Durante los cuatro años que van desde el 2003 al 2007, el gobierno de Néstor Kirchner gozó de un factor suerte que hizo posible el crecimiento de la economía nacional entre el 8,5 y el 9,2% anuales, el ritmo más acelerado de las tres últimas décadas.

Con una indisimulable actitud de soberbia –y también de ignorancia– el presidente se adjudicó este éxito señalando que era el resultado de su ideología progresista que había inspirado un extraño proyecto denominado “modelo de producción con inclusión social”.

En realidad nadie hasta el día de hoy sabe a ciencia cierta qué cosa es este “modelo”, sobre todo teniendo en cuenta que la especulación financiera ha reaparecido como en las mejores épocas de la década de los ’90, la producción se lleva a cabo gracias a la enorme capacidad instalada durante ese anatemizado período y la desigualdad social -medida entre el decil de los que más ganan y el decil de los menesterosos- es la mayor de nuestra historia nacional.

Entonces no se comprende porque lo llaman “modelo de producción” y mucho menos de “inclusión social”.
El gobierno aparece encadenado por una serie de prejuicios similares a los que ataban de manos al tándem Menem-Cavallo y luego al conjunto De la Rúa-Cavallo, basados aquellos en la convertibilidad del uno a uno, con fuerte endeudamiento internacional para financiar un gasto en aumento. Ahora se encuentra prisionero de otras obsesiones como el mantenimiento de un dólar excesivamente sobrevaluado, que logra mediante compras compulsivas y un endeudamiento que cuesta el doble (11,7 %) de lo que rinden las colocaciones internacionales de las reservas (5,8 %) en el banco de pagos internacionales de Basilea, Suiza.

Esta piedra filosofal repite el esquema de la anterior convertibilidad, pero con un tipo de cambio superalto, permite aplicar retenciones a las exportaciones de productos agrícolas con un porcentual muy alto y repartir subsidios para disimular el efecto adverso de los incrementos de costos internos.