El Consorcio Internacional del Ascensor Espacial anunciará el mes que viene su mayor avance en décadas: el grafeno policristalino, un material 100 veces más resistente que el acero y capaz de detener una bala, que por primera vez hace viable la megaestructura. Costaría 15.000 millones de dólares, una fracción de los 200.000 millones del programa Artemis, y podría transportar 30.000 toneladas al año.
Mientras en Houston el presidente Donald Trump prometía la semana pasada, durante su visita al Centro Espacial Johnson de la Nasa, que Estados Unidos establecerá una presencia permanente en la Luna antes de ir a Marte, un grupo de investigadores piensa mucho más allá de los cohetes. "Nuestra nación conquistará... esta vasta frontera que tenemos ante nosotros... La exploraremos, la domaremos y la venceremos", dijo Trump al hablar de la nueva "época dorada" de la exploración, según publicó el sitio estadounidense New York Post.
Para los visionarios del espacio, esa conquista nunca ocurrirá con la tecnología actual. "Estamos impulsando la creación de infraestructuras permanentes, como un puente que sustituya a los transbordadores para cruzar un río", declaró a The Post Pete Swan, presidente del Consorcio Internacional del Ascensor Espacial (ISEC).
La idea, tan sencilla como alucinante, lleva más de un siglo en la mente de los astrónomos y fue popularizada por Arthur C. Clarke en su novela de 1979 Las fuentes del paraíso. Un cable electrificado ultrarresistente que parte de un "Puerto Terrestre" en el ecuador y se extiende más de 100.000 kilómetros más allá de la órbita geoestacionaria (GEO), donde un contrapeso flotando en el espacio lo mantiene tenso. Por él subirían naves de carga, llamadas "escaladoras", con mercancías, maquinaria y, algún día, personas.
"Lo maravilloso es que elevarla con electricidad protege nuestra atmósfera de la contaminación, no deja residuos por el camino y será algo rutinario, diario, económico y seguro. Será un puente hacia el espacio", afirma Swan.
El material imposible que por fin existe. La ingeniería, aseguran, cierra. El problema siempre fue el cable. Debe ser 100 veces más resistente que el acero, ultraligero y capaz de enrollarse para ser lanzado al espacio.
El ISEC anunciará el mes próximo que tiene a su candidato definitivo: el grafeno policristalino. Es, básicamente, un cristal continuo de átomos de mina de lápiz, de un átomo de espesor, un metro de ancho y 100.000 km de largo. Cada cable estaría formado por 20.000 láminas apiladas de esa molécula. El término "policristalino" refiere a un proceso de ensamblaje que permite producirlo a gran escala, algo que ya se usa en la electrónica de consumo.
"Parece que hemos encontrado el material. Hemos avanzado muchísimo más que hace seis meses. La tecnología no avanza en línea recta, sino que crece", dijo Swan. "[El grafeno policristalino] es increíblemente resistente. Lo están usando para fabricar chalecos antibalas; una sola capa puede detener una bala del calibre .38 disparada por una pistola".
La prueba ya existe e ingenieros en Corea del Sur lograron fabricar una lámina de 1.000 metros de largo y medio metro de ancho a un ritmo de dos metros por minuto. El cable final sería casi invisible desde la Tierra, pero reflectante, como un espejo. En el cielo se vería solo como un tenue y alargado destello de luz solar.
Clarke dijo una vez que el ascensor espacial se construiría "unos cincuenta años después de que todo el mundo deje de reírse". Swan recuerda que en 1969, tras el alunizaje, el New York Times tuvo que pedir disculpas formales por un editorial de décadas atrás que se burlaba de la idea de que un cohete pudiera llevar al hombre a la Luna.
14 horas a la Luna y lanzamientos diarios a Marte
El funcionamiento sería así: las escaladoras subirían lentamente con electricidad hasta la órbita geoestacionaria, a 22.000 millas de altura. Ese trayecto duraría unos 14 días. A partir de ahí, ya no necesitan motor. La fuerza centrífuga de la rotación de la Tierra toma el relevo e impulsa la carga los 64.000 kilómetros restantes hasta el final del cable, lanzándola al espacio a 25.750 km/h.
El resultado rompe toda la logística espacial actual: A la Luna en 14 horas, frente a los 3 días que tarda un cohete hoy. A Marte en 61 a 120 días, frente a los 7 meses actuales, y con la posibilidad de hacer lanzamientos diarios, en lugar de esperar una ventana cada 26 meses. Esto solucionaría la "tiranía de la ecuación de los cohetes", como la definió la NASA en 2012: hoy, entre el 85% y el 95% de un cohete es solo combustible. La carga útil es apenas del 2% al 4%.
El ISEC calcula que un solo ascensor podría transportar 30.000 toneladas métricas de carga al espacio por año desde el primer día. Eso es más que el peso combinado de todo lo que la humanidad ha enviado al espacio desde 1957.
Y el precio, para la escala del proyecto, es sorprendentemente bajo: 15.000 millones de dólares para el primer elevador totalmente robótico. Para comparar, un solo lanzamiento de Artemis costó 4.000 millones y se espera que todo el programa supere los 200.000 millones para 2030, según la Oficina del Inspector General de la Nasa.
"Creo que los primeros diez años del ascensor espacial serán una misión logística, simplemente para transportar cosas hacia arriba. Una vez superada esa etapa, cuando la Luna comience a tener sus propios asentamientos y Marte necesite más, comenzaremos a tener viajes bidireccionales. Después de 15 o 20 años podríamos transportar personas", proyecta Swan.
Quedan obstáculos enormes. La basura espacial en órbita baja podría dañar el cable, por lo que se proponen cinco cables por elevador como respaldo y una zona de exclusión aérea para satélites. "No es algo seguro. Incluso si alguien comenzara a construir un ascensor espacial mañana mismo, suponiendo que encontrara el capital de riesgo necesario para hacerlo, tardaría una o dos décadas en completarse", advirtió Armen Papazian, profesor de economía espacial de la Universidad Americana de Dubái y autor de El valor espacial del dinero. "Para cuando un proyecto de ese tipo empieza a generar flujo de caja para los inversores, pueden pasar dos décadas y media o tres. [Los inversores] buscan un retorno... ojalá mientras aún estén vivos".