No pueden quedarse en casa como el resto. Están en la primera línea de fuego. Trabajan más que antes. Reforzaron sus rituales de seguridad pero algo de temor queda cuando vuelven a sus hogares. Se emocionan con los aplausos de cada noche pero aseguran que no son héroes: solo piden que valoren su trabajo. Rosario3 entrevistó a trabajadores de la salud para conocer cómo están viviendo estos días. No solo médicos, también camilleros, enfermeros y técnicos repartidos en diferentes barrios de la ciudad y también del Gran Rosario: algunos integran staffs de lujosos sanatorios, otros trabajan en efectores públicos, servicios médicos a domicilio o centros de salud. Más allá de sus diferencias, todos forman parte del mismo ejército sanitario que se prepara para recibir a un enemigo invisible que ya mostró su cara en otras latitudes.  

De la cuarentena al hospital

“Es como un deja vu”. Pablo tiene 30 años, es residente del servicio de Clínica Médica del hospital Provincial de Rosario y está por reincorporarse después de un aislamiento obligado. Estuvo catorce días sin trabajar porque acaba de llegar de España: allí hizo una rotación externa en el servicio de terapia intensiva del Hospital Clinique de Barcelona. “Tuve que volver antes. En tres semanas España pasó de tener un caso a tener cinco mil. Se hablaba de cerrar aeropuertos y por eso anticipé mi vuelta”, resume. 

Si bien aún no pisó el hospital de Alem al 1400, está en estrecho contacto con sus compañeros. “No hubo grandes cambios hasta ahora pero hay un estado de ansiedad importante, todos nos estamos preparando”, explica. Luego, confiesa: “Siento que estoy repitiendo una historia que viví hace poco. En Barcelona al principio había un aire de tranquilidad, se comenzó a preparar el hospital para recibir pacientes, se movilizaron equipos. Después la situación empezó a irse de las manos, viví el estrés de los compañeros y los instructores. Fue una explosión de pacientes impresionante, hubo que preparar nuevas salas y modificar protocolos”. 

Pablo viene de una experiencia compleja en Barcelona.

Pablo recuerda el primer día que escuchó los aplausos para los profesionales de la salud en España, modalidad que luego se replicaría a nivel local. “Estaba con uno de mis instructores, en una comida. Fue una linda sorpresa. Incluso él y otros profesionales se largaron a llorar porque realmente de una semana a la otra se vieron haciendo guardias extras y encontrando contagiados por todas partes. Igual, siento que acá viene más lento y ojalá ayude a que no se sature el sistema de salud como pasó alla”, se esperanza.

Solo urgencias

“Los aplausos emocionan pero la tarea real no empezó”. Erica tiene 41 años, es pediatra en un sanatorio privado, hace guardias en el Eva Perón de Baigorria y además es docente universitaria. “En estos días el cambio fue rotundo en todo lo laboral: cambió el flujo y la calidad de pacientes que atendemos, nos llegan solo urgencias. Y también cambió el nivel de protección y seguridad”, cuenta. Precisa que en todos los espacios donde trabaja están preparándose para lo que vendrá. “Creo que el gobierno debería recompensar al personal afectado que se está exponiendo para trabajar de manera correcta y con el miedo de llevar una enfermedad a casa. Y la población debería respetar más la figura del médico y el personal de salud, que a veces son menospreciados, hay pacientes que nos tratan como si fuéramos sus empleados”, recalca.

Erica junto a compañeras y compañeros de trabajo.

En estos días trabajar es complejo, pero aún más complejo es descansar. “Es difícil conseguir equilibrio. Cambia toda la rutina: del trabajo, la casa, los horarios. La única que sale soy yo, los chicos no tiene horario, el resto de la familia está siempre en casa y se nota. Uno llega de trabajar con su cansancio y su estrés y de pronto esas actividades de descanso se tienen que alternar con las actividades de la casa, juego con los chicos, preparar clases porque al ser docente universitaria se cambió a modalidad virtual. Uno se agota fácilmente”, remarca. 

