última sorpresa. Intentando atracar en un puerto, le informaron que un virus se había expandido por el mundo y que no estaba autorizado a desembarcar. Fue rebotando de puerto en puerto. Nadie lo quería allí. Cada país al que intentaba ingresar le pedía que abandonara su territorio.
Pasó noches enteras junto a otros veleros en islas deshabitadas del Mar Rojo, donde no había nadie que pudiera echarlos. Incluso llegaron a pensar en quedarse allí y vivir de la caza y la pesca hasta que todo pasara.
Hasta que finalmente fondeó en una bahía del norte de África. No debía bajar a tierra firme, por orden de las autoridades. Pero si había alguien que no tenía covid, era él. Hacía semanas que no tenía contacto cercano con otro humano. Una noche, había tan poca gente en la costa, que bajó a tierra. No sabe muy bien cómo, terminó haciéndose amigo de un grupo de excéntricos millonarios. El mundo estaba detenido, todos encerrados. Pero el universo tenía un plan mejor para David: fiestas, champán y mujeres hermosas. Como una recompensa a todos los obstáculos que le puso en su camino.
El regreso
Antes de zarpar, había un interrogante que le pesaba más que todos. ¿Podía dejar su empresa cinco años, irse y después volver? ¿Iba a seguir siendo bueno en lo que hacía como diseñador? ¿Sus clientes se iban a acordar de él? ¿Iba a tener ganas?
La respuesta fue concluyente: amaba lo que hacía. Durante tres años no pensó ni un segundo en su trabajo. Pero en el último año su cabeza empezó a volver. Durante veinte minutos diarios imaginaba cómo sería su nuevo estudio de diseño: dónde lo iba a poner, con quiénes iba a trabajar, qué clientes iba a buscar.
Finalmente, la travesía terminó. Terminó, en realidad, un poco. Volvió y llevó ese estudio que había imaginado durante un año nuevamente a la realidad.
Hoy vive otra aventura: la de presentar “Irse” por donde va. Y sigue viajando, aunque ya sin Thor. Por ahora. Hasta que la próxima aventura llame a la puerta de su camarote.