El pase hacia esa zona clave era escudado por unos hombres uniformados, que pedían a quien osara acercarse, cámara o micrófono en mano, una credencial que los habilitara a pasar la frontera entre la noticia y el quedarse afuera de uno de los momentos claves de la cobertura del día.
La rigurosidad de este grupo fue tal que hasta le pidieron el pase a Juan Héctor Silvestre Begnis, quien se trasladó hasta el búnker socialista a estrechar la mano de Lifschtiz, luego de que Agustín Rossi reconociera su derrota. Imposibilitado de llegar a la tarima, debió esperar hasta que los socialistas presentes les explicaran a estos guardianes, quién era ese señor. Incluso, rechazaron el pase, que amablemente ofreció Sergio Liberatti. Finalmente, lo dejaron pasar y pudo saludar a su contrincante.