Pilar, provincia de Buenos Aires, enviado especial de Rosario3.– Un portón de rejas que se abre después de tocar un timbre, un jardín con algunos espacios verdes y una galería que conduce hasta el ingreso. Así comienza la llegada al Monasterio de la Visitación de Santa María, en Pilar. Del otro lado de la puerta aparece Sor Emperatriz, que recibe al equipo de Rosario3 y El Tres y lo acompaña por un pasillo hasta el locutorio, una habitación con ornamentación religiosa dividida por un tabique de madera y un enrejado.

Detrás de esa separación, una puerta se abre y aparecen Sor María Fátima, la madre superiora, y Sor Gabriela. La primera saluda con una frase religiosa: “Bendito sea Cristo. ¿Cómo están? ¡Qué alegría conocerlos!”. Gabriela, en cambio, entra con una sonrisa de oreja a oreja. Y casi sin esperar otra pregunta, se presenta: “Soy rosarina y amo Rosario”.

A la izquierda Sor Gabriela, a la derecha Sor María Fátima. Foto: Alan Monzón, enviado especial de Rosario3

La frase no es una simple manera de romper el hielo. Gabriela nació en Rosario, creció en el barrio Parque Field y conserva un vínculo muy fuerte con la ciudad, aunque hace aproximadamente 40 años que ingresó al monasterio y lleva adelante una vida de clausura.

Su historia familiar está atravesada por distintos lugares. Su papá nació en Villa Constitución y su mamá es rosarina. Él trabajaba en Prefectura y, por sus traslados, la familia tuvo que mudarse varias veces. Sin embargo, Rosario siempre fue el punto de encuentro.

“Se casaron en Rosario, toda la familia de mi mamá está en Rosario y, bueno, después a mi papá lo iban trasladando, pero nuestro centro de encuentro era Rosario. Todas las Navidades, los años nuevos. Mis hermanos y yo nacimos en Rosario”, contó.

Gabriela hizo el preescolar y primer grado en una escuela de Parque Field. Allí también conserva recuerdos familiares: sus abuelos están enterrados en la ciudad y todavía tiene una tía y un tío que viven en Rosario. Pero su vida tomó otro rumbo. “Cuando cumplí 19 años, me fui a despedir de mis abuelos en Rosario y me metí en el convento”, recordó.

 La alegría de Gabriela al recordar Rosario. Foto: Alan Monzón, enviado especial de Rosario3

Aunque su vida transcurre puertas adentro del monasterio, Gabriela nunca perdió el contacto con su familia. Sus hermanos viven actualmente en Campana y Pilar, y sus padres se instalaron en una vivienda ubicada frente al convento.

Por su condición de religiosa de clausura, necesita una autorización especial para salir, pero cuenta con el permiso para ocuparse de sus padres, que son mayores. “Soy de clausura, pero tengo la autorización para poder cuidarlos. Los tengo acá enfrente. Me cruzo para bañarlos y darles comida. Es una gracia que me permiten”, explicó.

Pese a haberse ido de Rosario hace más de cuatro décadas, tuvo una ocasión en la que, según sus propias palabras, Dios le regaló un regreso inesperado. Un día había salido rumbo a Ezeiza a buscar a unas religiosas de la orden que llegaban desde México. El avión tuvo que desviarse por la neblina y terminó aterrizando en Fisherton.

“Yo cuando salí no sabía que iba a ir a Rosario. Fue un regalo de Dios”, contó emocionada. Para ella fue una oportunidad inesperada de volver a ver lugares que no recorría desde hacía mucho tiempo. “Me imagino que la ciudad debe estar re cambiada, de 40 años para acá”, agregó.

Durante la conversación, Gabriela explicó cómo es la rutina de una religiosa contemplativa. La jornada está organizada alrededor de la liturgia, el trabajo, las comidas, la limpieza y los momentos de recreación. La oración atraviesa todas esas actividades y el silencio ocupa buena parte del día.

Gabriela y María Fátima en el Locutorio del Monasterio. Foto: Alan Monzón, enviado especial de Rosario3

“Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos está la liturgia, la comida, la limpieza, el trabajo, la hora de oración. Tenemos dos recreos porque durante todo el día hay silencio para continuar el contacto con el Señor. Se habla lo indispensable”, explicó.

Para quienes observan desde afuera, la vida de clausura puede resultar difícil de comprender. Gabriela reconoce que es una vocación que requiere un proceso y que no se trata simplemente de decidir encerrarse en un convento. “Es un llamado de Dios que lo hace el Señor, nosotras no lo elegimos, nos sentimos felices de haberlo recibido”, sostuvo.

Y dejó una de las definiciones más contundentes sobre su experiencia: “Lo más extraño, entre comillas, es que jamás me sentí encerrada. Me siento con una libertad inmensa, me siento plena y cuando salgo es raro, me siento como un pez fuera del agua”.

Para Gabriela, esa plenitud tiene que ver con la vida de oración y con la relación cotidiana con Dios. “Es una vida interior fuerte, contenida, sostenida y perseverante de unión con el Señor porque si no sería imposible”, agregó.

 El ingreso al Monasterio en Pilar. Foto: Alan Monzón, enviado especial de Rosario3

La visita del Papa y una excepción en la clausura

La llegada de León XIV representa un acontecimiento especial para la comunidad. El monasterio está integrado por 16 religiosas y, según contó Sor María Fátima, diez de ellas saldrán para participar de los encuentros con el Pontífice. Las leyes de clausura contemplan esa posibilidad cuando se produce una visita papal. Las hermanas mayores que no pueden trasladarse tendrán horarios especiales para seguir las actividades por televisión. “Hay un clima de fiesta y ellas gozan también que nosotras podamos ir”, contó la madre superiora, que destacó la expectativa que existe dentro de la comunidad.

La visita también tuvo un costado particular para las religiosas: en agosto recibieron el pedido de elaborar un millón de hostias para las celebraciones papales. Para cumplir con ese trabajo extraordinario, organizaron turnos y aumentaron considerablemente su producción habitual. “Era una inmensa alegría, un gran entusiasmo saber que nuestras hostias iban a estar en la misa del Santo Padre”, explicó Gabriela.

Para ella, encontrarse con León XIV tiene una dimensión que excede la posibilidad de conocer personalmente a un Papa. “Encontrarnos con León es encontrarnos con el llamado de Jesús que está hoy, que fue a lo largo de todos los siglos y que va a continuar hasta el fin del mundo”, expresó.

La visita también le despierta recuerdos de otra experiencia que vivió hace casi cuatro décadas. Cuando Juan Pablo II llegó a la Argentina en 1987, Gabriela era novicia y tuvo la posibilidad de participar de una celebración en el estadio de Vélez Sarsfield.

Sus padres también habían vivido aquella visita de una manera particular: acamparon para poder ver al Pontífice. Ella, en tanto, recuerda con humor aquella experiencia: “Yo nunca había ido a la cancha, tuve que hacerme monja para ir a una cancha”.

Ahora se prepara para vivir una nueva visita papal. “Juan Pablo II fue increíble, lo vimos ahí y verlo ahora a León es un privilegio también”, señaló.