Soledad Pastorutti presentó Vale la pena, su nuevo disco, un trabajo excepcional, íntimo y emotivo, acompañado por videos que muestran a una artista dispuesta a compartir mucho más que su música. En medio de la celebración por sus 30 años de carrera, contó una situación personal que conmovió profundamente: su papá, Omar, atraviesa un deterioro cognitivo y ya no la reconoce. NI siquiera sabe quién es él. Una realidad dolorosa, que viven tantas familias y que, al escucharla, lleva a pensar en todo lo que desconocemos de las personas que admiramos, en las batallas internas que muchas veces se libran en silencio y en cómo, detrás de los grandes éxitos, también pueden existir momentos de una enorme tristeza.

Soledad es una mujer que, con el paso de los años, demostró que la cima siempre puede estar un poco más arriba. Nunca dejó de cantar, de reinventarse, de buscar nuevos desafíos. Recorrió los festivales más importantes, pisó escenarios imponentes, compartió canciones con grandes artistas, se animó a colaboraciones y construyó muchos proyectos sin perder ese vínculo con sus raíces. Hace apenas unas semanas, emocionó a una multitud frente al Monumento Nacional a la Bandera, durante la apertura de los Juegos Suramericanos. Se la vio feliz, poderosa, disfrutando de otro momento extraordinario de su carrera. Sin embargo, el dolor también estaba ahí.

Su papá, ese hombre que creyó en ella desde que era una nena de Arequito, que la acompañó en sus primeros pasos y que fue fundamental para construir su carrera, comenzó hace algunos años a perder sus recuerdos. Soledad contó que hoy ya no puede reconocerla como antes. Habló de un proceso largo, de lo difícil que fue entender lo que estaba sucediendo y de las veces que se quedó sin voz, aunque tenía que seguir trabajando. 

“Mi papá está y no está”, dijo. Hay algo especialmente doloroso en esa realidad. En sentir que una persona está y, al mismo tiempo, ya no. En ver cómo alguien que fue parte de la historia propia empieza a perder sus propios recuerdos. Cuánto de ese dolor compartirán tantas familias que atraviesan enfermedades, tratamientos, procesos de recuperación o situaciones personales que transforman por completo la vida cotidiana. Familias que aprenden a convivir con la incertidumbre, que reorganizan sus días, que encuentran fuerzas donde quizás pensaban que ya no quedaban y que, aun en medio de todo eso, tienen que seguir adelante.

Al escuchar a Soledad, inevitablemente recordé una experiencia que tuve la suerte de vivir hace algunos años. En octubre de 2017 viajé a Arequito para cubrir un momento muy especial de su carrera. Celebraba sus 20 años con la música y había elegido hacerlo en su pueblo, rodeada de su gente, de su familia y de esos lugares que habían marcado sus comienzos. Era un recital especial, pensado para celebrar aquel recorrido y compartirlo con quienes la habían visto crecer.

Durante aquella cobertura tuve la posibilidad de recorrer Arequito con el propio Omar que me señalaba lugares y contaba historias de su hija. Cada espacio tenía una anécdota, un recuerdo, algo que explicaba un poco cómo aquella nena había llegado a convertirse en una de las artistas más importantes del país. No hablaba solamente de la cantante. Hablaba de su hija, de sus sueños, de los primeros esfuerzos, de ese proyecto musical que también era parte de su propia vida. 

Soledad Pastorutti de bebé, en brazos de su papá Omar, quien la acompañó desde sus primeros pasos en la vida y en la música. 

Omar es un hombre sencillo, atento, presente, que conocía cada detalle del camino que habían recorrido y que hablaba de Soledad con un orgullo que se le notaba. Un papá que había trabajado para que su hija pudiera cumplir sus sueños, pero que, sobre todo, disfrutaba de verla feliz haciendo lo que amaba. Hoy, al escuchar a La Sole hablar de él, vuelve ese paseo por Arequito. 

Ese viaje también estuvo atravesado por una situación muy triste. Horas antes del recital, Mariano Zacchino, primo y ahijado de Soledad, había fallecido en un accidente de tránsito. La noticia golpeó profundamente a la familia y durante esas horas existieron dudas sobre la realización del espectáculo. Sin embargo, Soledad decidió subir al escenario. Quería compartir con su pueblo esa celebración tan esperada y, al mismo tiempo, rendirle un homenaje a su primo.