Ningún héroe

“Mis amigos me ven como un héroe, pero solo hago lo que tengo que hacer”. David tiene 45 años, es médico domiciliario en Previnca Salud. Empezó como telefonista hace 25 años y hace ya 13 que trabaja como profesional de la salud. “Antes salía con ambo y estetoscopio nomás. Ahora me pongo camisolín, guantes, barbijo, protección facial y que no falte el alcohol en gel en el maletín”, detalla. “Entro al domicilio y no puedo dar la mano, tengo que evitar el contacto lo más que pueda. Es difícil porque uno tiene que hacer igual su examen”, acota. En la calle, también las cosas diferentes: “Cuando me ve, la gente me pide que me cuide, todo el mundo, todo el tiempo. El otro día un oficial que controlaba la circulación me detuvo en un control y me pidió que fuera a descansar, que me lo merecía. Fue gratificante”, recuerda.

David trabaja como médico a domicilio.

La vuelta a casa también está marcada por los cambios. “Los pibes me quieren saltar encima y tengo que frenarlos para que no me saluden con beso o abrazo como siempre. Tengo que lavarme las manos y otras partes, sacarme la ropa. Y después sí les doy un fuerte apretón pero me quedo pensando si me quedó por lavar alguna parte, si se vino el bicho conmigo. Es agotador tener la cabeza en eso”, confiesa. “Sé que arriesgo la vida cada vez que salgo a la calle, tengo miedo como todo el mundo. Pero el miedo te obliga a tener precaución y cometer menos equivocaciones. Hay tensión, ansiedad, angustia, todo se mezcla con las ganas de ser útil y sentir que colaboré para mejorar la situación”, asegura.

Equilibrio y pies en la tierra

 

“El hospital me ayuda a poner los pies en la tierra, a darme cuenta de que el mundo sigue girando”. Elena tiene 23 años y es extraccionista de sangre en un efector público. Trabaja en neonatología, pediatría, terapia y guardia pediátrica. “Mi padre venía a este hospital cuando le agarraba hipondría, en busca de alguien que le diera una respuesta, o simplemente que lo atendiera y escuche. Hoy en medio de esta situación, yo, que también soy bastante hipocondríaca, encuentro mi seguridad acá”, admite.

Creo que el hospital es lo que me acomoda la vida cotidiana, me obliga a equilibrarme, me da un motivo para frenar mi miedo y así poder reducir el miedo en el otro e informarlo desde una posición de tranquilidad. Porque hay algo que hacer ahí, que no va a parar”, reflexiona. 

Elena junto a compañeras y compañeros del hospital.

Elena no siente que los aplausos de cada noche sean para ella. “Ahí creo que está uno de los problemas: no creo que mucha gente sepa quiénes integran un espacio de salud y lo hacen funcionar, y que sin cada uno de ellos no iría a ningún lado: médicos y enfermeras, los más conocidos, después hay radiólogos, técnicos de todo tipo, vacunadores, supervisores, psicólogos, administrativos, mucamos, bioquímicos, bacteriólogos, cadetes que se encargan de, por ejemplo, buscar las muestras que necesitan ser derivadas a otros centros”, enumera. 

“Quisiera que la salud no se entienda como estoy enfermo, me curan sino, que la salud es algo que hay que cuidar permanentemente y una enfermedad es sólo una pequeña parte de lo que implica”, pide. Y también hace otro reclamo, ya más formal: “Muchos de los que trabajamos en salud estamos precarizados, cobramos poco y damos mucho. Entonces, al fin de todo esto, espero también que eso se modifique”.

Tensión en la calle

 

“En los barrios está complicado, es difícil que la gente se quede en su casa si viven hacinados o tienen que salir porque no tienen una moneda”. Gabriel tiene 41 años y trabaja como enfermero profesional en un centro de salud de zona oeste. Cuando salen para hacer vacunación, “hay tensión” en la calle, admite. “A veces te felicitan, otras veces te increpan”, analiza. “Creo que es positivo que te vean caminando porque uno representa el Estado y los servicios para la gente. Yo estoy tranquilo porque hacemos lo que debemos hacer. No hay que entrar en pánico, creo que tenemos la ventaja de poder hacer las cosas bien”, analiza.

Gabriel trabaja de enfermero en un centro de salud de zona oeste.

La emoción

 

Lucrecia, de 42, es médica de cabecera y trabaja en el mismo centro. “Atiendo a una población de mil pacientes. Estoy trabajando todos los días desde que empezó el tema coronavirus. Mi pareja también es médico, así que estamos haciendo la posta para cuidar a las nenas”, cuenta. Aunque el panorama sea complejo, asegura que vale la pena y destaca algunas actitudes que tienen sus pacientes: “Hay gente del barrio que me acercó comida, y me dijo que me tenía que alimentar bien para que no me bajaran las defensas”, se emociona.

