“La idea es aportar datos desde el laboratorio, que podrían darle al médico una señal de alerta y ayudarlo en el mantenimiento de pacientes con leucemia mieloide crónica (LMC) para que tengan una mejor sobrevida. En este sentido, las primeras conclusiones de este trabajo aportan dos elementos más en el monitoreo y pronóstico de la enfermedad”, sintetizó Fabián Tedeschi, investigador de la Facultad de Bioquímica y Ciencias Biológicas (FBCB) de la UNL.
La LMC afecta preponderantemente a población adulta -en general, mayores de 60 años- y se caracteriza por la presencia de un cromosoma anómalo llamado Philadelphia que forma en su interior el gen bcr-abl. Esto ocurre en los glóbulos blancos del paciente.
La primera fase de la patología se denomina crónica. ‘Es manejable y puede prolongarse por años, sobre todo con las nuevas terapias farmacológicas. Pero, en algunos pacientes, en un momento algo se ‘gatilla‘, hay un cambio a nivel de expresión de genes y comienza una fase acelerada‘, explicó Fabián Zalazar, docente e investigador de la FBCB.
Si no es posible revertir esa tendencia, el paciente llega a la última etapa: la crisis blástica, que se considera terminal. Para hacer el seguimiento del paciente y detectar indicios tempranos de aceleramiento, desde el laboratorio se monitorea la expresión del gen bcr-abl, que se vincula con la enfermedad desde hace décadas.
Con el objetivo de contribuir con nuevas herramientas de seguimiento, los investigadores de la UNL estudiaron la relación del gen bcr-abl con otros dos: HoxA9 y junB. El primero es un regulador clave de la actividad de las células madre productoras de células sanguíneas (hematopoyesis) y está involucrado en el desarrollo de tumores en ellas. Por el contrario, junB es un gen que entre más expresado prendido- está, más reprime el crecimiento celular. Entonces, la hipótesis del trabajo señalaba que un cuadro que presente muy expresados los genes bcr-abl y HoxA9 y, al mismo tiempo, muy poco expresado apagado- el gen junB tendría una evolución más desfavorable para el paciente.
La investigación se desarrolló sobre pacientes diagnosticados con LMC que fueron atendidos en la ciudad de Santa Fe. El primer paso fue evaluar cada cuadro y para ello se utilizó un índice (o Score) de Sokal. “En principio, con este índice, se puede, a partir de datos clínicos y otros parámetros de laboratorio, ubicar al paciente en un rango de riesgo”, explicó Tedeschi.
Según detalla el informe, los pacientes con índice de Sokal más elevado (el grupo de mayor riesgo) presentaron niveles de expresión de bcr-abl 1,8 veces mayores que el grupo con mejor pronóstico.
Ése era el comportamiento conocido, lo novedoso fue observar que la expresión de HoxA9 también tuvo la misma tendencia, pero con valores 2,8 veces superiores. En cuanto a junB, su expresión era detectable en todos los pacientes estables pero no mostró registro o lo hizo en niveles muy bajos- en los pacientes con mayor índice de riesgo. Estos resultados fueron publicados en las revistas Leukemia Research y Leukemia & Lymphoma.
Lo que sigue, según adelantaron los expertos, es ir un paso más atrás y estudiar las proteínas que pueden activar estos genes. Si bien pudieron relacionar su expresión con la evolución de la enfermedad, el paso siguiente es saber por qué ocurren esos cambios. “HoxA9 y junB son genes, por lo que necesitan que algo gatille o apague su expresión”, indicó Zalazar.
Fuente: Comunicación Científica UNL