La compra de ropa en el exterior existe desde siempre. Primero lo hacían aquellos que podían viajar a otros países -se acostumbraba subir al avión con valijas vacías o sin equipaje para traerse la mayor cantidad posible de prendas- y luego, esa posibilidad de conseguir calidad y talle, a bajo precio, se extendió mediante las plataformas digitales. Tal es así, que el ministro de Economía, Luis Caputo, en una reciente entrevista confesó con total naturalidad que nunca en su vida compró ropa en Argentina porque “es un robo”. Más tarde, en muestra de apoyo, la senadora Patricia Bullrich mostró el traje que se compró por Amazon “a 50 dólares”. Para algunos, el concepto de los funcionarios resultó familiar y para otros, un disparate. Lo cierto es que se abrió un debate interesante que no solo pone sobre la mesa la realidad compleja que atraviesa el sector textil y los costos, sino que invita a reflexionar sobre el consumo como síntoma social.

Vestir “caro” o “barato” depende de muchos factores pero de cualquier manera, es una práctica del ser humano que tiene significado. Carmen Asenjo está detrás de Viva la Moda, una cuenta de Instagram sobre “moda que se usa y se piensa”. En una de sus publicaciones, la rosarina hizo una pregunta: “¿Cuál de las dos es más barata?”. El interrogante estaba acompañado de la imagen repetida de una campera de cuero a la que le puso el precio simbólico de $500 mil pesos. Tras brindar varias pistas, la influencer reveló que si bien ambas costaron igual, lo que determina si pagaste mucho o poco no es el valor, sino el uso que se le da a esa prenda.

Ese análisis estuvo pensado como contracara de la realidad porque con la apertura de las importaciones, la virtualidad, con Tik Tok en el podio, se convirtió en la vidriera del fast fashion (“moda rápida”). Hoy, es viral mostrar las bolsas explotadas de ropa que llegan desde China a la puerta de tu casa, y comparar lo recibido con lo prometido por la web. Una tendencia basada en un modelo de producción masivo y efímero que trae consecuencias inmediatas en el medio ambiente, que se caracteriza por la explotación laboral, y da respuestas rápidas a una sociedad muy marcada por problemas de salud mental, como la ansiedad.

El crítico francés Ronald Barthes (El sistema de la moda, 1967) diría que estos “haul de compras” no son al azar porque la moda es un mecanismo social más, que regula el deseo desde el erotismo al consumismo y pensar en ella es también pensar en el contexto económico y social que se vive. Otro punto de vista que vale la pena recuperar del pasado, es el del filósofo alemán Georg Simmel, quien en 1905 publicó Filosofía de la moda, donde predijo la aceleración del consumo como reflejo de un capitalismo posmoderno generador de inestabilidad social. Cuantas más modas existan y más rápido sean descartadas por otras, más “nervioso” será el funcionamiento de una sociedad.

Pero retomando la frase del ministro, y para desasnar qué ocurre entre el sector productor y el sector consumidor de ropa, Asenjo cree que esa persona que hace una década o más viajaba sin valijas al exterior, “hoy es el arquetipo de argentino que está representado en la frase de Luis Caputo y aunque la forma de decirlo y el modo suene horrible, hay una verdad en el fondo”.

Carmen entiende que, a pesar de ser una defensora constante de la industria argentina, para contextualizar este fenómeno -caída de las ventas de indumentaria en el país seguido de un fuerte incremento en las compras masivas en el exterior-  urge ser autocríticos y preguntarse en qué andaba el sector local “mientras afuera se vivía una revolución en el consumo y en la fabricación de moda” y da una respuesta: “Acá vivíamos en una especie de desconexión”.

Para ella, “en Argentina nos acostumbramos a una oferta limitada y a precios que volaban muy por encima de los estándares internacionales” porque durante veinte años el sector funcionó como “una isla” imposible de acceder por “aranceles a la importación altísimos y trabas complejas para ingresar insumos básicos”.

Y destacó "un detalle clave que hace a la mentalidad empresaria de nuestra región: en un contexto de inflación galopante, tener los depósitos llenos de mercadería era un negocio redondo. La ropa acumulada no era solo stock; era una reserva de valor que se revalorizaba mes a mes". En ese sentido, recordó el boom de marcas que abrían un local tras otro porque “la ecuación parecía perfecta: costos de producción relativamente bajos (apoyados en una informalidad del sector que nunca se corrigió de fondo), una oferta limitada que permitía controlar los precios y márgenes jugosos que alimentaban el crecimiento”.

Más adelante, en el análisis de “Viva la moda”, Asenjo menciona que “cuando el Ministro dice lo que dice, entiendo que se refiere a los grandes nombres del sector, pero pensar que la industria argentina está conformada únicamente por ellos es simplificar —y desconocer— la realidad”. Consideró irresponsable la declaración porque muchos costureras, talleristas y pequeños diseñadores se “ven forzados a cerrar porque el mercado parece estar diseñado para los extremos, olvidando a las personas de carne y hueso que hay detrás de cada marca independiente”.

Casi al final de la reflexión, Carmen señaló que "el rumbo de la economía nacional está tomado por una visión que considera el libre comercio absoluto como el único camino posible. Esperar a que el Estado vuelva a salvar a la industria es, a esta altura, un acto de inocencia”. Y sumó: “La única solución real es reformularse”.

Consecuencias de no comprar nunca en Argentina

La Cámara Argentina de la Indumentaria compartió un informe donde muestra estadísticas sobre “la destrucción del empleo”. Desde noviembre de 2023 a septiembre de 2025, hubo un descenso de trabajo registrado de 16 mil puestos, lo que equivale a una pérdida del 13% en el sector Cadena Textil, Indumentaria y Afines, donde cerraron 466 empresas.

Respecto al área de Confección, la caída equivale al 11% y fueron 203 los talleres que cerraron sus puertas. También detallaron por rubro las pérdidas de esos puestos de trabajo, siendo el de ropa interior y medias el más afectado. Seguido por ropa deportiva, confecciones de tejido de puntos, confecciones de tejido plano y ropa de trabajo.

Hoy, siete de cada diez máquinas textiles en Argentina no se prenden por falta de demanda”, escribió Lucía Levy, la cara visible de “La curva de la moda”. Y añadió: “Mientras tanto, las importaciones chinas avanzan sin freno en un contexto de desregulación, atraso cambiario y eliminación de controles aduaneros”.

Más tarde, se grabó mirando a cámara y con el humor que caracteriza a la cuenta -con casi 200 mil seguidores- volvió a abrir el debate pero desde otro punto de vista. Si bien partió de la declaración de Caputo, la influencer apuntó: “Es una generalización bastante odiosa y es verdad hasta cierto punto porque el mercado de la moda en Argentina es variado, amplio y hay para todos los bolsillos”. 

Entonces, ¿la ropa es más cara acá porque producirla requiere otros costos? ¿Cómo se compone la rentabilidad de una prenda en Argentina? ¿A qué se enfrentan los productores textiles locales a la hora de crear una nueva temporada?

Continúa en una próxima entrega.