Satélites de la Nasa captaron un fenómeno poco frecuente: la erupción de un volcán submarino en el mar de Bismarck, frente a la costa de Papúa Nueva Guinea. Las imágenes muestran una columna de ceniza de varios kilómetros de altura, una marcada decoloración del agua y grandes balsas de piedra pómez flotando en la superficie.
Sin embargo, cuando los vulcanólogos intentaron analizar el evento en detalle, se encontraron con un problema de base: no existen mapas de alta resolución del lecho marino en esa zona. La falta de datos impide determinar con exactitud cómo la erupción remodeló el fondo oceánico o cuál es el tamaño real de la estructura volcánica. Ni siquiera hay certeza sobre qué accidente geográfico entró en erupción.
Las teorías actuales ubican el foco eruptivo a lo largo de la Dorsal de Titán, unos 16 kilómetros al sureste del sitio donde se registró otra erupción submarina en 1972. "La buena noticia es que existen enormes oportunidades para explorar y aprender utilizando plataformas satelitales tanto gubernamentales como comerciales que ya están en órbita", afirmó Jim Garvin, científico jefe del Centro de Vuelos Espaciales Goddard de la Nasa.
Aunque el fondo permanece como una incógnita, las imágenes satelitales permiten estudiar varios aspectos del evento. El conjunto de radiómetros de imágenes visibles e infrarrojas (VIIRS) del satélite Suomi NPP registró anomalías térmicas significativas en la zona. "Debe haber mucho material caliente cerca de la superficie para generar tantas anomalías térmicas", explicó Simon Carn, vulcanólogo del Instituto Tecnológico de Michigan. "Esto sugiere una chimenea de erupción bastante superficial, mucho menos profunda de lo que indica la batimetría existente, que muestra profundidades de varios cientos de metros o más".
A la espera de una nueva isla
Ahora, los investigadores monitorean la zona para ver si la actividad volcánica da lugar a una nueva isla, un fenómeno que rara vez se observa en tiempo real vía satélite. Su formación llevaría tiempo y dependerá de la duración de la erupción. Como referencia, una erupción cercana en 1972 duró cuatro días, mientras que otra en 1957 se extendió por casi cuatro años.
Si emerge tierra firme, la Nasa ve una oportunidad científica única. "Esta nueva erupción podría ofrecer una oportunidad aún mejor para la exploración de 'islotes espaciales' mientras nos preparamos para regresar a la Luna con hombres y mujeres a través de Artemis IV", señaló Garvin.
El término "islotes espaciales" refiere a usar estas islas volcánicas recién formadas como análogos terrestres. Los científicos podrían estudiar cómo responden a fenómenos meteorológicos, cómo las colonizan especies animales y vegetales, e incluso cómo reaccionan a la presencia humana. Los datos servirían para planificar futuros asentamientos en la Luna y Marte.