Cada año tiene su producción propia de temas que durante meses dominan la conversación pública, que generalmente se instalan a partir de las redes sociales y que logran una secuencia que se repite: viralización algorítmica, discusión mediática, polarización encarnizada y apropiación por parte de toda la sociedad de algo que inicialmente parecía “de nicho”. Este 2026, al que por supuesto todavía le queda mucha tela para cortar, será recordado como el de la irrupción del fenómeno “therian”

Las primeras noticias fueron desconcertantes: chicos y chicas que dicen identificarse con animales, que se reúnen en plazas y parques a caminar en cuatro patas y ejecutar otros comportamientos caninos, agrupados bajo la etiqueta de therians, un título derivado del término “therianthropy”, que se utiliza para describir a personas que sienten una identificación profunda y persistente con un animal. Entre la preocupación genuina de algunos padres y la caricaturización que domina buena parte de los comentarios, la pregunta de fondo queda flotando y es inquietante: ¿qué está pasando ahí?

Identificación y pertenencia

Para la licenciada en Psicología Aldana Ferreira (matrícula 4047), el primer paso para tratar de entender qué ocurre es correr el foco de la burla y detenerse en una lectura más profunda. “Hay mucho de caricaturización, de reírse. Pero es mucho más interesante hacer una lectura psicológica partiendo desde otro lugar”, señala.

Lejos de tratarse de un fenómeno completamente nuevo, Ferreira propone mirarlo en perspectiva. “Esto ya lo vimos en otras generaciones, cuando estaban las tribus urbanas: los floggers, los emos. Los medios se preguntaban qué les pasaba a esos chicos, y ahora parece que se redobla la apuesta”, explica. En todos los casos, el elemento común es la adolescencia y el grupo.

Desde la psicología, el concepto que mejor encuadra este tipo de conductas es el de identificación. “Más que una alteración mental, hay una búsqueda de pertenecer a un grupo y encontrar validación”, sostiene. Tomar rasgos, estéticas o actitudes compartidas forma parte de un proceso habitual en esa etapa vital, en la que los chicos están dando el paso clave hacia la persona que serán el resto de sus vidas.

Ferreira subraya un punto clave: diferenciar este fenómeno de la autopercepción. “No es que se autoperciben animales. Es un concepto completamente distinto”, aclara. De hecho, en entrevistas públicas muchos de estos jóvenes sostienen discursos similares: “Yo me llamo tal, soy una persona normal, desayuno normalmente”.

Por eso, la profesional propone una actitud básica pero no siempre frecuente: escuchar. “Me parece interesante escucharlos más que ridiculizarlos, que puede ser ridículo o no según quién lo mire”.

¿Preocupación o generalización?

Cuando el fenómeno llega a casa, la inquietud es comprensible. ¿Qué hacer si mi hijo empieza a identificarse como therian? Para Ferreira, no es aconsejable caer en respuestas rápidas.

“No hay que generalizar”, insiste. El hecho de que un adolescente adopte ciertas conductas grupales no implica, por sí mismo, la presencia de un trastorno. Pero tampoco significa que deba descartarse cualquier dificultad. “No es excluyente. Puede no haber nada patológico, o puede haber ideas irracionales que escapan a la realidad. Por eso es importante observar”.

La recomendación es concreta: hablar primero con el hijo, preguntar qué sentido tiene para él, qué le hace sentir ese comprtamiento, cómo vive esa experiencia. Y mirar el conjunto de su vida: su rendimiento, sus vínculos, su estado de ánimo. “La adolescencia no es fácil”, recuerda. Si algo preocupa de manera persistente, entonces sí corresponde consultar con un especialista.

El punto de partida, sin embargo, es evitar la estigmatización. “Siempre abiertos a no aseverar que tiene algo patológico”, enfatiza.

La era de la mirada constante

Por supuesto que el contexto también importa. Ferreira ubica el fenómeno en una época marcada por la exposición permanente. “Estamos en una era en la que mirar al otro todo el tiempo y hacer cosas para ser mirado es una realidad”, señala. En los años 90 —dice— un fenómeno así no habría tenido la misma visibilidad ni la misma capacidad de expansión.

Internet y las redes amplifican identidades, etiquetas y comunidades. Y también ofrecen un escenario donde expresar lo que antes quedaba restringido al ámbito privado. “Tiene que ver con la libertad con la que hoy puedo decir lo que siento, lo que pienso, lo que hago, cómo me gustaría que me vean”, explica.

Entre la alarma y la banalización, el desafío parece ser otro: comprender sin simplificar. Ni convertir cualquier conducta adolescente en un diagnóstico contundente, ni desentenderse de lo que puede llegar a ser preocupante. Escuchar, observar y contextualizar. Ahí, más que en la simple etiqueta, esté la clave para acompañar sin exagerar y sin minimizar.