Un equipo liderado por Pieter van Dokkum, de la Universidad de Yale (Estados Unidos), capturó algo que hasta ahora era solo teoría: el instante en que una estrella muerta se deshace y devuelve su materia a la galaxia. El hallazgo, publicado el 12 de agosto en la revista especializada Nature, convierte a la famosa Nebulosa de la Hélice en un espejo de nuestro propio final.

Ubicada a 650 años luz en la constelación de Acuario, la Hélice es lo que queda de una estrella como el Sol. Cuando se quedó sin hidrógeno, su núcleo se contrajo, sus capas externas se hincharon hasta ser una gigante roja y finalmente se desprendieron, formando ese anillo brillante de 5,7 años luz de diámetro que el Hubble y el James Webb fotografiaron tantas veces. En el centro, solo quedó una enana blanca. Lo que faltaba ver era qué pasaba después.

Un hallazgo por accidente

El equipo no buscaba esto. Estaban calibrando MOTHRA, el Modular Optical Telephoto Hyperspectral Robotic Array, un nuevo observatorio compuesto por 1140 teleobjetivos de alta gama que escudriñará el gas más tenue de la Vía Láctea desde el Observatorio El Sauce, en Chile. "Pensábamos que estábamos tomando una imagen de calibración de una de las nebulosas más conocidas del cielo", dijo Roberto Abraham, de la Universidad de Toronto. "En cambio, encontramos esta extraordinaria red de estructuras en forma de arco".

Lo que vieron fueron 22 cúmulos de gas en forma de arco, ondas de choque frontales — como las olas que deja un barco en el agua — en el halo exterior de la nebulosa. "Estamos viendo cómo el material desprendido cerca del final de la vida de una estrella se fragmenta y regresa a la galaxia", explicó van Dokkum. "Esa transferencia, desde los restos estelares reconocibles al gas difuso entre las estrellas, ha sido muy difícil de observar".

Las imágenes muestran una progresión clara: las ondas más cercanas al centro son grandes y nítidas; a medida que se alejan, se vuelven más pequeñas, difusas y fragmentadas, hasta ser completamente erosionadas por el medio interestelar. El cálculo: ese material sobrevive unos 10.000 años antes de ser reabsorbido por completo. Este es el ciclo cerrado de la vida estelar. Las estrellas nacen de nubes de gas enriquecidas por generaciones anteriores, y al morir, devuelven sus elementos para crear nuevas estrellas, planetas y, eventualmente, vida.

Nuestro sistema solar se formó hace 4.600 millones de años con material de estrellas muertas. Y en unos 5.000 millones de años, nuestro Sol hará lo mismo: agotará su hidrógeno, se convertirá en gigante roja y terminará como una nebulosa planetaria y una enana blanca. "En un futuro lejano, el sol pasará por un proceso similar y su materia entrará en el mismo ciclo", dijo van Dokkum.

Todo lo que somos — cada átomo de nuestro cuerpo — volverá a la Vía Láctea. Y algún día, quizás, será parte de otro sistema, de otro planeta, de otra historia.