Las vacaciones llegan a nuestra vida como una promesa de alivio, pero en la realidad eso no siempre se cumple. Aunque logren cambiar de escenario, muchas personas no pueden cambiar de estado mental. Y se llevan (nos llevamos) el trabajo, las preocupaciones y la hiperconexión en la valija, incluso volviendo a casa o a las tareas cotidianas tan o más estresados que antes.  

“La verdad es que nos cuesta cerrarle la puerta al estrés, que el cerebro se relaje realmente en vacaciones”, advierte Silvia Papuchado, doctora en Psicología Clínica y creadora de Educación en Salud Mental Integral. Según la especialista, vivimos hiperconectados a un gran flujo de información propia y ajena que nos tiende la trampa de hacernos creer imprescindibles y que acaba contaminando un tiempo fundamental para recargar energía.

“La vida se divide en ocio y negocio. El negocio es la negación del ocio, tiene que ver con el trabajo y claro que es importante. Pero también lo es el ocio: tenemos que hacer un culto del ocio, no pensar que es terrible. Es importante jugar un juego de mesa, charlar con amigos, caminar, mirar el horizonte, cerrar los ojos, pensar en lo que uno quiere y no hacer nada. El problema aparece cuando esa balanza se rompe y el ocio queda mal visto”, sugirió.

Según la psicóloga, esa desvalorización tiene raíces profundas. “Venimos de una cultura ancestral ligada a la culpa, al culto al trabajo, donde no hacer nada parece estar mal”. Sin embargo, advierte que esfuerzo y sacrificio no son lo mismo. “El esfuerzo es muy bueno; el sacrificio no. Nadie tiene que sacrificarse por nadie ni por nada”.

En ese marco, reivindica el derecho a no hacer nada. “Aburrirse es divino”, afirma, y extiende esa idea tanto a adultos como a niños. “Cuando un chico se aburre, se vuelve creativo. A los adultos nos pasa algo parecido, pero nos cuesta aceptarlo”.

¿Desaparecer por completo de nuestros asuntos o dedicarles un rato al día?

Uno de los principales obstáculos para descansar durante las vacaciones es la dificultad para desconectarnos del flujo constante de información que nos llega por el celular. “El exceso de información nos lleva a estar casi todo el tiempo pendiente de qué pasó, qué dijo, qué hizo, dónde está quién”, explica la médica. 

A eso se suma el FOMO, sigla en inglés de fear of missing out, el famoso temor a perdernos o quedarnos afuera de algo. “Ese miedo nos hace creer que somos imprescindibles, que si nos desconectamos el mundo no podría seguir. Pero si nos corremos un poco, si estamos mirando la tele o jugando un juego de mesa, el mundo sigue adelante. No somos imprescindibles”, señala Papuchado. Para la especialista, el descanso empieza cuando logramos apagar esa exigencia interna y permitirnos, simplemente, estar.

El celular, la vía principal por donde se cuela el exceso de información innecesaria estando en vacaciones.

Papuchado también corre el eje de una falsa dicotomía: estar de vacaciones no significa desaparecer por completo de nuestros asuntos, sobre todo si somos emprendedores o necesitamos sí o sí hacer algún tipo de supervisión. “Si alguien tiene un compromiso ético o económico y necesita sí o sí conectarse un rato por día, media hora o una hora, eso no significa que no esté de vacaciones”, aclara.

La clave, dice, está en los términos de esa conexión. “Como es una cuestión de límites, cada uno tiene que autolimitarse”. En su propio caso profesional, explica que atiende urgencias puntuales aun estando de vacaciones, pero sin dejar que eso invada su descanso. “Puede ser sólo la primera hora de la mañana, o de noche, o a la siesta. El problema no es atender algo puntual, sino estar pendientes todo el tiempo”.

Para la psicóloga, muchas veces lo que más cuesta soltar no es el trabajo, sino la necesidad de saberlo todo: la vida de los otros, los famosos, las redes, las noticias constantes, un enorme caudal de información inútil e innecesaria. “De todo eso, que no nos suma absolutamente nada, tenemos que despegarnos”.

Cansancio no es estrés

Lejos de pensar el descanso como improvisación absoluta, Papuchado propone una idea concreta: “Más que armar una agenda, hay que armar un proyecto: preguntarnos qué tenemos ganas de hacer cuando no trabajamos: dormir más, caminar, jugar, ir al cine, mirar el horizonte”.

Incluso cuando no hay presupuesto para viajar a otro lugar y cambiar de aire, el descanso sigue siendo posible. “Quedarse en casa es más difícil, pero también se puede planificar: salir a caminar, conocer lugares de la propia ciudad, levantar la cabeza y mirar lo que siempre estuvo ahí. Parece que sólo hacemos turismo cuando salimos de la ciudad, y seguramente hay un montón de lugares de tu barrio o tu ciudad que no conocés a o los que nunca fuiste”, plantea.

Finalmente, la especialista hace una distinción interesante que puede servir como guía: “Una cosa es el cansancio y otra es el estrés. Hay que tratar de volver cansados de nuestras vacaciones porque caminamos más, porque hicimos más cosas. Pero sobre todo, lo que tenemos que lograr es volver desestresados. De eso se trata una vacación”.

Tal vez el mayor desafío no sea organizar mejor las vacaciones, sino animarse a habitarlas. Durante buena parte del año vivimos esperando ese tiempo de descanso, prometiéndonos que ahí sí vamos a aflojar, a frenar, a disfrutar. Pero cuando finalmente llega, muchas veces no podemos usarlo: seguimos corriendo, pensando en lo que viene, conectados a lo mismo de siempre. Y así, se nos va la vida proyectando el futuro sin terminar de conectar con el presente. Aprender a descansar no es un lujo ni una pérdida de tiempo: es la única manera de volver al ruedo con más fuerza, con más deseo y con la cabeza un poco más en calma.