Junio no es un mes más para las familias que sufrieron el arrebato de una hija, una mamá o una hermana en manos de la violencia machista y patriarcal. Cada 3 de este mes, se conmemora el inicio del Ni Una Menos, y con él, todas vuelven a la memoria colectiva. Pero para los Celma, junio también es el mes donde inició el calvario. Y desde hoy, a esas efemérides cargadas de dolor le suman el reconocimiento por parte del Estado provincial y municipal de la inacción y la falta de Justicia en la causa Vanesa Soledad Celma.
Desde esta mañana, el nuevo Centro de Justicia Penal cuenta con un cantero en homenaje a la joven rosarina que el 29 de junio de 2010, con su hijo de cinco años en la habitación de al lado, fue rociada con alcohol y prendida fuego por quien era su pareja. Vanesa estaba embarazada de ocho meses. Fue ingresada de urgencia al hospital donde le indujeron una cesárea y ahí, con la muerte rondando, nació Malena que desde el vientre inhaló humo y tuvo secuelas que aún la acompañan. Cuatro meses después, Vanesa falleció. Para la fiscalía, Celma “murió por amor” y la única condena del caso fue a agentes policiales por no preservar la escena del crimen.
El acto oficial inició con la palabra de Mónica Ferrero, Secretaria de Igualdad, Género y Derechos Humanos de la Municipalidad de Rosario, quien habló de “justicia negada”, y el rechazo al olvido. Más tarde, tomó la palabra Emilio Jatón, Secretario de Derechos Humanos de la provincia de Santa Fe, y aseguró que no se trata de un acto “meramente formal, sino de la garantía de no repetir” la aberración cometida dieciséis años atrás.
Junto al memorial hay un Ginko Biloba, conocido también como el árbol de la vida. Los familiares de Vanesa se ponen de pie -como tantas otras veces- y entierran, en silencio, las raíces del ejemplar. De repente, la voz de Eva Domínguez, cuñada de Vanesa, hace estremecer a todos: “¡Vanesa Soledad Celma, Presente!”, exclama y los presentes responden: “¡Hoy y siempre!”. Grita otra vez y el coro de voces quebradas la acompañan.
Mientras ellos se abrazan, pasa gente por el memorial. Algunos se frenan a ver el escenario: pancartas con rostros, nombres y lugares de residencias de mujeres que ya no están. Que alguien o muchos, decidieron que no estén. Son vecinos que observan la escena y se van. Otros, dicen que la verdadera justicia sería la destitución de la fiscal y la cárcel para el responsable. ¿Pero qué pasa por la cabeza de esa mujer que recién gritó por memoria? ¿Qué piensa Jorgelina -hermana de Vanesa- , Alexander -hijo- o Fiorela -sobrina- un día como hoy? ¿Alcanza con el reconocimiento del Estado, tantos años después? ¿Existe algo para sanar heridas profundas, que no terminan de cicatrizar?
Eva Domínguez es la portavoz de “una familia que quedó detonada”. Ella estuvo al frente de los reclamos por Justicia y se unió al grupo Atravesados por el Femicidio. Mientras habla con Rosario3 viaja en el tiempo y se posa sobre aquel 2010, y lo que significó “descubrir la violencia de género” y salir a las calles, “sin sentir vergüenza”. Asegura que no lo hizo sola, y agradece a las organizaciones que sostuvieron el reclamo durante tantos años.
“Me acuerdo hasta el día de hoy de la frase de la fiscal. Yo estaba con mi mamá cuando dijo «no hay nada que hacer, Vanesa murió por amor»". La que habla es Jorgelina, hermana de la víctima. Es alta, morocha, su presencia no pasa desapercibida sin embargo, es de las pocas veces que se pronuncia al respecto. Sus ojos acompañan el dolor de cada palabra que comparte con este medio.
Le costó muchísimo animarse a decir algo porque todo sigue intacto. Como aquel 26 de junio. Arrastra la angustia de no poder estar en primera fila de combate gritando Justicia por su hermana más chica, pero Jorgelina quedó a cargo de Alexander -hoy 22 años- y Malena -hoy 15 años- y no podía cometer ningún error por “temor a que la familia de él se lleve a los chicos”.
En su voz se percibe un cansancio devastador. “No quería venir hoy. Me costó tanto”, sostiene. Es que Jorgelina vio morir a su hermana en manos de una persona que nunca fue juzgada por la Justicia y que vive a pocos metros de la casa donde ella mantiene a salvo a sus hijos y sobrinos. Poco después, sus padres también murieron y ella sostiene que fue la angustia lo que los mató porque "lo de Vanesa desarmó la familia”.
Repasa cómo ocurrió todo. La culpa que el sistema depositó en los familiares y la propia víctima. La falta de perspectiva de género con la que trataron el caso. La ausencia de perdón por falta de la fiscal a cargo. Y se posa una y otra vez en Alexander y Malena. De él dice que una sola vez pudo contarle lo que vio y escuchó. De ella, que convive con autismo y todavía no conoce esa parte de su vida que la marcó para siempre.
Más allá del reconocimiento estatal, esa mujer de mirada profunda y empañada, que narra la historia de vida y muerte de los Celma, lo único que desea es que su sobrino, al que crió como un hijo, sea un “hombre ejemplar”. Y cerró: “Dejé mi vida acá”.
A su lado está Fiorela, que no le pierde pisada. Dice que durante el acto sintió contradicción, porque ella ve a su mamá Jorgelina protegerlos de alguien que mató despiadadamente a una mujer y sin embargo, siguió ejerciendo y rehizo su vida como si nada hubiese pasado. Vendió la casa donde vivía con Vanesa y se mudó, pero a pocos metros de ellos. Entonces, la libertad sigue siendo sólo de él.
Fiorela no tiene miedo de expresar lo que siente, habla de impunidad, de encubrimiento, de silencio. Dice que nadie le va a borrar de su mente lo que vio ese 26 de junio: un nene -su primo Alexander- de cinco años, corriendo solo por la calle, pidiendo ayuda porque su mamá se moría.
Hay un dicho popular o una frase muy usada que asegura que el tiempo ayuda a olvidar, pero si algo dejó en claro la familia Celma, es justo lo opuesto. No hay nada que pueda cambiar el final trágico de esta historia y no basta con plantar un árbol, pero reconocer que el Estado no actuó como debería es confirmarle a la sociedad que Vanesa no murió por amor. Que a Vanesa la mató su pareja porque pudo y porque a veces, ese acto repudiable -que se repite cada 31 horas en Argentina- no tiene consecuencias. Y esa deuda, sigue pendiente.