Ni ropa usada, ni de segunda mano, ni outlet. Ni economía circular, ni solidaria. Por cielo, agua y tierra se distribuyen a distintos países ropa de descarte de la industria del ultra fast fashion, esa que se cose rápido y se vende barato para abastecer a un mercado que busca estar “a la última moda” de una moda que cambia frenéticamente. Prendas, muchas veces en muy mal estado y desgastadas, que pasaron de temporada y que sin poder regresar al circuito comercial en sus lugares de origen –principalmente Estados Unidos, Europa, China o Turquía–, alimentan verdaderos cementerios de tela en otras latitudes. En Argentina, caen en Jujuy, principalmente desde Chile.
Los “fardos” preocupan no sólo por el impacto económico en las pymes del sector, sino también por la contaminación ambiental y las enfermedades que pueden instalarse en territorio argentino. La Fundación ProTejer, organización sin fines de lucro cuya misión es asistir, desarrollar, contener e integrar a la cadena de valor agro-industrial textil y de confecciones de la República Argentina, que actualmente junta firmas en la plataforma Change.org para impedir la importación de ropa usada, recordó que ésta era una práctica prohibida en la Argentina hasta 2022, por cuestiones de salud pública, higiene y seguridad de productos, y para resguardar la producción local. Sin embargo, según datos de la misma Fundación, aumentó a octubre de 2025, un 26.538% interanual.
“El fast fashion produce cada vez más y más rápido. Los países que consumen este modelo ya no saben qué hacer con los excedentes porque gran parte de esas prendas son de fibra sintética y de políester, justamente las que no se pueden reciclar, y si se queman, liberan gases tóxicos”, explicó Luna Rey Cano, antropóloga y fotógrafa.
Como no se puede destruir ni procesar o transformar, esa ropa viaja por cielo, tierra y agua a otros países. Argentina es actualmente uno de los pocos que permite el ingreso de esta indumentaria de descarte; tal es así, que en sólo un año, según señaló Rey Cano, “el 11% de todas las importaciones de ropa” llegaron bajo esta nueva modalidad. Y ni siquiera en buen estado: los fardos arrastran prendas rotas, manchadas o de muy mala calidad que terminan en basureros locales o en percheros de oferta sin trazabilidad. “Lo barato para algunos termina siendo caro para todos”, advirtió.
Hay, al menos, tres cuestiones en torno a esta práctica que preocupan a analistas, profesionales y textiles: los bajos precios que perjudican a la industria local; la toxicidad de las prendas; y el daño ambiental.
De acuerdo a ProTejer, un fardo de ropa, que puede pesar de 20 a 45 kilos e incluye prendas y accesorios para todos los géneros y edades, ronda entre 150 y 500 dólares más IVA, lo que afecta de forma directa la competitividad local y las ventas en un contexto donde 7 de cada 10 máquinas de coser están paradas, hay 16 mil empleos formales menos que hace dos años y las fábricas textiles trabajan al 29% de su capacidad.
Otro eje es el sanitario. Las prendas viajan miles de kilómetros envueltas en plástico y rociadas con químicos que desprenden no sólo un olor característico, sino que suponen riesgos para la salud de quienes reciben los fardos, seleccionan la ropa o la visten. Al no pasar por ningún control, pueden arrastrar hongos o bacterias.
Finalmente, el daño ambiental. Si de por sí ya es bastante impactante ver imágenes de basureros textiles a cielo abierto en países vecinos donde miles de personas escarban para seleccionar prendas que serán vendidas y compradas por otros, más impactante es saber - gracias a un estudio difundido por la Organización de las Naciones Unidas - el mal que ocasionan: la producción masiva de ropa es responsable del 20% del desperdicio total de agua a nivel global, genera el 8% de los gases de efecto invernadero y es la industria que más emite carbono. Sus restos encimados desprenden contaminantes al aire y las napas de agua subterráneas propias del ecosistema.
“Es el fin de la moda como la conocemos”
Hace once años, Li Edelkoort, investigadora holandesa experta en tendencias, escribió el Manifiesto Anti-Fashion y causó un gran revuelo porque no sólo cuestionó los cimientos de la producción de moda sino también el modelo social de consumirla. En su análisis, la especialista detalla la ruptura de la industria y brinda - desde su recorrido y experiencia - posibles soluciones.
“Es el fin de la moda como la conocemos”, se lee en una parte del texto que recorrió el mundo y más de una década después, sus palabras vuelven a cobrar sentido porque Edelkoort en realidad, estaba advirtió el presente: falta de innovación conceptual en los diseños, exceso de marketing, condiciones laborales degradadas para crear más prendas que sean amigables al bolsillo pero no resistan más que una temporada y el impacto ambiental como consecuencia.
¿Es posible revertir la forma de crear tendencias? ¿Cómo se trabaja en los talleres locales? ¿A qué tiempos responden sus creaciones? ¿Se piensa en un futuro más sustentable y menos efímero? ¿Cómo es el detrás de escena de una nueva colección?
Continúa en una próxima entrega.