Karina Salazar es una mujer inquieta. Desde hace 27 años vive en Suiza, a donde llegó siguiendo a un amor que conoció en un chat room mientras practicaba el idioma alemán; hoy, radicada en Zurich y casada en segundas nupcias con un señor francés, esta “artista plástica, escritora y cantante de ópera” (como ella misma se define) canta lírico en funerales, dirige un club de vinos argentinos y lleva publicados más de diez libros entre novelas históricas, cuentos y hasta un compendio de consejos para emigrantes.

A pocas horas del partido que la Scaloneta jugará con la selección helvética en el Mundial de fútbol 2026, Salazar confirmó algunas creencias que existen acerca de los habitantes del país de los 26 cantones y los cuatro idiomas oficiales: admitió que son extremadamente ordenados, que se toman muy en serio la preparación del mejor chocolate del mundo y contó también que aman tanto el talento como el perfil bajo de Lionel Messi.

“La nueva juventud, de 40 para abajo, idolatra a Messi. A diferencia de Maradona, a quien nunca lo quisieron (quizás por su forma de ser o su adicción a las drogas), a él todo el mundo lo valora: destacan que es muy profesional, que es introvertido, que no hace declaraciones controversiales y que no se mete en política. Para ellos eso tiene un gran valor”.

De San Telmo a Lucerna por amor

Salazar lleva casi tres décadas en este territorio que limita con Alemania, Francia, Italia, Austria y Liechtenstein.  “A fines de los 90 todo el mundo se iba de vacaciones a Europa o a Estados Unidos, y yo nunca había viajado a esta parte del mundo. En esa época estaba de moda el chat de Yahoo, que yo usaba para practicar el idioma alemán. Y a través de esa plataforma conocí a un señor suizo, que me invitó a venir de vacaciones. Viajé, nos enamoramos y decidí dejar todo y radicarme acá con él. Yo en Argentina era wedding planner: vendí todo lo que tenía que vender y me vine para acá diría que en el momento justo, porque poco tiempo después vino la crisis de 2001”, narra a través de una videollamada con el programa de la tarde de Radio 2, Punto Medio. 

Hoy está casada con Jean-Charles y desarrolla una agitada agenda cultural, dentro de la que se destaca la de cantar lírico en funerales: “Yo canto en casamientos, bautismos y también en funerales. En algunos lugares de Europa, además de la misa o el culto al difunto, cuando una persona fallece se hace un evento especial donde se invita a la familia y conocidos a comer o tomar un refrigerio. Y se usa que en la iglesia o en ese encuentro posterior, alguien cante”. 

Para Salazar, no hubo tiempo de acostumbrarse de a poco a ese hábito muy poco extendido en nuestro país: “La verdad que me curé a las tres semanas de llegar. La tía de mi ex marido falleció y yo, que recién había llegado, vi que íbamos todos a un restaurante a comer. A mí la verdad que no me entraba nada, mi organismo estaba como ‘de duelo’, pero evidentemente acá la cultura es otra”.

Ser quien se para a cantar delante de las familias que despiden a un ser querido es una experiencia emocional muy fuerte: “La verdad es que es muy emotivo. En las misas participa toda la familia, hablan los hijos y los nietos. Y el estilo de música a interpretar se acuerda con la familia y el organista. Es algo que solo hice en Suiza: también en Francia e Inglaterra. Y la verdad que me gusta mucho”, detalla.

Sobre este tema, contó un detalle que ratifica de forma contundente el estereotipo de ‘ordenados’ que caracteriza a los suizos: “La costumbre es que el difunto sea quien paga esa celebración final. Entonces, ya dejan separado un dinero que luego se va a usar para el sepelio y el encuentro posterior, incluido el refrigerio. Mirá si eso no es ser ordenado”.

Dos de las pasiones de Salazar: el vino y el canto lírico.

Vinos, chocolates y fútbol

Para no desapegarse tanto de las costumbres autóctonas, Salazar forma parte de un club de vinos argentinos junto a otros compatriotas que poseen vinerías en Suiza. “Actualmente soy la presidenta de la Asociación Amigos del Vino Argentino y dirijo otro grupo llamado ‘Wine and food lovers in Zürich’, comentó.

“Hace unos años organizaba eventos de degustación y eso me llevó a querer aprender un poco más. Así que me decidí a hacer una tecnicatura en la WSET de Londres, que me conectó con muchos argentinos que estaban en el mundo del vino. Y acabamos creando la asociación, de la que formamos parte argentinos que tienen vinotecas y trabajamos ad honorem en la difusión del producto”, añadió. Aquí también se conjugan dos de sus pasiones: tiene publicado un libro sobre vinos mendocinos llamado ‘De Mendoza con Amor’.

Otra de las facetas en las que Suiza se destaca a nivel mundial es en la producción de chocolate de altísima factura: después de casi 30 años viviendo allá, Salazar admite que la fama es absolutamente justa: “Mirá, tengo una amiga que trabaja en una fábrica de chocolates y me cuenta que hasta el agua debe cumplir con determinadas calidades y característica porque si no, no se usa. O que las tortas que no se venden en el día, directamente se desechan. Acá hasta cuando vas al supermercado, el más ordinario de los chocolates es espectacular. Tienen un estándar de producción muy alto”.

Lo que no es tan dulce es la pasión por el fútbol: va creciendo, pero sigue lejos del nivel que tenemos en nuestro país “Si bien fue cambiando un poco, acá lo más fuerte son los deportes de invierno. Cuando llegué, viví en Lucerna mucho tiempo y fui un par de veces a ver al equipo local de fútbol. El ambiente en la cancha era muy bajo: hacían un gol y nadie gritaba, sólo se limitaban a aplaudir. En cambio, con el hockey sí se volvían locos. Y también juegan mucho al tenis. Ahora, un poco cambió: pero está claro que no está ni cerca de cómo se vive en Argentina”.

El partido de esta noche se desarrollará en la madrugada suiza y para Salazar, aunque sean las 3 de la mañana, el plan será sentarse frente a la tele a alentar a Leo y compañía: “Primero voy a ir a comer a un restaurante argentino y luego trataré de quedarme despierta o, en su defecto, ponerme el despertador. Pero al partido lo vamos a ver seguro”.

Dentro de unas horas, Karina volverá a hacer equilibrio entre los dos países que hoy forman parte de su vida. Primero cenará comida argentina junto a compatriotas de Zúrich. Después encenderá el televisor para ver a la Scaloneta, aunque para eso tenga que pelearle al sueño y a las cinco horas de diferencia. Si todo sale bien, el brindis final será con una copa de Malbec mendocino. El chocolate suizo, al menos por una noche, podrá esperar.