- Son los más castigados por esta sequía de resultados que azota a su querido club. Pero así y todo no cesan en sus continuos intentos por hacerle entender al mundo el amor que los une a Central: son nada más y nada menos que los hinchas. Esos genuinos fanáticos canallas que no vacilaron en hacerse presentes en el estadio de Tigre, al norte del Gran Buenos Aires, pese a que todos los pronósticos auguraban lo que al fin se cumplió: que Central regresaría con una derrota. Está claro que la caída duele más por la manera; pero ellos juran que ni así dejarán de apoyar a sus muchachos. “Aunque ganes o pierdas…”, reza una canción tribunera, que se completa con un improperio conocido, pero tan gráfico que le cabe perfecto a esa decisión de ir a todos lados: eso, los hinchas, los que no piden entradas de favor y van a todos lados vaya como vaya en la tabla el querido “clú”, son los que mantienen vivo a Central.
- Era de no creer la cara que tenían los dirigentes que acompañaron al equipo de Galloni: bah, en realidad, era la única cara posible para semejante desencanto. Todos, Usandizaga, Bühler, y los demás flamantes dirigentes de Central vivieron el partido a mil, sufrieron primero, gozaron con el empate después, y al fin se quedaron atónitos con el gol postrero que les arrebató del bolsillo un punto que no les sentaba nada mal. “Una amargura terrible, pero con esta gente vamos a salir adelante. Lo del vestuario fue un momento muy duro”, dijo el vicepresidente segundo, Alfredo Bühler. Fue la primera gran decepción de los nuevos directivos, que ya tomaron contacto con las desventuras del mundo actual de Central.
- La expulsión de Damián Díaz puede tener una sola interpretación: fue producto de una calentura intempestiva. Porque en realidad no se jugaba un tiempo crítico del encuentro: recién promediaba el primer tiempo, Central estaba en desventaja pero no estaba tan fuera de partido, y por eso pareció desmesurado el ataque de ira que invadió al Kitu. Todo se desencadenó abruptamente: un balón se fue al córner para Central, un defensor local quiso tomar la pelota con sus manos para, quizás, demorar un poco la entrega, y allí el 10 le aplicó (o intentó aplicarle, porque no le entró de lleno) un planchazo educativo para que el zaguero no hiciera tiempo. Pero Kitu estiró el botín ante la mirada de Pompei: el gordito juez es propenso a volcar sus fallos para el local (siempre), y no vaciló en exhibirle el cartón rojo. Allí Díaz se dio cuenta de su error, pero ya era demasiado tarde. Convengamos que la intención de golpear al oponente estuvo, pero un árbitro con sentido común habría arreglado las cosas con una amarilla. Sabido es que, en el ámbito arbitral, el sentido común es el menos común de los sentidos.
Apuntes desde Victoria
Los más castigados, los mejores - Los directivos "debutaron" en el mundo Central - Loco de ira