Ese día empecé a conocerla un poco más de cerca. Entendí algo de esa fuerza que tantas veces le vimos arriba de un escenario. La vi atravesar una situación personal dolorosa y encontrar en la música una manera de seguir adelante. No porque el dolor desapareciera al cantar, sino porque también había amor en ese encuentro con su gente, en el compromiso asumido y en todo lo que significaba aquella celebración.

“Brindis”, esa canción que Soledad convirtió en un himno, resume mucho de eso: lo que significaba perseguir sus sueños y de todo lo que tuvo que resignar para construir la carrera que conocemos. Hablaba de los viajes, de la lejanía, de los momentos lejos de su familia, de los amigos que extrañaba y de los festejos a los que no había podido asistir. De las veces que eligió un escenario, aun sabiendo que esa elección también tenía un costo personal.

“Cada tanto muero y aquí estoy”. Qué distinto suena cuando conocemos un poco más de su historia. Una canción que le canta al éxito, pero también al fracaso, a las renuncias y a todas esas veces en las que las cosas no salieron como se espera.

Y no puedo evitar pensar en todo lo que habrá vivido lejos de su casa, en los momentos que no pudo compartir, en las veces que habrá tenido que subir a cantar mientras por dentro estaba preocupada por algo que sucedía en su familia. No sabemos cuántas veces ocurrió, pero hoy entendemos que detrás de tantos años de éxitos también hubo situaciones muy difíciles.

Quizás por eso hoy “Brindis” emociona de otra manera. A quien escribe en lo particular, porque siempre la escuché como una celebración de la vida, de los sueños y de todo lo conseguido. Pero ahora también encuentro en ella una reflexión sobre lo que perdemos mientras intentamos llegar cada vez más lejos. Sobre esa negociación permanente entre el trabajo y la familia, entre lo que soñamos y lo que necesitamos, entre aquello que elegimos hacer y los momentos que ya no podremos recuperar.

Soledad junto a su papá, Omar, a quien le dedicó “Mi refugio”, una de las canciones más emotivas de su nuevo disco.

Eso nos obliga a repensar qué significa realmente tener éxito. A veces estamos tan pendientes de alcanzar nuevos objetivos, de crecer, de conseguir lo que nos propusimos, que olvidamos cuánto valor tienen esas pequeñas cosas que parecen garantizadas. Una conversación con nuestros padres, una mirada cómplice, un recuerdo compartido. Cosas que no tienen ningún reconocimiento público, pero que pueden significarlo todo.

En Vale la pena hay una canción especialmente conmovedora que se llama “Mi refugio” y está dedicada a Omar. Soledad contó que grabarla fue muy difícil, que tuvo que hacerlo prácticamente frase por frase y que después decidió no volver a interpretarla para perfeccionarla. Porque entendió que esa grabación tenía algo verdadero, algo que no podía corregirse ni repetirse.

Y cuando le preguntaron si su papá había escuchado la canción, contó que sí. Que no sabía cuánto había comprendido, pero que había llorado. Y que, por un momento, reconoció su voz.

Hay algo muy fuerte en esa historia y también algo muy valioso en que Sole haya decidido compartirla. Porque pocas veces sabemos qué está pasando cuando se apagan las cámaras, cuando termina un concierto o cuando vuelven a sus casas.

El hombre que creyó en sus sueños: Soledad junto a su papá, Omar. 

Ocurre también en la vida cotidiana. Se muestran los triunfos, se cuentan las buenas noticias, pero se esconden las preocupaciones, los miedos, las pérdidas, porque pareciera que siempre hay que estar bien. Como si hablar de lo que duele fuera una debilidad, cuando en realidad muchas veces es todo lo contrario.

Vale la pena llega en un momento muy particular de la vida de Soledad. Es un disco que habla de lo que siente, de lo que la emociona, de lo que aprendió con los años. Un trabajo que invita a mirar más allá de los escenarios. Una Soledad que puede sentirse orgullosa de todo lo que consiguió, pero que también tiene tristezas, miedos y días difíciles. Que sabe de éxitos, pero también de frustraciones. Que se emociona, que se quiebra y que, como cualquiera, tiene momentos en los que seguramente le cuesta seguir.

Omar quizás hoy no pueda recordar todo lo que construyeron juntos. Pero Soledad sí. Y ahora, a través de una canción, encontró una manera de agradecerle por aquella vida que soñaron.

Tal vez eso también sea parte del éxito. Poder mirar hacia atrás, reconocer de dónde venimos y entender que, aun en medio del dolor, el amor sigue encontrando maneras de hacerse presente.