Virginia Giacosa/Opinión

La sociedad nos enseñó a las mujeres que podíamos llorar. Como contracara, le inculcó a los varones que no debían hacerlo y mucho menos mostrarlo. Se suele pensar que si uno se quiebra o muestra su dolor pierde fortaleza o carácter. Eso no parece importarle a las mujeres que nos gobiernan –tanto en la Nación como en la ciudad– que quedaron registradas en las fotos de la tragedia de Salta al 2100 con gestos de dolor, conmovidas ante el sufrimiento de los demás que en esta oportunidad ellas hicieron propio.

A Cristina Kirchner y Mónica Fein, las dos mujeres que hoy nos gobiernan en la Nación y en el municipio, no hizo falta verlas llorar para descifrar el pesar y la turbación que sentían ante el panorama que dejó la explosión ocurrida el martes. Aunque a veces al llegar a ciertos lugares de poder las mujeres corren el riesgo de masculinizarse, la presidenta y la intendenta marcaron la diferencia ayer. La tristeza quedó retratada. El semblante de cada una y sus ojos, el caer de sus ojos, eran el espejo más fiel de las imágenes que miraban.

Apesadumbrada llegó la intendenta minutos después de la tragedia. La mandataria local arribó al lugar apenas ocurrido el desastre y cuando todavía la situación no estaba controlada. Ni siquiera se había cortado el escape de gas que impedía apagar el fuego que avanzaba sobre el edificio, pero ella estaba ahí a cara lavada y con ojos de desolación.

Dos días después y tras regresar al país de un viaje al exterior, llegó Cristina a Rosario. En medio de cierto sigilo, la mandataria presidencial hizo una recorrida por la zona del derrumbe sin custodia especial, sólo acompañada del secretario de Seguridad, Sergio Berni, que estaba en la ciudad desde el día anterior.