Para Julio Más, la guerra no terminó el 14 de junio de 1982.
Terminó un mes después.
Durante ese tiempo fue prisionero de guerra junto a otros seiscientos soldados argentinos. El Reino Unido quería forzar que se firme la rendición incondicional, algo que finalmente no ocurrió y que, según explica, permite que Argentina continúe hoy con su reclamo de soberanía sobre las islas. Mientras tanto, permanecieron retenidos en condiciones que todavía hoy resultan difíciles de dimensionar.
“Yo vivo en Malvinas”, dice. Y no es una metáfora.
El primer indicio de lo que venía no fue una orden ni un anuncio formal. Fue un despegue. Estaba haciendo el servicio militar obligatorio, aún no había sido dado de baja. Tenía 20 años. Recuerda que en marzo se suspendieron las licencias y las bajas, pero sin explicaciones. La confirmación llegó por televisión el 2 de abril, cuando se anunció la recuperación de las islas.
Días después, una noche, los llevaron al aeropuerto, donde tampoco les dijeron a dónde iban. Recién en el aire.
“Cuando despega la nave, el comandante nos indica que íbamos a sumarnos a las tropas que estaban defendiendo la tierra recuperada”.
La reacción no fue la misma para todos.
“Hubo un grupo muy grande que gritó, se alegró, aplaudió. Y unos poquitos, que éramos algunos rosarinos, nos quedamos callados. Nos miramos entre nosotros y dijimos: ‘¿Por qué no me avisaron?’”.
“Era una edad donde yo tenía que conocer cómo se hacía la vida, no cómo aparecía la muerte”, dice. Hasta entonces, lo único que había visto morir eran sus abuelos. Lo que vino después lo marcaría para siempre. El final, insiste, no es una sola fecha.
“Para muchos terminó un 14 de junio. Para mí y para estos seiscientos compañeros, terminó un 14 de julio, treinta días después”.
Durante ese tiempo estuvieron prisioneros. Quince días en un frigorífico, hacinados: doscientas personas por cámara. “Nos hacían hacer nuestras necesidades en un tacho de quinientos litros partido al medio, que teníamos que vaciar dos o tres veces por día. Un hacinamiento terrible, maltrato terrible”.
Cuando volvió a su casa, el 16 de julio de 1982, había bajado veinte kilos. El regreso, sin embargo, no fue el final. Fue el comienzo de otra cosa. “De ahí en adelante empezó otra guerra”, dice.
La reinserción en la sociedad -explica- fue más difícil que el conflicto en sí. No hubo acompañamiento, no hubo contención. La vuelta fue en soledad. “Fue más dura que Malvinas”.
“No hay un día que no volvamos a Malvinas. Es todo el año”, dice. Los recuerdos aparecen en fechas señaladas, pero también en los momentos más cotidianos.
“Cada cumpleaños, cada Pascua, cada Navidad, cada Año Nuevo… cuando levantás la copa, tu compañero que quedó está ahí”.
Incluso en la alegría. Cuenta que es fanático del fútbol. Que grita los goles. Pero que, incluso ahí, algo se impone. “Miro al cielo y pienso en mis compañeros. Eso no es lógico ni normal”.
Cuando le preguntan si volvió a las islas, no duda: “No. Yo vivo en Malvinas. Yo no volví nunca acá”.