Hace casi 40 años, en la previa a la última visita de un Papa a Rosario, tres grupos de jóvenes que hacían grafitis planificaron una bienvenida particular. Diseñaron pintadas para retomar y deformar de manera provocativa la comunicación oficial por la llegada de Juan Pablo II al país en abril de 1987. Del mensaje “Viene el Papa. Viene Cristo” se desprendieron variantes irónicas y críticas.

“Viene el Papa. ¿Viene Cristo?”, fue la primera expresión. La segunda fue más lejos: “Cristo no viene. Es un desaparecido más”. Una forma de señalar a una Iglesia que estaba, en aquellos primeros años de democracia, ligada a la última dictadura cívico militar y al terrorismo de Estado.

La agrupación principal se llamaba “Los Ecos de Umberto” y estaba conformada por estudiantes de Comunicación Social de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). La idea nació en 1986. “Queríamos escribir, pensar cosas, éramos medio inquietos”, recuerda Marcelo Tapia en diálogo con Rosario3.

Tapia ya conocía a Juan Pablo “Colo” Mascali y a Gustavo Poles de los nacientes centros de estudiantes en las escuelas secundarias. Se reencontraron en la facultad de Comunicación, sobre la calle Córdoba, frente a la de Derecho. Después, se sumaron Elbio Córdoba y Horacio Ríos. Y había, también, “invitados” como Gerardo Rozín. “Le decíamos Gerardito porque era más chico”, enumera Tapia.

“En Buenos Aires ya estaban con los grafitis Los Vergara (los hermanos Korol). Y acá empezamos con esa idea. Nos juntábamos a pensar frases, que después optimizábamos entre todos antes de pasarlas en limpio a un cuaderno. Era un equipo creativo”, dice el hoy periodista en LT8 que pasó por agencias de publicidad. Aclara que tenían el principio de no dañar frentes de casas particulares, sino aprovechar espacios libres.

Sin embargo, había algo de lo clandestino que resultaba estimulante: una adrenalina. Después de tener la idea colectiva definida, armaban “operativos” de madrugada. Dos pintaban –uno dibujaba la frase con aerosol rojo y otro hacía la firma– y dos vigilaban en las esquinas.

"Lo que más me llama la atención es el grado de imprudencia que teníamos", analiza Ríos, realizador audiovisual y hoy director de RTS Medios, y sigue: "Si bien ya había democracia, no hacía muchos años que estábamos acostumbrados a poder caminar tranquilos y nosotros nos largábamos a pintar paredes y a salir corriendo. No sé si había tanto peligro, pero nosotros estábamos asustados. Tampoco sé si corríamos un riesgo de que nos detuvieran o metieran presos, pero sabíamos que no se podía y lo vivíamos con presión".

Poles, también periodista, agrega que al intendente de ese momento, el radical Horacio Usandizaga, “no le gustaba nada lo que hacíamos”. “En una conferencia de prensa se manifestó muy preocupado por las inscripciones en la pared y habló de ”los delincuentes" que pintaban. Con esa vehemencia que tenía el Vasco, dijo: «Hay que meterlos presos». Nosotros éramos anónimos, nadie sabía quiénes eran los integrantes del grupo, salvo los amigos, que estaban preocupados por los dichos del intendente". “Sí, quería atraparnos”, suma Tapia.

“Queríamos expresarnos. No sé bien qué. Pero nos divertíamos mucho y estaba la adrenalina de ser descubiertos”, afirma.

Marcelo Tapia junto a la firma de "Los Ecos de Umberto" en un grafiti.

Ríos destaca además el trabajo artístico que demandaba la ejecución: "Era importante saber hacer el grafiti, saber escribir. No solo la letra, tener la proporción, el volumen. Yo era más vigía (se ríe) y la única vez que lo hice, me costó mucho. Para los que no estábamos acostumbrados a pintar era difícil plasmar en la pared la proporción".

Esa única pieza dibujada, recuerda el ex secretario de Cultura de Rosario y de Comunicación Social de Santa Fe, estaba ligada al intento de traslado de la Capital Federal del país a la ciudad de Viedma, en la provincia de Río Negro: “El chiste era «La Capital a Viedma y Clarín a Moisés Ville», que es el pueblo donde yo nací”.

El “operativo Papa”

 

Aunque eran anónimos, los jóvenes empezaron a juntarse con los otros dos grupos: “La mala leche” y “Los genioles”, que accionaban en paralelo. Cada uno tenía su firma y su color. “Los Eccccos de Umberto” (así era el nombre, con tres o cuatro “c”) usaban aerosol rojo.

Antes de la llegada de Juan Pablo II a la ciudad, el sábado 11 de abril de 1987, sintieron una convicción: “Algo tenemos que hacer”. Si bien el objetivo inicial era más bien expresivo, de experimentación y lúdico (“la base era el humor”, define Tapia), también quisieron dar un mensaje. Escribieron en las paredes de Rosario: “Cristo no viene. Es un desaparecido más” (o “Cristo no viene. Es otro de los desaparecidos”, según quien recuerde).

Hablar de los desaparecidos era, todavía, peligroso en la democracia jaqueada por el poder residual de los militares. El Papa llegó días antes del alzamiento carapintada de la Semana Santa de abril de 1987 y las pintadas de “Los Ecos de Umberto” ocurrieron entre la sanción de la ley de Punto Final y la de Obediencia Debida (conocidas como las “leyes de la impunidad” que el gobierno de Raúl Alfonsín impulsó después del histórico Juicio a las Juntas de 1985).

