¿Ser alérgico o alérgica a un alimento o a un medicamento es lo mismo que ser intolerante al mismo? A veces, ambos términos se usan como sinónimos; sin embargo, hay diferencias sustanciales que el médico Jorge Dotto, especialista en genética, se encarga de explicar de forma precisa en su último libro dirigido al público en general y también a médicos y nutricionistas: El fin de las intolerancias. Histamina, la molécula que cambiará tu vida, de Editorial Grijalbo, recientemente editado. Pero identificar la diferencia en el propio cuerpo va más allá de una cuestión gramatical; puede conducir a distintos diagnósticos, a diferentes tratamientos, a solucionar el problema o a llevarlo a cuestas durante años.

En El fin de las intolerancias, el médico especialista en genética y divulgador científico, pone el foco en la histamina. 

Hay personas que siempre llevan consigo la caja de antihistamínicos, la que les prescribió el alergista hace mucho tiempo y no logran dejar de tomar porque los síntomas reaparecen. Uno de los más conocidos es la dermatitis y sus diversas variantes: enrojecimiento, picazón, sequedad e irritación de la piel. Pero el abanico de manifestaciones no se detiene en la piel, aunque algunos diagnósticos se queden allí, en la superficie.

El uso de antihistamínicos para aliviar los síntomas.

“Imaginemos una molécula diminuta que puede hacerte picar la piel, bajar la presión arterial (sentir mareos o debilidad), cerrar los bronquios (se angostan y cuesta respirar), aumentar el ácido del estómado, despertarte por la mañana y, al mismo tiempo, participar en la respuesta inmune (tus defensas) y en la comunicación entre neuronas. Esa molécula es la histamina”. Así comienza el capítulo 2, en el que Dotto describe a la protagonista de su libro.

“Toda alergia termina liberando histamina: por definición, el sistema inmune la libera al activarse. La diferencia está en cómo se llega” –explica Dotto, en diálogo con Rosario3–. “En la alergia, el sistema inmune reconoce al alérgeno y reacciona de inmediato, siempre con el mismo alimento y con cantidades mínimas. En la intolerancia el sistema inmune no participa: la histamina se va acumulando hasta activar el mismo receptor H1. Mismo resultado, mecanismo distinto. Por eso –dice– el reloj es lo que más orienta”.

Detalla que en la alergia “los síntomas son inmediatos: aparecen en minutos, a veces en segundos, siempre con el mismo alimento y aunque la cantidad sea mínima; son explosivos y la persona los relaciona sola con lo que acaba de comer”, mientras que en la intolerancia, son tardíos: “aparecen entre una y cuatro horas después, a veces hasta ocho, y no dependen de un solo alimento sino de la suma de todo el día. Por eso nadie los conecta con la comida: cuando llegan al consultorio, la persona ya hizo otras tres cosas. Y aparece la frase que escucho todos los días: «A veces como y no me pasa nada», imposible en una alergia. Lo confirmamos analizando el ADN en una muestra de saliva –variantes de AOC1, HNMT y el ciclo de la metilación– y después con quince días de baja carga y una reintroducción ordenada”.

Liberación de histamina durante el ejercicio físico. 

Pero aclara que hay otros síntomas más invisibles de la histamina acumulada por los que nacie consulta porque suelen ser interpretados como “rarezas personales. Que te pique todo el cuerpo al bañarte con agua caliente. Que te chorree la nariz apenas empezás a entrenar. Que te piquen las piernas al meterte en la cama. El oído tapado. La panza que a las seis de la tarde ya no entra en la ropa. El despertar a las tres de la mañana con el corazón acelerado. Nadie va al médico por esto: lo incorpora como una característica propia y lo resume en una frase: «yo siempre fui así»”.

Sus síntomas caen en consultorios distintos y cada especialista ve su parte. No es que nadie mire: es que cada uno mira un pedazo.

Una pregunta se impone, si está tan presente en el organismo y puede causar tantos efectos, ¿por qué no se pondera, en todas las especialidades médicas, la histamina acorde al rol destacado que desempeña?

"Hace unos noventa años que sabemos que la histamina produce dolor de cabeza. En 1936 se demostró experimentalmente y la molécula se estudió durante décadas. Lo que pasó después es entendible: la medicina se especializó y la histamina quedó archivada en el casillero de la alergia, que es donde la aprendemos en la facultad. El problema es que tiene cuatro receptores repartidos en todo el cuerpo, así que sus síntomas caen en consultorios distintos y cada especialista ve su parte. No es que nadie mire: es que cada uno mira un pedazo”.

