Un pedazo de selva en tiempos de sojización. Un pulmón único, con árboles de todo tipo, y una historia digna de un cuento de Adolfo Bioy Casares, con un castillo moro desaparecido, un túnel secreto y espíritus de un tiempo glorioso que se retuercen ante un presente de saqueo y depredación. Todo eso, y mucho, mucho más, encierra el Monte Caballero, un paraje increíble del barrio Hume, en la zona suroeste de Rosario, a quince minutos en auto del centro de la ciudad.

Son alrededor de diez hectáreas de vegetación salvaje, en la continuidad de avenida del Rosario, al oeste de Circunvalación. Podría ser, tranquilamente, otro Bosque de los Constituyentes (aunque más chico, claro): hay especies arbóreas variadas, nativas y también importadas. Cipreses, eucaliptos, pinos, distintos tipos de palmeras. Dispuestas con una armonía que hoy está en peligro y merece ser protegida antes de que sea tarde.

Diez hectáreas de vegetación salvaje a pocos minutos del centro de Rosario. (Alan Monzón/Rosario3)

De hecho, el patrimonio arquitectónico –la réplica del castillo moro– y el cultural –una biblioteca que incluía libros incunables– ya no existen. Lo que era una fastuosa construcción de tres pisos se vino abajo por el abandono y la dificultad para mantenerla, e increíblemente desaparecieron hasta los cimientos. El saqueo primero fue de tipo hormiga: vitrales, las mayólicas de los bancos de los jardines, los mármoles y azulejos. Y después industrial. Queda hoy la huella de los camiones en los que cargaron todo: ladrillos, fierros, obras de arte que fueron testigos de una historia esplendorosa y que acaso hayan terminado en galpones de demolición. 

Ahora, donde estaba la casa que construyó el primer dueño del lugar, el poeta murciano Vicente Medina, en los primeros años del siglo XX, solo hay un pozo desde el que todavía se puede ingresar al túnel que llega hasta la estación El Gaucho. Por allí llegó el material que un siglo después se fue en camiones. La leyenda habla también de historias de contrabandistas, como pasaba con tantos túneles de Rosario.

Árboles en peligro

 

Pero el saqueo no termina allí. En los últimos tiempos, son los árboles las víctimas de la depredación. Decenas de cipreseses y eucaliptos que fueron cortados con motosierras y cargados en camiones, cuyo destino acaso sea convertirse en leña para panadería. Quienes circulan por la zona dicen que el movimiento es permanente. Rosario3 y El Tres recorrieron el lugar, y no solo se veían los árboles cortados, sino también, tiradas juntos a los restos de los que fueron ejemplares añosos, las botellas de aceite del motor dos tiempo de las motosierras y basurales con restos de los almuerzos de quienes hacen ese trabajo. 

Las botellas de aceite del motor de las motosierras. Detrás, un arbol añejo talado recientemente. (Alan Monzón/Rosario3)

El daño ambiental incluye también la quema de enormes sectores de cañas de bambú. En la zona explican que las incendian para espantar a los pájaros y proteger así los campos de soja y quintas que rodean el Monte Caballero.


Carta a Javkin

 

La situación generó preocupación en distintas organizaciones y la CTA Autónoma presentó días atrás una nota al intendente Pablo Javkin, para que tome medidas de protección del lugar.

El texto, firmado por el dirigente Gustavo Martínez, incluye decenas de fotos que "dan cuenta del saqueo, depredación y destrucción de árboles" que sufre el lugar, al que define como "uno de los últimos espacios verdes" de la zona suroeste.

Refiere que desde la CTA se han puesto en contacto con diversas organizaciones con experiencia en la preservación de vegetación autóctona y desarrollo de proyectos agroecológicos. Añade que manifestaron su preocupación por el daño que se viene produciendo y también están dispuestos a brindar asesoramiento para la recuperación y aprovechamiento del lugar. 

Una oportunidad

 

Una idea es trabajar en proyectos de agricultura orgánica con la participación de integrantes de las comunidades originarias que tienen fuerte presencia en la zona suroeste de Rosario. 

Uno de los especialistas consultados por la CTA es Francisco Cardozo, integrante de la Red Agroforestal Chaco Argentina (Redaf) y que trabaja en el Inta de Oliveros, que fue al lugar y observó, según dijo a Rosario3, que hay "muchas especies arbóreas valiosas pero también un alto grado de deterioro y de tala por fuego y extractivismo".

La tala de árboles en el monte preocupa a los especialistas. (Alan Monzón/Rosario3)

Para Cardozo, "se puede hacer un proyecto sustentable pero es necesario que el municipio lo declare como importante y necesario. El primer paso es preservarlo porque lo están destruyendo".

La decisión política para que el Estado use las herramientas que tiene a mano es fundamental. Como el predio es parte de una sucesión, no tiene un único dueño.

La era Caballero

 

En la Villa Hume, como se la conocía, vivió durante 50 años Ricardo Caballero, primer vicegobernador santafesino que asumió con la ley Sáenz Peña de voto universal, cuando en 1912 ganó las elecciones junto a su compañero radical, Manuel Menchaca. Él compró la propiedad que levantó el poeta y también dramaturgo Medina.

El lugar era entonces un verdadero oasis, escenario de tertulias literarias y políticas en las que se nutrieron jóvenes que con los años se transformarían en figuras fundamentales del quehacer cultural y social de la ciudad.

Cuando Caballero murió, en los años 60, fue ocupado por algunos familiares y luego por un cuidador que falleció en 2008. Desde ese momento el lugar quedó en situación de abandono. Si bien hubo contactos de los herederos, que manifestaron no poder hacerse cargo de los gastos de conservación, para interesar a la provincia o el municipio en el rescate y preservación, los mismos nunca prosperaron.

Una especie de torre de una mezquita, la única estructura que queda en pie. (Alan Monzón/Rosario3)

Así, de a poco, el esplendor arquitectónico se convirtió en escombros y hoy ni eso queda. Solo permanecen una especie de torre de una mezquita, que según contaron desde el grupo Rosario Secreta –que realizaba visitas guiadas al lugar– era un palomar, algún resto de muro, pedazos de lo que fueron las fuentes y los bancos del jardín, que permiten imaginar lo que había en ese páramo.

Pero todavía hay mucho que preservar e incluso ganar. Diez hectáreas de bosque, de selva, de vegetación no son poca cosa para una ciudad en la que hace décadas el cemento avanza con prisa y sin pausa. Ojalá el Estado tome nota ahora, antes de que también sea tarde para eso.