Lucrecia, médica de cabcera.

Esperando el pico

“El otro día entré a un comercio vestido con ambo antes de ir al hospital y noté que la gente empezaba a alejarse de mí”. Juan Ignacio tiene 41 años y es pediatra en el hospital Gamen de Villa Gobernador Gálvez. “Estoy trabajando con muchos cambios, hubo reestructuraciones de consultorios, guardias, salas. Estamos preparándonos para el pico de la enfermedad. Pero también hubo otros cambios en las relaciones humanas, emocionales, hay mucho estrés y miedo”, reflexiona. 

Juan Ignacio trabaja en Villa Gobernador Gálvez.

Padre de familia, asegura que es muy complicado organizar su vida. “Se paralizó el país pero nosotros seguimos, lo cual trae complicaciones familiares. No hay escuela, no puede venir la niñera para cuidar mis hijas, además que mi esposa también es médica”, cuenta. Si bien admite que “siempre son lindos los reconocimientos” considera que muchos que aplauden cada noche “lo hacen por terror que tienen y cuando todo pase se van a olvidar. Nos gustaría un reconocimiento desde las instituciones tanto públicas como privadas, no necesariamente económico”, aclara. 

Ningún chiste

“Hay argentinos que piensan que esto es un chiste cuando deberían tomárselo en serio”: Germán tiene 28 años y es camillero en un sanatorio céntrico ubicado a pocas cuadras del Paseo del Siglo. Junto a sus compañeros son responsables de trasladar a los pacientes desde que entran al centro médico, también atiende urgencias. “En estos días no paramos de trabajar. Se redujo el personal pero no se quitó a nadie ni se sacaron hora. Trabajamos dos días, después franco dos días. Nos acomodamos para que haya menos movimiento de gente”, explica.

En su lugar de trabajo ingresaron seis casos sospechosos hasta ahora, ninguno resultó positivo. Pero sabe que es cuestión de tiempo. “Vendrá el frío y hay que prepararse”, sostiene. “Trabajo de tarde y a la mañana suelo tener una rutina, como ir al gimnasio. Pero ahora estoy encerrado. Hay gente que no cumple la cuarentena y sale igual. Los médicos aseguran que en abril viene el pico. Hay que tomar conciencia”, pide. 

Hay reivindicaciones como aumento de sueldos que también deberían tenerse como prioridad

Germán está a favor de los aplausos. “Me parece bien, la gente entiende que médicos y enfermeros están para ayudarte y son los más expuestos. Pero hay reivindicaciones como aumento de sueldos que también deberían tenerse como prioridad”, sostiene. “Los que trabajamos en espacios privados cobramos mucho menos que los que trabajan en espacios públicos y trabajamos igual”, lamenta. 

Esfuerzo colectivo

“Estos días ponen en evidencia las neurosis de todos”. Susana tiene 42 años y es médica en un centro de salud ubicado en la zona centro de la ciudad. “Hay una compañera que se rocía en su cabeza y a nosotros con alcanfor, aunque no leí en ningún lado que fuera preventivo. Hay pacientes que llegan con mascarilla y actúan como si hubieran tirado una bomba atómica y estuviera lloviendo veneno”, describe. Asegura que trata de “tomar con humor” ciertas situaciones: “Uno intenta entender aun cuando no entiende, si son cosas que permiten estar tranquilo y sereno al otro yo las respeto”.

La rutina del centro de salud se vio totalmente alterada por la pandemia: suspendieron turnos programados y están en campaña de vacunación. “Nuestra lógica cotidiana cambió, estamos en estado de alerta permanente, no es a lo que estamos acostumbrados”, remarca. “Tenemos habilitado consultorio para pacientes febriles, hasta ahora tuvimos uno solo. Estamos a la espera de hacerlo lo mejor posible”, confiesa. 

Su postura respecto de los aplausos de las nueve es que “no deberían ser solo para el equipo de salud, sino también para muchos otros que tienen tareas esenciales y están trabajando pese a la crisis. Y también para el que quiere trabajar pero debe quedarse en casa. Es un esfuerzo colectivo”, concluye.