La idea de comer insectos todavía produce impresión en buena parte del mundo occidental. Sin embargo, una degustación podría ser todo lo que se necesita para cambiar esa percepción. Así lo demostró un estudio de la Universidad de Beira Interior, en Portugal, que fue presentado en la reunión anual de la Sociedad para el Estudio del Comportamiento Ingestivo. 

El equipo liderado por la candidata a doctora Andreia CB Ferreira reclutó a 38 adultos que nunca habían probado alimentos a base de insectos. A cada participante se le dio una barrita de proteína de insectos y una barrita de cereales convencional. Mientras comían, los científicos registraron su actividad cerebral y frecuencia cardíaca. Además, sumaron encuestas tradicionales para contrastar lo que la gente decía con lo que su cuerpo mostraba. Para evitar sesgos, a algunos voluntarios se les informó qué tipo de barrita estaban comiendo. A otros se les dijo que ambas eran de cereales, aunque una contenía insectos.

Los resultados sorprendieron al equipo de investigación. Las mediciones fisiológicas mostraron que los participantes se volvieron más atentos y participativos al consumir las barras con insectos, incluso cuando no sabían qué estaban comiendo. Hubo un aumento de la frecuencia cardíaca durante las degustaciones, señal de mayor excitación y atención. La respuesta se dio tanto en quienes sabían como en quienes no sabían que ingerían insectos. Además, la mayoría dijo preferir la barra de insectos por sobre la de cereales. 

Según publicó el medio estadounidense New York Post, los investigadores concluyeron que la curiosidad y la atención pueden compensar el rechazo inicial hacia los alimentos a base de insectos. “Los resultados fueron muy sorprendentes. Fue un resultado totalmente inesperado, ya que la literatura indicaba que los consumidores tienden a rechazar estos nuevos alimentos", explicó Ferreira. ”Los resultados demuestran la relevancia de los experimentos de degustación para la promoción de esta nueva alternativa".

El hallazgo llega en un momento de expansión para la industria. Según Fortune Business Insights, el mercado global de insectos comestibles pasaría de 1.730 millones de dólares en 2025 a 13.230 millones en 2034. El impulso viene por la búsqueda de nutrición sostenible, eficiencia en el uso de recursos y nuevas fuentes de proteína. Persistence Market Research señaló que los escarabajos lideraron el mercado en 2025 con el 33 por ciento de cuota. También destacan el gusano de la harina amarillo y el gusano de la harina menor. Los grillos y saltamontes son el segmento de mayor crecimiento.

El cambio ya se ve en productos concretos que llegan al consumidor. Chirps Chips comercializa totopos estilo tortilla hechos con harina de grillo. Otras marcas venden proteínas en polvo y barritas energéticas de grillo. Incluso en el mundo de las mascotas hay opciones: Jiminy produce galletas sin cereales para perros con grillos y larvas. Para Ashley Gearhardt, doctora en psicología y profesora de la Universidad de Michigan, que no participó del estudio, los datos son alentadores. “Vamos a tener que ser creativos para asegurarnos de que la gente esté bien alimentada y nutrida en el siglo XXI, y este estudio sugiere que podríamos ser más curiosos y estar más dispuestos a probar cosas nuevas”, señaló.

Los investigadores portugueses remarcaron que exponer a las personas a alimentos desconocidos mediante degustaciones puede cambiar la percepción. Muchos participantes pasaron de la incertidumbre y la sorpresa a reacciones positivas después de probar el producto. Ferreira afirmó que los alimentos a base de insectos deberían promoverse como una novedad beneficiosa tanto por sus aspectos nutricionales como de sostenibilidad. Aun así, advierten que se trató de un estudio pequeño. Se necesitan investigaciones más amplias y diversas para obtener conclusiones definitivas. Por ahora, la ciencia sugiere algo simple: el mayor obstáculo para comer insectos podría ser no haberlos probado todavía.