Un chico aprieta el gatillo. Del otro lado cae una persona que no conoce. Entre esas dos vidas —la que termina y la que recién empieza— se abre una pregunta que incomoda a todo un país: cómo llegamos a que algunos adolescentes aprendan a matar antes que a vivir. La cuestión pesa en la crónica de German de los Santos como un murmullo incómodo: cómo una ciudad que respira río, parques y fútbol terminó viendo a adolescentes empuñar armas con una naturalidad que hiela la sangre.

El periodista lleva más de una década intentando descifrar ese enigma. Primero fue Los Monos, después Rosario, dos libros (escritos junto a Hernán Lascano) que narraron el crecimiento de las organizaciones narco y su impacto en la ciudad. Ahora vuelve con una investigación todavía más perturbadora: Niños sicarios y otras historias del negocio narco, es un trabajo que pone el foco en los chicos atrapados en esa maquinaria.

“Cuando me topo con historias que tienen que ver con chicos, me atraviesan de una forma muy intensa”, cuenta. La investigación parte de una escena que todavía resuena en la memoria reciente de la ciudad: la serie de asesinatos que en marzo de 2024 paralizó Rosario de miedo. Entre ellos, el crimen del playero Bruno Bussanich. Un adolescente de 15 años se apareció de repente, disparó y desapareció en segundos. 

“Cuando volví a ver el video del crimen de Bruno Bussanich  me decía, ¿cómo puede ser que un chico de 15 años mate en tres segundos a una persona que no conoce? Ese muchachito era  una máquina de matar sin un mínimo de humanidad”, dice el periodista entre la angustia y la sorpresa.  

En el libro aparecen 25 historias que revelan cómo se fabrica esa violencia precoz. Chicos que matan con precisión profesional y minutos después entran a un shopping para comprar zapatillas o comer una hamburguesa como cualquier otro adolescente. Dos mundos conviviendo en el mismo cuerpo.

Para De los Santos, detrás de esa escena hay algo más profundo que el dinero del narcotráfico. Hay una cultura que fue instalando modelos de pertenencia. En algunos barrios, el albañil que vuelve a su casa con las manos manchadas de cal es “el gil”. El referente admirado es otro: el que maneja una moto, porta un arma y genera miedo.

Es algo que ni el estado ni la política ve. Y que no es el dinero, que no es la fama, es la pertenencia. Los pibes de 15 años no quiere parecerse al albañil quieren parecerse al malo. Quieren ser el malo. El malo, el que irradia miedo y gana mucho dinero, es hoy un referente”, agrega.

Entre todas las historias del libro hay una que todavía lo estremece. La de una niña de ocho años que crece dentro de un búnker narco y que un día escapa por la puerta trasera para refugiarse en la casa de su maestra. Allí encuentra algo que en su vida cotidiana no existe: comida, cariño, una charla tranquila. Pero también confiesa algo terrible. Dice que fabrica pequeñas armas caseras para defenderse cuando alguien llegue a matarla. Tiene ocho años y ya vive esperando la muerte. 

“Lo más tremendo es que esa niña era tercer generación de narcos. Y solo tenía 8 años. Vive en un mundo totalmente sórdido y solo busca el cariño y la protección de su maestra. ¿Cómo rompemos la historia? Que el final no sea el cementerio o la cárcel”, afirma De los Santos.

El debate sobre la baja de la edad de imputabilidad aparece inevitablemente en la conversación. Pero el periodista descree de las soluciones simples. La cárcel, advierte, difícilmente cambie la historia de chicos que crecieron sin otra referencia que el poder de las bandas. El problema es anterior y más profundo: tiene que ver con identidad, pertenencia y futuro.

La cárcel difícilmente cambie la historia de chicos que crecieron sin otra referencia que el poder de las bandas

“El Estado también tiene que intervenir de otras maneras. Tiene que identificar a estos pibes y evitar que empuñen un arma. No va a ser la cárcel la que dé la solución. Te diría que va a ser todo lo contrario. Parte de este trabajo es fruto del intenso trabajo realizado en las cárceles. Ahí empecé a ver eso de la pertenencia. “Somos todos Los Monos”, ¿a qué perteneces? A la banda de los monos. Eso te da protección, da pertenencia y una jerarquía”, grafica el autor de Niños Sicarios.

–¿Los niños sicarios están vitales o están más contenidos? 

–No,  siguen. Esa maquinaria sigue funcionando porque no hay nada que lo pare. Y más allá de la persecución tiene que ver con otra cosa que se fue construyendo desde hace bastante tiempo que es generar ejemplos y referentes a seguir en ellos. Pongo la contraposición a esto que lo viví muy de cerca en Casiano Casas donde mi hermano, Fernando está laburando con los pibes entrenándolos en waterpolo. Ahí lograron que uno de los chicos llegue a la selección nacional. Eso fue muy importante porque crearon otro referente en el barrio.  Un referente distinto. Antes el único ejemplo era el pibe con un arma y una moto. Parece muy naif lo que estoy diciendo, pero no lo es. Y eso lleva muchísimo esfuerzo y trabajo.

Rosario hoy parece respirar un aire distinto al de los meses en que el terror vaciaba las calles. Hay gente en los parques, chicos jugando, familias que vuelven a ocupar la ciudad al caer la tarde. Pero De los Santos advierte que sería ingenuo creer que todo terminó. Las estructuras del negocio narco siguen ahí, latentes, esperando su momento.

Por eso Niños sicarios incomoda tanto. Porque obliga a mirar el punto más frágil de esa trama criminal: los chicos que crecen en medio de ella. Y porque detrás de cada uno de esos pibes aparece una pregunta que la ciudad todavía no logra responder: cuándo dejamos de verlos como chicos y empezamos a encontrarlos, demasiado tarde, del otro lado del arma.