Pero muchas personas viven esta etapa del año con angustia. "Lo único que quiero es que pasen las fiestas". "Las fiestas de fin de año son para problemas entre los tuyos, los míos y los nuestros”. "Por mí me acostaría el 24 de diciembre y me levantaría el 2 de enero”. Sólo algunos de los comentarios que la Nochebuena y el fin de año suscitan en quienes darían lo que no tienen por que las fiestas pasaran inadvertidas.
“Hay varios puntos a tener en cuenta que operan como causa de esta especie de comezón del fin de año”, dicen los profesionales, y hacen hincapié en que las fiestas acentúan el sentimiento que cada persona experimenta al momento de celebrarlas. Así, si uno atraviesa un período de malestar o insatisfacción por frustraciones o malas rachas personales, o vive el duelo por la muerte de algún ser querido, tenderá a sentirse peor durante los festejos de fin de año, cuando el mandato social obliga a divertirse y estar bien por decreto.
Por el contrario, cuando las cosas marchan bien y uno se siente acompañado y querido, la llegada de la Navidad y del Año Nuevo se esperan con expectativa y los preparativos para las reuniones con los familiares se viven como algo agradable.
“También es cierto que todo se vuelve excesivo", afirma Vanesa Starasilis, psicoanalista del Centro Dos, a Rosario3.com. Regalos, comida, bebidas, peluquería, ropa, despedidas ocupan la agenda diaria de los días previos. "Se gasta mucho más que lo habitual, se bebe, se come y se cocina como si fuese la última vez y en los hogares, se instala por unos cuantos días la costumbre del consumismo, como una forma de tapar con objetos-chupete la angustia que les producen estas fechas”, comenta la profesional.
Para la psicóloga, en esta conducta consumista de quienes corren a comprar de forma casi desesperada bienes no siempre necesarios influye, además, el gran aparato publicitario de la economía de mercado y “factor contagio” en el que impera “la ilusión de que todos somos iguales, estamos en lo mismo y nos satisfacemos más o menos con los mismos objetos".
Pero hay otro sentimiento displacentero que también se vive por estos días y que está relacionado con el fin de año vivido como el fin de un ciclo. Esta fecha “nos confronta con la idea de fin, con la certidumbre de que algo concluye y nos conduce a realizar algún tipo de balance porque algo se cierra, algo termina; y como cualquier otro fin, el cierre del año conlleva algo de la muerte simbólica y nos confronta con la finitud de nuestras propias vidas”, amplía Starasilis, quien evaluó que esa sensación de muerte hace que nos dispongamos a vivir como si se tratara del «fin del mundo», comprando objetos para tapar la angustia que nos suscita esa muerte simbólica”.
De acuerdo a este análisis, si bien por un lado la muerte nos angustia y buscamos taparla con objetos-chupete que la calmen, es esa misma muerte la que genera la falta central que produce el deseo.
Por otra parte, la Navidad y el Año Nuevo implican preocupaciones que disparan depresiones y aumentan el estrés y la presión en mucha gente. Angustia, alteraciones del sueño, nostalgia e irritabilidad, son algunos síntomas que pueden manifestarse durante esta ajetreada época del año. Es que los regalos, la soledad, el año que se va y las vacaciones que ya se vienen son percibidos por muchos como una pesada carga, capaz de aumentar sus niveles de estrés o incluso provocarles depresión.
Los especialistas señalan que esta clase de trastornos se manifiestan a través de angustia, pena, irritabilidad o alteraciones del sueño, pero dan un aliciente: todo pasa, incluidas las fiestas.