De un tiempo a esta parte, la degradación de la vida social argentina pareciera haber entrado en un vertiginoso tirabuzón que amenaza estrellarnos contra el suelo.
Basta con caminar por las calles, abrir los ojos y ver lo que sucede o escuchar las cosas que se dicen para advertir que las más elementales normas de respeto individual y de orden social están siendo pisoteadas cotidianamente.
Alumnos que impiden al director de la escuela ejercer sus funciones, padres que no sólo dejan hacer sino que alientan inconscientemente la inconducta de sus hijos, grupos de choque organizados con distintas consignas que se dedican a martirizar a ciudadanos indefensos, irracionales ambientalistas que no sólo pretenden condicionar las actuaciones de nuestra cancillería sino imponer sus caprichos a países vecinos y gremialistas patoteros que confunden negociación salarial con la imposición violenta de sus reclamos destruyendo la empresa de la cual dependen o atacando impiadosamente a personas que nada tienen que ver con sus demandas.
Inexplicablemente, la ciudadanía que es agredida por sujetos que hacen alarde de la grosería, permanece en un estado de inmovilización o catalepsia y no muestra reacciones vitales.
El clima de desorden generalizado en que estamos viviendo, donde se confunde interesadamente el derecho a protestar con la comisión de delitos, y la proliferación de conflictos nos indican una cosa muy clara: ausencia de un gobierno con la autoridad necesaria.
Pareciéramos condenados a la sevicia, aquel castigo que consiste en recibir malos tratos y crueldades precisamente de aquellos individuos que tienen potestad legal sobre nosotros o que ejercen algún tipo de poder.
Y que no se diga que “la autoridad es represión”, porque esta patraña ideológica sólo añade la burla a la mortificación que soportamos. La autoridad no es prepotencia ni despotismo, sino la capacidad moral de mandar y hacerse obedecer sin utilizar la fuerza.
Esa cualidad está ausente en toda la actuación del gobierno.
Ya sea por acción o por omisión, el gobierno actúa como si tuviese el deliberado propósito de promover el desorden social que conduce a la anarquía y lo más inquietante es a que a todo esto, lo denominan “el proyecto de un nuevo país”.
La desintegración social
Cada vez en mayor medida, los comentarios de personas sensatas y los análisis de especialistas serios, nos van advirtiendo sobre esta demolición del orden social señalando claramente las responsabilidades de quienes debieran ser los primeros magistrados.
Pero poco se dice todavía, acerca de la responsabilidad individual que nos cabe a cada uno de nosotros y que se caracteriza por el criterio de resignarnos frente a la corrupción enquistada en el seno del gobierno, de indiferencia frente a la decadencia exhibida por nuestros medios televisivos, de complicidad con un clima de subversión social o de aceptación pasiva de este desorden que progresivamente nos invade como algo inevitable y ajeno a nuestra voluntad.
Incidencia sobre la economía
El clima social que estamos viviendo, más temprano que tarde, incidirá negativamente en el funcionamiento de la economía porque ella implica una acción humana que se desarrolla sobre una base moral.
Sin esa base moral nunca habría certeza acerca del comportamiento previsible de quienes acuerdan intercambios, tampoco se podría esperar el cumplimiento de los compromisos y mucho menos asumir responsabilidades para cooperar con otros en una tarea común.
La piedra fundamental de la economía es la confianza, porque significa la seguridad que uno tiene sobre el comportamiento de otros y sólo emerge cuando se respeta la base moral que permite mantener las reglas que hacen posible el trueque, facilitan la previsión y satisfacen las necesidades ajenas a cambio de bienes o servicios que puedan ser de nuestra utilidad.
El espíritu de resignación
Por otra parte, las tres condiciones para que una sociedad pueda pasar de una condición penosa a otra más satisfactoria están ausentes del panorama que contemplamos todos los días.
En primer término, la indignación por la forma en que estamos viviendo, cercados por el caos, la mugre, la prepotencia y la irrespetuosidad. Quienes se resignan a esto nunca podrán salir de esta situación. La resignación a un estado de cosas deplorable no induce ni puede inducir a actuar para salir del mismo, porque para hacerlo cada uno de nosotros debiera aspirar a sustituir un estado lamentable por otro más amable. Siempre es el malestar y la indignación que él provoca, el incentivo que mueve a la gente a hacer algo por sí misma. Quienes estén satisfechos con el desorden, la mugre, la corrupción o la miseria nunca estarán compelidos a actuar.
En segundo lugar, el malestar por sí mismo no alcanza. Es necesario tener la aptitud cultural de poder imaginarse un estado de cosas más atractivo para impelernos a hacer algo positivo. Tal aptitud se desarrolla por la educación de la inteligencia, la formación de la voluntad, la información correcta y el ejemplo de otras sociedades que viven mejor que nosotros.