Los grupos locales se reunieron en la previa al arribo de Juan Pablo II que, a diferencia de la visita de este año de León XIV, sí incluyó a Rosario. Cada uno pensó su mensaje, pero acordaron compartir consignas, colores y firmas. Los tres espacios usaron el sello de los tres. Armaron una cofradía.

Días antes del arribo del Papa hicieron uno de sus mayores despliegues. "Pintamos toda la ciudad, el macrocentro sobre todo y en las avenidas. Los lugares estaban pensados y planificados porque la idea era que se vean desde los colectivos o autos", señala Poles.

Juan Pablo II recorrió la ciudad en el Papamóvil.

 

Esa colaboración entre agrupaciones generó un impacto mayor que las anteriores y hubo un desafío frontal. “Llegamos a pintar el Arzobispado de calle Córdoba con los tres grafitis”, dice Tapia.

Para Ríos, esa movida fue particularmente temeraria: “Era arriesgado meterse con el Papa. La ciudad es una ciudad muy particular, muy creyente, muy católica, con un poder muy importante de la Iglesia, y nosotros sabíamos que nos metíamos en algo que podía traer algún tipo de problema".

El contraste de aquellos mensajes críticos a la figura del Papa en 1987 con esta visita de León XIV a la Argentina es notable. No solo por las cuatro décadas transcurridas, sino por lo que el jefe del Vaticano representa a nivel político en la actualidad, más cercano a los sectores desfavorecidos de la sociedad. De hecho, el actual gobierno nacional sigue con mucha cautela qué podrá decir la autoridad religiosa sobre el trato dado por los libertarios a los discapacitados, jubilados, endeudados y despedidos, entre otros.

La secuela

 

Ríos pensó en hacer un documental con la historia de “Los Ecos de Umberto”. Se juntaron para buscar archivos e hicieron entrevistas, pero el trabajo está a mitad de camino. No hay fotos de los grafitis salvo una en donde se lo ve a Marcelo Tapia y la firma en rojo sobre una pared blanca.

La organización tuvo una pata radial. Llevaron la propuesta a LT3 como el grupo que hacía los grafitis y el director los rechazó. Pero al tiempo volvieron con otra propuesta. “Empezamos un programa y le pusimos «Umberto secuela». El nombre del programa jugaba con el del grupo, como una continuidad, y también con que «se cuela», se mete en la radio sin que se den cuenta. Esas sutilezas nos gustaban”, dice Tapia.

El programa de radio del grupo "clandestino".

Los grafitis por la visita del Papa quedaron en el recuerdo y no solo de ellos: “Todavía me escriben oyentes con mensajes por eso”.

La mayoría de los mensajes fueron tapados o borrados con el tiempo. Pero Tapia dice que uno sobrevivió hasta hace unos diez años en Santa Fe y Pueyrredón. En un fragmento de pared detrás de la parada de colectivo se veía la firma de “Los Ecos de Umberto”.

“Era una buena pintura”, es lo primero que piensa y después compara aquellos mensajes con los memes y otros mecanismos de humor digital: “Es una búsqueda parecida, pero los de ahora duran menos, en dos semanas te olvidás”.

Scolari y el juego semiótico

 

Carlos Scolari, profesor e investigador de la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona, España), es un rosarino egresado de la UNR (fue declarado Doctor Honoris Causa en 2024). En uno de sus textos sobre Umberto Eco, recordó a los grafitis sobre el Papa.

“Cuando estudiaba Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario a mediados de los años ochenta Umberto Eco era «el» intelectual de referencia. Después de haber estado censurado durante la dictadura –¿qué podían pensar los neandermilithares argentinos de un intelectual barbudo que proponía la «guerrilla semiótica»?– Eco era «uno de los prohibidos» que se podía volver a leer”, redactó en su blog.

“Por entonces se pusieron de moda los graffitis en Rosario. Uno de los grupos más activos durante la visita del Papa a la ciudad en 1987 era Los Ecos de Umberto. Recuerdo una de las consignas más difundidas («Viene el Papa. Viene Cristo») y la intervención de Los Ecos de Umberto: «Viene el Papa. ¿Viene Cristo?». Y a los pocos metros: «Cristo no viene. Es otro de los desaparecidos». Puro juego semiótico”, resumió.

Las paredes y el olvido

 

“De una literatura callejera que tiene toda una tradición” es el título de un artículo de Alberto "Gary" Vila Ortiz publicado en el diario La Capital el jueves 22 de enero de 1987, antes del arribo del Papa, en donde se refiere a los grafiteros locales.

El periodista y poeta rosarino repasa en su nota sobre "Apuntes urbanos" la larga tradición de ese arte clandestino que se expresa en las paredes de las ciudades. Abre un abanico de posibilidades que incluyen "el humor negro surrealista". "La derecha no existe", firmado por el mago René Lavand, cita como ejemplo de esa producción local.

La nota de Gary Vila Ortiz sobre la "literatura callejera".

Después de una breve reseña de los mensajes, Gary Vila Ortiz se posa sobre los autores. Informa: "Los que firman las leyendas que aquí comentamos son «Los Genioles» y «Los Eccccos de Umberto» (tal vez con una c más o alguna menos)".

"Y en cada leyenda escrita –cierra la nota– vemos cómo aquella flor de (el poeta Jacques) Prévert, esa flor instantánea y tan bella, disolviéndose en el tiempo, también en el olvido. Y estas líneas que aquí escribimos no serán, de ninguna manera, más perdurables que las leyendas de las paredes, esas que se confundirán con el ladrillo, la lluvia, el viento, la vida de la ciudad, la de su gente".