En 2014 nacieron en la Argentina unos 777 mil chicos. Diez años después, en 2024, fueron 413 mil: una caída en la cantidad de nacidos vivos cercana al 47 por ciento que no luce como una anomalía pasajera y que ya está modificando profundamente la estructura de nuestra sociedad. Hay menos bebés, las familias son más pequeñas y la población envejece.

Parado frente a estos datos, que suelen despertar preocupación por la solidez del sistema previsional, la economía o hasta la supervivencia de algunos pueblos, el economista y demógrafo Rafael Rofman propone mirar el fenómeno desde una perspectiva diferente, con un toque positivo y esperanzador: quizás estamos interpretando como una mala noticia una mutación que no la es.

Investigador principal del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC), Rofman es coautor, junto a Carola della Paolera, del libro La revolución demográfica, una obra que presentó en la última Feria del Libro de Rosario y que analiza los profundos cambios que está experimentando la población argentina y sus consecuencias sobre prácticamente todos los aspectos de la vida cotidiana. 

Su punto de partida es una definición que choca frontalmente con los discursos alarmistas sobre la caída de la natalidad: “La demografía está cambiando por muy buenas razones, pero más allá de eso, lo que hay que hacer es reconocerlo y aprovechar algunas oportunidades”.

Menos hijos, más derechos y una nueva manera de entender la familia

En diálogo con Punto Medio (Radio 2), Rofman recordó que durante buena parte de la historia, tener numerosos hijos no era necesariamente una elección: respondía a las condiciones sanitarias, económicas y culturales de cada época, a la elevada mortalidad infantil y, especialmente, al papel que la sociedad reservaba a las mujeres.

Hoy ese escenario es completamente diferente. La mayor escolarización, el acceso a métodos anticonceptivos, la incorporación femenina al mercado laboral y la posibilidad de decidir cuándo y cuántos hijos tener modificaron la composición de las familias.

“El descenso en la tasa de natalidad es positivo: siempre en la historia, las sociedades más ricas y las familias más ricas, dinero y calidad de vida, educación, vivienda, siempre tienen menos hijos”, sostuvo Rofman.

Y explicó: “La razón por la que eso ocurre tiene que ver con dos o tres cosas: una es que tienen más educación y pueden tomar decisiones autónomas, por ende elegir cuántos hijos quieren tener y no los que la vida les da; tienen más acceso a tecnología anticonceptiva de calidad; en Argentina la razón es que las mujeres tienen más derechos y oportunidades, un rol más activo en la sociedad”.

El especialista recurre a una comparación entre generaciones para ilustrar la magnitud del cambio. “A mi tatarabuela le decían que si no tenía hijos, no servía; hoy una chica de 20 años te mira con cara de que no sé de qué estás hablando. Por eso me parece muy bueno que vayamos avanzando hacia una sociedad en la que la mujer tiene un rol idéntico al de los varones, en todos los aspectos”, afirmó.

Pero hay otra explicación adicional y potente: cambió profundamente lo que esperamos de la crianza y los padres de hoy en día procuramos ofrecerles a nuestros hijos mejores condiciones de salud, educación, alimentación, afecto y tiempo compartido.

“Mi tatarabuela seguramente tuvo 7 u 8 hijos, y varios de ellos se murieron en los primeros años de vida, y era terrible pero era así. Difícilmente alguno estudió algo, seguramente entre los 10 y los 15 años estaban trabajando. Ahora eso nos parece horroroso y es ilegal. No aceptamos que un chico de 15 años no esté en la escuela y trabaje. Eso es bueno porque valoramos a nuestros chicos”, señaló.

Y agregó una dimensión económica que muchas familias conocen de primera mano: “Queremos que vaya a la escuela, la escuela sea buena, que estudie otra cosa, queremos darle tiempo, que es carísimo”. Ese tiempo, explica, también tiene un costo: son horas que los adultos podrían dedicar al trabajo u otras actividades, pero que eligen compartir con sus hijos.

“El problema hoy es que queremos darles cada vez más cosas y eso nos lleva a decir: no podemos tener 5 pibes, entonces tengo menos. Y eso es bueno”, resumió.

Rofman tampoco cree que la Argentina vaya a regresar a los niveles de fecundidad de generaciones anteriores. Aunque las cifras puedan experimentar subas y bajas, como ocurrió en países europeos que atravesaron antes esta transformación, considera improbable un retorno al modelo de familias numerosas.

“Estoy seguro de que no volveremos a un mundo en el que las familias tienen 5 hijos por familia, eso no va a ocurrir porque demandaría que la mujer no trabaje o estudie más. Eso no va a ocurrir, por suerte”, sostuvo.

El descenso de la natalidad modifica la composición de las familias argentinas.

Menos escuelas nuevas, otros hospitales y una oportunidad 

Si nacen cada vez menos chicos y las personas viven durante más años, las consecuencias no se limitarán a las familias. También cambiarán las necesidades de infraestructura, los servicios públicos y las prioridades de inversión. Y habrá que estar preparados y tener un plan de acción.

“Obviamente va a haber menos necesidad de construir escuelas porque habrá menos chicos. Habrá que arreglar o construir algunas porque hay edificios que están rotos, pero no en la escala de años atrás, donde siempre venían más chicos y los ministros de Educación se volvían locos pensando en cómo contrataban más maestros. Ese escenario ya no existe”, explicó.

