Antes de la construcción del puente Rosario-Victoria, la costanera norte de la ciudad era una zona –si se quiere– más agreste. Lo que ahora es Costa Alta, en Alberdi, hace más de una década atrás solía ser un parque rústico dominado por la maleza; casi un pastizal. De noche, la escasa iluminación proveía el escudo ideal para que decenas de románticas parejas acudieran allí con sus coches para besarse bajo las estrellas. Vidrios empañados testimoniaban la pasión en curso y hacían las veces de sutil telón ante posibles ojos curiosos.
En uno de estos autos estaban Mariela y Nicolás, una joven pareja apenas por encima de la edad legal. El coche era del padre de Mariela, y como ya era costumbre había sido tomado sin permiso por los novios para salir a pasear por la ciudad motorizados. Habían llegado hasta el parque hacía una media hora y se encontraban recostados en los asientos delanteros, totalmente reclinados. Poca luz, música en la radio y más cristales que se empañan cuando empieza a subir la temperatura en el habitáculo.
Besos, caricias y algún que otro quejido producido por una palanca de cambios mal ubicada se repiten en este idilio vehicular. El freno de mano también molesta un poco, pero Nicolás no se atreve a quitarlo por precaución. No serían la primera pareja en deslizarse barranca abajo, hacia el barro del Paraná.
Manos furtivas se deslizan bajo la ropa. Taquicardia. La respiración se vuelve más pesada y las caricias suben de tono procazmente. Arrebatados, ninguno de los dos advierte que alguien se acerca sigiloso, por detrás del coche. La luz de una linterna los enceguece como a liebres y los trae a tierra. “Policía. Vístase y baje”, tronó un vozarrón acojonante. O al menos así lo siente Nicolás, quien se arregla la ropa como puede y desciende del coche envuelto en una turbación total.
El policía –un fornido bigotudo de unos cuarenta años– continúa cegándolo con la linterna mientras le exige la documentación. Comienza el interrogatorio de rigor: ocupación, dirección, trabajo de los padres, quién es el titular del vehículo… lo usual.
—Lo siento, pero va a tener que acompañarme junto con la señorita –ordenó el agente.
—¿Por qué? ¿Qué hicimos? –resistió suavemente Nicolás.
—Por infracción a la Ley de Moralidad Pública. Se les va a labrar el acta correspondiente y se les va a notificar a sus padres, quienes tendrán que retirarlos de la comisaría –sentenció el policía.
Las palabras fueron un golpe para Nicolás, quien comenzó a visualizar mentalmente el oscuro panorama que se presentaba. No sólo por el hecho de ser detenidos por la policía, sino porque los padres de Mariela descubrirían el robo del vehículo, que era seguramente mucho peor que estar manoseándose en la vía pública. Mientras Nicolás pensaba en todo esto y en los posibles desenlaces, el policía continuaba amenazando con las implicancias penales y legales del asunto. Nicolás nunca había sido detenido por la policía, pero había escuchado cientos de historias de gente que había tenido la experiencia y muchas tenían el mismo factor común.
—Esteeem… -se animó Nicolás— ¿Esto no se podría arreglar de otra manera?
Se produjo un silencio de tensión. “La cagué”, pensó Nicolás. “Ahora voy preso por intento de soborno”. De pronto, la situación parecía empeorar mágicamente gracias a su bocota. Había oído de oficiales honestos quienes no toleraban el cohecho, y temía haberse topado con uno de ellos.
—¿Cuánto tenés? –dijo el policía.
Nicolás respiró aliviado. Abrió su billetera y le mostró el contenido: magros cuarenta pesos en billetes de diez. El policía estiró la mano y tomó todo el dinero de la cartera sin muchos ademanes. Pegó media vuelta mientras lo guardaba hecho un bollo en un bolsillo de su pantalón..
—Ahora tomatela de acá. Y la próxima vez pagate un telo –aleccionó el policía mientras volvía a su patrullero.
Nicolás se quedó parado junto al auto, pensativo, viendo a la policía alejarse. Si bien en sus dieciocho años nunca se había topado con ladrones o delincuentes, era la primera vez que se sentía robado. Subió al auto y se fue con Mariela. Ya se había hecho demasiado tarde y había que devolver el coche.