Mientras el Mar Muerto sigue retrocediendo, manantiales de agua dulce ocultos quedaron al descubierto y formaron oasis con plantas y peces. Creyentes lo vinculan a las profecías de Ezequiel y Zacarías sobre la sanación del mar, mientras científicos lo atribuyen al cambio hidrogeológico y la crisis ambiental que ya generó más de 9.000 socavones.

El fenómeno ocurre en el punto más bajo de la Tierra, a 427 metros por debajo del nivel del mar. El Mar Muerto, con una salinidad del 34% —casi diez veces más que el océano— y cargado de minerales como magnesio, potasio y calcio, fue históricamente sinónimo de ausencia de vida. Pero su retroceso está revelando un paisaje inesperado.

Según científicos, el agua de lluvia que cae sobre las alturas de Jerusalén se filtra por piedra caliza porosa hasta acuíferos subterráneos que migran hacia el Mar Muerto. A medida que la costa se retira, esos manantiales que antes estaban sumergidos bajo la sal quedan al descubierto. Allí crece vegetación —juncos, tamariscos— y se forman pequeños ecosistemas aislados.

El cuadro ha captado la atención de comunidades religiosas que ven un paralelismo con profecías de hace más de 2.500 años. En el Libro de Ezequiel se describe agua fluyendo desde el templo de Jerusalén hacia el este: "Cuando estas aguas entren en el mar, las aguas serán sanadas, y todo lo que entre en este río vivirá", con pescadores en la costa y árboles frutales floreciendo. Zacarías también menciona "aguas vivas" brotando de Jerusalén hacia el mar oriental, identificado como el Mar Muerto. Lugares citados como En Gedi y En Eglaim coinciden con la costa occidental donde hoy aparecen las pozas.

La atención creció en 2016, cuando el fotógrafo israelí Noam Bedein captó peces nadando en una de estas charcas de agua dulce. Los científicos aclararon entonces un punto clave: los peces no estaban en el Mar Muerto en sí —que sigue siendo demasiado salado para sostenerlos— sino en pozas de agua dulce separadas, protegidas de la hipersalinidad.

Para algunos creyentes, el fenómeno se suma a otras señales, como el renacimiento en 2005 de la palmera datilera de Judea, llamada Matusalén, germinada de una semilla de 2.000 años hallada en el desierto de Judea, que volvió a dar frutos en 2020.

Los investigadores, sin embargo, piden cautela. Ls pozos son pequeños, están aislados del cuerpo principal de agua y son consecuencia directa de una grave crisis ambiental. El descenso del nivel del Mar Muerto —cuya agua solo sale por evaporación— está disolviendo depósitos de sal subterráneos, formando cavidades que colapsan en socavones. Ya se registraron más de 9.000 en la orilla israelí, con daños en carreteras y zonas turísticas.

Para la ciencia, no hay milagro, sino un ejemplo contundente de cambio hidrogeológico en un paisaje frágil. Para los creyentes, la imagen de vida brotando junto al mar muerto sigue siendo sorprendentemente similar a la antigua visión de renovación.