La menor cantidad de alumnos no significa que desaparezcan los problemas educativos. Pero sí puede representar una oportunidad para concentrar recursos en mejorar los edificios existentes, fortalecer la enseñanza y atender dificultades que durante años convivieron con la necesidad permanente de ampliar la capacidad del sistema.

Algo semejante podría ocurrir con la vivienda. Si la población argentina creciera cada vez más lentamente, o eventualmente dejara de crecer, la presión que generaría la formación de nuevos hogares podría ser menor que en otras épocas: “Vamos a crecer muy poco o no crecer como población en nuestro país en las próximas décadas, con lo cual solucionar los problemas de vivienda será más sencillo que antes porque, cuando tenés más población, tenés que construir más viviendas, y si pasa lo contrario, es más fácil ir cerrando la brecha”, argumentó.

En cuanto al sistema sanitario, durante buena parte de la historia, las principales amenazas estuvieron vinculadas con infecciones, enfermedades contagiosas y problemas agudos que requerían una intervención inmediata. Eso ya no ocurre y la esperanza de vida creció, pero vivir más años también significa convivir durante más tiempo con enfermedades crónicas, degenerativas y no transmisibles, como el cáncer, las patologías cardiovasculares o el Alzheimer.

“Cuando vos tenés un accidente o una infección, vas a la guardia del hospital que tenés más cerca, el médico te revisa, te atiende, te mandan a tu casa o te dejan internado. Cuando las cosas son degenerativas o a largo plazo, la guardia del hospital no sirve para nada”, ejemplificó Rofman.

Su planteo no es que las guardias deban desaparecer, sino que una sociedad más envejecida necesitará reforzar otro tipo de atención: consultas periódicas, tratamientos prolongados, seguimiento de pacientes y coordinación entre profesionales. “Tenemos que ocuparnos menos de los problemas agudos, urgentes, y más de los problemas crónicos, que no son urgentes, y preocuparnos de los problemas crónicos, que requieren tratamiento prolongado y son más caros”, sostuvo.

El desafío de las jubilaciones: una sociedad que vivirá más años

Si hay un terreno donde el envejecimiento de la población promete generar tensiones especialmente importantes, es el sistema previsional. Y allí Rofman encuentra uno de los principales desafíos que la Argentina debería empezar a resolver antes de que los cambios demográficos profundicen los problemas existentes.

El especialista destaca que el país consiguió algo muy valioso: una cobertura previsional extraordinariamente amplia, que permite que la enorme mayoría de los adultos mayores reciba algún tipo de ingreso jubilatorio.

“El sistema previsional argentino es particular, porque tiene algunas virtudes enormes. Por ejemplo, la cobertura es altísima, casi no hay adulto mayor que no tenga una jubilación. Eso es muy bueno, proteger a todos los adultos mayores”, señaló.

Pero inmediatamente introduce la contracara: un sistema que demanda enormes recursos, presenta desigualdades entre beneficiarios y, pese a su costo, no consigue garantizar jubilaciones suficientes para buena parte de la población. “Gastamos mucho y la gente tiene malas jubilaciones”, sintetizó.

Entre las dificultades que identifica aparecen la multiplicidad de regímenes especiales, las diferencias entre provincias y actividades y la existencia de beneficios previsionales otorgados a personas que todavía no alcanzaron las edades jubilatorias generales.

Según explicó, algunas excepciones pueden responder a características particulares de determinadas profesiones, pero la acumulación de regímenes diferenciados termina produciendo un esquema difícil de sostener.

“Tratamos de manera distinta a gente parecida porque tenemos reglas especiales, excepciones, depende de qué provincia recibís un beneficio distinto, lo mismo sobre de qué trabajás”, cuestionó.

Y añadió: “A medida que la población envejece, todos los problemas que tenemos se nos vuelven problemones, porque la presión aumenta”.

La advertencia tiene una explicación sencilla: si las personas viven más años y las generaciones que llegan al mercado laboral son cada vez menos numerosas, resulta indispensable revisar cómo se financian las jubilaciones, quiénes acceden a los beneficios y cómo se distribuyen los recursos disponibles.

Para Rofman, la respuesta no debería consistir en restringir indiscriminadamente la protección de los adultos mayores, sino en construir un sistema más equitativo y eficiente, capaz de sostener esa cobertura en el tiempo.

“Hay países que tienen sistemas previsionales que son más ordenados, porque son más equitativos, no desperdician los recursos, se enfocan en proteger a los adultos mayores que no pueden seguir trabajando”, sostuvo.

En definitiva, el planteo de Rofman y La revolución demográfica es que la Argentina necesita revisar instituciones que fueron diseñadas para una sociedad muy diferente de la que está emergiendo. Desde las escuelas hasta los hospitales, desde las viviendas hasta las jubilaciones, pasando por los cuidados y el diseño de las ciudades, buena parte de las políticas públicas deberá adaptarse a una población con menos niños y más personas mayores.

Desde ya que habrá desafíos económicos, sociales y sanitarios que requerirán decisiones complejas. Pero el punto de partida, insiste Rofman, no debería ser el miedo a que nazcan menos chicos ni la nostalgia por un pasado en el que las familias eran más numerosas y la gente moría mucho antes. Para el especialista, deberemos prepararnos para vivir en una sociedad cada vez más envejecida porque "vivimos mejor; no porque nos metimos en un problema”.