Señala que quienes reciben estos síntomas son casi todos los especialistas: clínicos, gastroenterólogos, neurólogos, dermatólogos, alergistas, ginecólogos y nutricionistas y apunta que no se trata de que cambien su práctica, sino de agregar una pregunta cuando el cuadro no cierra: “¿Y si esto viene de lo que come y toma? Esa pregunta hoy casi no se hace, y es la que destraba años de recorrido”, asegura.

Con qué cara se presenta la histamina a la consulta

 

Dotto indica que “esta intolerancia es un camaleón: se disfraza de otra cosa en cada consultorio”. Y si bien las puertas de entrada suelen ser gastroenterología y alergia (porque la hinchazón, la diarrea y la urticaria son los motivos de consulta más frecuentes) se trata de “un cuadro desconocido para el 99% de la población. Por eso escribí este libro: para el público en general y también para que colegas y nutricionistas lo tengan presente”.

Y abunda en detalles para identificarla en todas sus facetas: “la rosácea o el sarpullido pueden ser una carga de histamina en la piel por haber comido tomate, naranja o helado. La migraña puede venir de una ensalada de espinaca, palta y nueces. La diarrea y la distensión tipo globo que hoy en muchos casos se rotulan como colon irritable pueden ser tres termos de mate y una banana de snack. Y la falta de energía o el insomnio a las tres de la mañana pueden ser la picada con parmesano y salame y la copa de vino tinto del almuerzo. Cuando uno aprende a leerlo, aparece en todas las especialidades”.

¿Y si esto viene de lo que se come y se toma? Esa pregunta hoy casi no se hace, y es la que destraba años de recorrido.

Síntomas premenstruales y endometriosis: ¿qué papel juega la histamina?

 

Sí, también en el aparato reproductor se hace sentir la histamina y en ocasiones no es identificada como causante de las típicas “migrañas hormonales”. Así descriptas por algunos especialistas que adjudican a las hormonas la totalidad de la responsabilidad por ciertos dolores de cabeza intensos y crónicos.

"Llamar a esa migraña «hormonal» es incompleto: la hormona sola no la explica”, sostiene–. El mecanismo es doble. Los estrógenos potencian la liberación de histamina por parte de los mastocitos y, al mismo tiempo, reducen la actividad de la enzima Diamino Oxidasa (DAO): suben los estrógenos, el cuerpo libera más histamina y además la degrada peor. Por eso tantas mujeres tienen migraña, distensión, brotes en la piel o dolor amplificado justo en los días previos a la menstruación. Y por eso notan algo que las desconcierta: en algunos ciclos aparece y en otros no, sin razón aparente. La hormona hizo lo mismo de siempre; lo que cambió fue la carga de histamina de esos días, es decir, lo que comieron”.

"El 65% de las mujeres con endometriosis recibe un diagnóstico inicial erróneo y pasan entre cuatro y once años hasta llegar al correcto”. 

En la endometriosis pasa algo parecido y es un tema que merece atención, porque “afecta al 10% de las mujeres en edad reproductiva –más de 190 millones en el mundo–, el 65% recibe un diagnóstico inicial erróneo y pasan entre cuatro y once años hasta el correcto”.

“Ahí los estrógenos también activan mastocitos y si hay histamina circulando hay inflamación molecular, que duele y no ayuda. Un detalle clínico que muchas mujeres reconocen: pacientes con constipación habitual que tienen diarrea el día previo y durante el sangrado. El dato que más las emociona cuando se lo explico es el inverso: durante el embarazo la placenta puede multiplicar la producción de DAO hasta 500 veces. Por eso muchas cuentan que en el segundo y el tercer trimestre las migrañas desaparecieron y se sintieron como nunca. No es casualidad ni es el descanso: es que durante esos meses tuvieron la enzima que les falta”.

Deslindar el gluten de la histamina

 

Hay casos de pacientes celíacos con cumplimiento eficaz de su dieta sin gluten, que aún así presentan síntomas dermatológicos que los llevan a deambular por distintos especialistas, sin hallar la causa del síntoma.

Para Dotto, “cuando el gluten ya está resuelto y los síntomas siguen, hay que buscar la otra carga. Lo primero es descartar con el dermatólogo lo que es propio de la celiaquía, como la dermatitis herpetiforme. Si eso está descartado y la alimentación sin gluten es impecable, la histamina entra en la conversación, porque la piel es uno de sus territorios: urticaria, eccema, enrojecimiento". Y ejemplifica: "Tengo el caso de una mujer con diagnóstico firme de celiaquía que tenía episodios cíclicos y los atribuía siempre a una contaminación cruzada; vivía con miedo cada vez que comía afuera. Tenía intolerancia a la histamina, y los episodios desaparecieron sin que tuviera que cambiar nada de su manejo del gluten. La contaminación cruzada nunca había sido el tema”.

