Enviado especial, desde San Cristóbal.– No se juntaron en la puerta principal de la escuela Mariano Moreno de San Cristóbal. Prefirieron un reencuentro en el anexo, del nivel superior, que está a 50 metros por la misma calle Bullo al 1400. Es un edificio antiguo que tiene en la parte delantera un parque con un mástil en el medio. Atrás, en la galería, se une la comunidad educativa después del tiroteo. El lunes 30 de marzo, un adolescente de 15 años mató a otro de 13, persiguió e hirió a dos más y les cambió la vida a todos.
Chicos y chicas llegan acompañados de sus mamás, papás o incluso de toda la familia. La caminata desde la vereda hasta esa galería de ingreso la hacen solos, tensos. Se saludan con sus amigos y amigas, también con los profesores que ellos eligieron para que los acompañen en este paso. Hay algunos abrazos, sonrisas, pero a esta hora, a las 8.35 del jueves, la emoción sigue contenida.
La lluvia por fin paró, después de dos días de diluvio que postergó el regreso programado para el miércoles 15 de abril. El esquema para esta jornada, de actividades de 80 minutos por grupos, se sostiene. Este es el primer turno. Los alumnos que se acercan son dos cursos de tercer año –de la misma edad de Gino C, el tirador– y uno de quinto. Deberían ser unos 90 en total; no llegan a 30.
Los adolescentes, maestros y coordinadores se forman alrededor del mástil. Hacen un minuto de silencio y comienzan a izar la bandera de forma colectiva. Primero una alumna, después un compañero con chomba, una docente y así hasta el octavo y último, que parece una especie de homenaje. Es Fabio, el maestro de la primaria (no es el portero) que desarmó a Gino y evitó una masacre mayor. Además del homicidio de Ian Cabrera, fueron heridos dos adolescentes por los disparos y otros seis sufrieron distintas lesiones.
La ceremonia cierra con un aplauso. Entran al anexo del nivel superior. Todo ocurre de forma lenta y silenciosa, como si temieran romper algo.
Afuera, sobre la calle, se quedan algunos padres a esperar. Recrean la mecánica de “transición” cuando un niño empieza el jardín. Pero los motivos son otros. Muchos chicos no quisieron regresar hoy, otros pidieron por volver y algunos se decidieron a último momento porque sus amigos lo hacían y no querían dejarlos solos. Eso último pasó con los hijos de Andrea y Virginia, dos mamás que cuentan lo difícil que les resultaron estos 17 días.
Tienen los ojos brillosos de lagrimear. Virginia dice que aquel lunes, después de salvarse de los disparos y ser uno de los últimos en salir del colegio, su hijo O. no paraba de hablar y hablar y hablar de lo ocurrido. Después, se quedó mudo y aparecieron las pesadillas. “Cuando lo fui a tapar a la noche saltó exaltado y no sabía dónde estaba”, relata.
Andrea explica que le ofrecieron a B. cambiarse de escuela pero él no quiso. Fue compañero de Gino los dos primeros años. En tercero, en la Normal Superior Mariano Moreno se elige especialidad y los cursos se separan. Su hijo optó por Humanidades y el chico que llegó a gatillar cuatro veces una escopeta 12/70 de doble caño, que hoy está bajo tratamiento por ser menor de edad, siguió en Ciencias Naturales.
Ahora, la madre consternada repite lo que muchos otros ya dijeron sobre el autor del ataque de la escuela: "Era tranquilo, buen alumno, deportista". Lo repasa en tiempo pasado como si aquel niño también hubiese fallecido. Suelta una pregunta que le hizo su hijo y no supo qué responder: "¿Por qué Gino, que era bueno, nos cagó los sueños a todos?".
Las dos se van a quedar hasta que termine esta primera actividad. Andrea está en moto y Virginia acordó venir con su marido en la camioneta. Y, como tiene hijos más chicos, está con toda la familia.
A las 9, los estudiantes salen por grupos del edificio viejo y caminan hacia el módulo principal de la primaria y secundaria, donde ocurrió el tiroteo. Doce de tercer año con dos docentes de su confianza se detienen en la reja que da al patio.
Entre las 7.11 y las 7.15 de la mañana del ataque, esto era un hervidero de gritos y estallidos. Algo de eso parece resonar en un adolescente de campera gris. Empieza a sacudir la cabeza a un lado y a otro, negando, y a llorar. La maestra se acerca y lo contiene. Otros lo transitan con lágrimas mínimas y algunos toman mates. Retoman la charla y descomprimen.
El próximo paso es entrar al interior de la escuela 40. El que parece más afectado duda.
–Ey, si no podés, no entrés –lo tranquiliza la docente.
Van juntos, algunos abrazados y traspasan la puerta.
Las dos madres que estaban frente al anexo se trasladan a este ingreso, el frente de la escuela 40 que vio el país. Salen sus hijos. Se abrazan y uno deja escapar una angustia acumulada con un llanto libre.
Una asistente escolar que estaba adentro baja la escalera de salida y resopla.
–Ay, Dios.
No es fácil tampoco para los adultos, que deben contener sus propios traumas. Algunas maestras, cuentan las colegas de Amsafé regional, escuchan el timbre en la casa y se exaltan porque reviven el momento del inicio de clases, cuando todo ocurrió.
Ahora, faltan minutos para las 10 y sale el sol por primera vez en dos días. Se forman rondas. Algunos recuerdan los sueños densos y otros dicen que recién, al volver a entrar, sentían que algo les impedía atravesar la puerta.
Caminan, rehabitan un espacio perdido, buscan palabras. Vuelven, de a poco, a su escuela. Empiezan una nueva etapa.