"Cuando el gluten ya está resuelto y los síntomas siguen, hay que buscar la otra carga".

La red de camuflaje de la histamina también se expande por el sistema nervioso. Según explica el profesional, en el cerebro “la histamina funciona como neurotransmisor: es la que prende nuestra lamparita cerebral a la mañana para despertarnos. Si su manejo falla aparecen insomnio, niebla mental y cansancio. También produce ansiedad, y a veces cuadros que se parecen mucho a un ataque de pánico, porque el receptor H1 en el cerebro produce hiperactivación y el H2 en el corazón da palpitaciones y opresión en el pecho”.

Otro patrón muy frecuente, según describe, son los dolores de cabeza y las migrañas que empiezan con contracturas cervicales y las que aparecen en la fase premenstrual: “Los estrógenos aumentan la liberación de histamina y al mismo tiempo reducen la enzima que la degrada, así que sube la producción y baja la eliminación. Un detalle importante: la enzima del intestino no entra al cerebro, ahí trabaja otra, la HNMT, y eso explica que una misma persona tenga síntomas cognitivos y digestivos por caminos distintos” Y aclara algo esencial: “Esto no reemplaza un diagnóstico ni un tratamiento psiquiátrico. He visto mucha gente que hizo terapia, le sirvió, y aun así los síntomas siguieron”.

Alimentos con mayor concentración de histamina y los menos sospechados de tenerla

 

En el primer grupo, el médico incluye aquellos alimentos que pasaron por fermentación, maduración o conservación. Quesos estacionados como el parmesano, el brie y el camembert. Pescados enlatados o en conserva, atún, caballa, sardinas. Embutidos y fiambres. Vino y cerveza. Fermentados en general, incluidas la kombucha y el kéfir. “Cuanto más tiempo pasó entre que el alimento se produjo y llegó a tu plato –remarca– más histamina tiene”.

Alimentos ricos en histamina.

El 99% de la lista de alimentos altos en histamina son alimentos saludables. 

Dentro del segundo grupo (los menos sospechados) están incluidos varios alimentos considerados “sanos”, como tomate, palta, espinaca, frutilla, banana, kiwi, cítricos, frutos secos, chocolate, café, té y mate. “También el tofu y el tempeh (alimento que se elabora mediante la fermentación de granos de soja) que mucha gente come convencida de que son seguros. El 99% de la lista de alimentos altos en histamina son alimentos saludables. Por eso la persona llega diciendo: «Como muy sano y me siento mal». Y tiene razón en las dos partes: come muy sano y se siente mal. Lo que pasa es que «sano en general» no quiere decir «sano para tu metabolismo»”, subraya.

El estrés cotidiano y los riesgos de suprimir alimentos “por las dudas”

 

El autor recalca que la calidad de vida influye muchísimo en los niveles de histamina. “Conviene pensarlo como un vaso que se llena. Cada persona tiene su umbral y el vaso se carga con la histamina de los alimentos, con la que el propio cuerpo produce por estrés o ejercicio intenso y con todo lo que dificulta eliminarla, como el alcohol, el mal dormir o ciertos medicamentos. Mientras no rebalsa, no hay síntomas. Una copa de vino con un asado en una semana tranquila puede no ocasionar nada, y la misma copa en una semana de poco sueño y mucho estrés puede terminar en migraña. El contexto cambia el umbral”.

Cada persona tiene su umbral y el vaso se carga con la histamina de los alimentos, con la que el propio cuerpo produce por estrés o ejercicio intenso y con todo lo que dificulta eliminarla. 

Frente a este panorama y con el fin de evitar sentirse mal, algunas personas optan por suprimir algunos alimentos de su dieta, sin tener certeza de que sea esa la causa de sus síntomas. Esta conducta restrictiva conlleva “tres riesgos”, según explica. “El primero es nutricional: esa lista incluye frutas, verduras, pescado y frutos secos, así que sacarlos a ciegas y por tiempo indefinido empobrece la alimentación. El segundo es psicológico, y se habla poco: más del 20% de las personas con colon irritable puede presentar rasgos de trastorno de la conducta alimentaria y las eliminaciones masivas sin diagnóstico alimentan el miedo a comer. El tercero es que nos quedamos sin respuesta, porque al sacar todo junto nunca podemos individualizar la causa. Primero el diagnóstico, después la alimentación. Y por último, nada prohibido y nada obligado: el concepto clave –insiste– es la dosificación”.